Las Noticias de hoy 8 Junio 2023

Enviado por adminideas el Jue, 08/06/2023 - 11:59

Las mejores 50 frases de CORPUS CHRISTI ¡Para reflexionar!

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    jueves, 08 de junio de 2023     

Indice:

ROME REPORTS

El Papa consciente, despierto y "bromeando" tras la operación

El Papa invita a dedicar un minuto de oración por el fin de las guerras en el mundo

Francisco: Misionero es quien vive como instrumento del amor de Dios

EL PRIMER MANDAMIENTO : Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del jueves: amar a Dios y a los hombres

“Serenidad ¿Por qué has de enfadarte?” : San Josemaria

La pasión de interceder para que Jesús sea conocido y amado

Una puerta abierta al misterio: el símbolo atanasiano

Solemnidad del Corpus Christi

La Eucaristía – ¿Qué pensaban y qué decían los primeros cristianos de ella?

¿Tienen sentido las familias grandes? : Juan Luis Selma

El aborto contra el feminismo : María Calvo Charro

La Comisión de Salud noruega reclama más evidencia científica en los tratamientos transgénero : Julio Tudela, Cristina Castillo, Paloma Aznar

Corpus Christi 2023 : Josefa Romo

Trata a tu familia como si fueran extraños : Lucía Legorreta

Sin justicia no hay paz social : Ana Teresa López de Llergo

¿La felicidad es una decisión? : Lucía Legorreta

Orar es hablar con Dios : Jesús Martínez Madrid

Las maternidades : José Morales Martín

Santidad sin oración… : Jesús Martínez Madrid

En el umbral de la muerte : Pedro López

El don del celibato : Alejandro Vázquez-Dodero

 

 

ROME REPORTS

 

 

El Papa consciente, despierto y "bromeando" tras la operación

El cirujano que operó al Papa Francisco el miércoles por la tarde dice a los periodistas que la operación se desarrolló sin complicaciones y que está consciente y de buen humor.

 

Linda Bordoni - Vatican News

“¡El Santo Padre está bien, está despierto, consciente, y ya ha bromeado conmigo!”

El doctor Sergio Alfieri, cirujano que operó al Papa Francisco en el Hospital Gemelli de Roma el miércoles por la tarde, declaró a los periodistas que la operación se desarrolló sin complicaciones y que se espera que el Pontífice se recupere totalmente en el plazo habitual para una intervención de este tipo.

Confirmó que la intervención quirúrgica programada para extirpar un laparocele incisional (hernia) causado por cicatrices de antiguas intervenciones quirúrgicas no era una operación de urgencia.

No es una urgencia 

"Si hubiera sido una urgencia, habríamos intervenido ayer, cuando ingresó en el hospital para someterse a un TAC programado", dijo.

"Encontramos varias adherencias fuertes (cicatrices internas) entre algunas asas intestinales medias parcialmente congestionadas y el peritoneo parietal, causantes de los síntomas mencionados", dijo.

El cirujano explicó que se extirparon las adherencias y se reparó el defecto herniario mediante "cirugía plástica de la pared abdominal con ayuda de una malla protésica".

Sin complicaciones 

 

07/06/2023El Papa Francisco operado en el hospital Gemelli sin complicaciones

"La operación y la anestesia general se desarrollaron sin complicaciones", dijo el doctor Alfieri, reiterando que el Santo Padre ha reaccionado bien.

En respuesta a las preguntas que le formularon los periodistas presentes en la sesión informativa, el Dr. Alfieri dijo que una operación de este tipo suele requerir unos siete días de hospitalización para la recuperación.

Señaló que debido a la edad del Papa Francisco, "tomaremos todas las precauciones" y decidiremos en los próximos días cómo gestionar su recuperación postoperatoria.

Matteo Bruni, Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, que coordinaba la sesión informativa, confirmó un anuncio anterior según el cual se suspenderían todas las audiencias papales hasta el 18 de junio.

El doctor Alfieri reiteró que tanto en esta intervención como en la anterior, en 2021, no se encontró nada maligno, ni se revelaron otras patologías o enfermedades. 

Gracias al personal del hospital

Alfieri, que es el mismo cirujano que operó al Papa Francisco de estenosis diverticular sintomática de colon en julio de 2021, afirmó que "el Santo Padre nunca ha tenido un problema" con la anestesia general, "ni hoy ni hace 2 años; ningún problema en ninguna de las dos ocasiones".

El cirujano concluyó la sesión destacando la labor de todo el personal del Hospital Gemelli, al que agradeció su dedicación, profesionalidad y arduo trabajo.

 

El Papa invita a dedicar un minuto de oración por el fin de las guerras en el mundo

Al final de la audiencia general en la Plaza de San Pedro, Francisco pidió a los creyentes de las diversas confesiones y religiones que se unan a la iniciativa "Un minuto por la paz" de la Acción Católica Internacional que mañana, 8 de junio a las 13 horas, propone detenerse para invocar la paz en los cinco continentes y especialmente en Ucrania.

 

Tiziana Campisi - Ciudad del Vaticano

Una nueva invitación a rezar por la paz en el mundo. Francisco la dirige antes de concluir la audiencia general en la plaza de San Pedro, pidiendo a todos que invoquen la concordia entre los pueblos. El Papa pide oraciones en particular por Ucrania, donde ayer concluyó la misión del cardenal Matteo Zuppi, enviado para "escuchar en profundidad a las autoridades ucranianas sobre las posibles vías para alcanzar una paz justa y apoyar gestos de humanidad que contribuyan a aliviar las tensiones", según explica un comunicado de la Santa Sede.

A los fieles de lengua polaca, el Pontífice les recomienda una vez más perseverar "en la caridad cristiana y en el apoyo a los ucranianos", después, terminando su saludo a los peregrinos italianos, dirigiéndose a creyentes de diferentes confesiones y credos religiosos, el Papa les exhorta a unirse mañana, 8 de junio, a la iniciativa de Acción Católica Internacional "Un minuto por la paz" por Ucrania, Tierra Santa y el mundo entero.

Mañana, a las 13 horas, la Acción Católica Internacional propone a los creyentes de diversas confesiones y religiones que se reúnan en oración, dedicando "Un minuto por la paz". Aceptemos esta invitación, rezando por el fin de las guerras en el mundo y especialmente por la querida y atormentada Ucrania.

La invitación del Foro Internacional de Acción Católica

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Se trata de "una iniciativa sencilla", explica el Foro Internacional de Acción Católica, que recomienda a todos "difundirla en familia, entre amigos", en asociaciones, "en lugares de estudio y de trabajo", y pide, a las 13:00 horas de su propio país, "detenerse un minuto para rezar o dedicar un pensamiento por la paz".

La iniciativa lanzada por primera vez en 2014

"Un minuto por la paz" se lanzó por primera vez el 6 de junio de 2014, en apoyo a la "Invocación por la paz", promovida por el Papa Francisco, que tendría lugar dos días después en los Jardines Vaticanos junto al entonces presidente israelí Simón Peres, el presidente de la Autoridad Palestina Maḥmūd ʿAbbās, y en la que también participó el Patriarca Bartolomé I de Constantinopla. Para promover la iniciativa de oración, el Foro Internacional de Acción Católica ha lanzado el hashtag #unminutoporlapaz en las redes sociales y ha puesto a disposición en su sitio web una serie de recursos y una pequeña guía para reunirse y rezar, y el 10 de junio invita a un breve encuentro de oración online "con algunos amigos de países en conflicto".

 

Francisco: Misionero es quien vive como instrumento del amor de Dios

Ante las reliquias de Santa Teresa de Lisieux y sus padres, Santa María Celia Guérin y Luis Martin, en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre pronunció su decimosexta catequesis del ciclo dedicado a la pasión por la evangelización.

 

Sebastián Sansón Ferrari – Ciudad del Vaticano

Es patrona de las misiones, pero nunca estuvo en misión. Santa Teresa de Lisieux era una religiosa carmelita y su vida estuvo bajo el signo de la pequeñez y la debilidad: ella misma se definía “un pequeño grano de arena”. A ella, el Santo Padre Francisco consagró su decimosexta catequesis del ciclo dedicado a la pasión por la evangelización este miércoles 7 de junio por la mañana durante la Audiencia General en la Plaza de San Pedro.

El Pontífice recordó que Santa Teresita nació hace 150 años y, en este aniversario, comentó que tiene la intención de dedicarle una Carta Apostólica. Junto al Papa, se encontraban las reliquias de la santa, así como las de sus padres, San Luis Martin y Santa Celia Guérin.

De salud frágil, Santa Teresita murió con tan solo 24 años. Pero, aunque su corazón estaba enfermo, su corazón era vibrante, misionero. En su diario, cuenta que ser misionera era su deseo y que quería serlo no solo por algunos años, sino durante toda la vida, es más, hasta el fin del mundo.

Teresa fue “hermana espiritual” de diversos misioneros: “desde el monasterio, explicó el Obispo de Roma, los acompañaba con sus cartas, con la oración y ofreciendo por ellos continuos sacrificios. Sin aparecer intercedía por las misiones, como un motor que, escondido, da a un vehículo la fuerza para ir adelante”.

Sin embargo, a menudo no fue entendida por las hermanas monjas: obtuvo de ellas “más espinas que rosas”, pero aceptó todo con amor, con paciencia, ofreciendo junto a la enfermedad, también los juicios y las incomprensiones. Y lo hizo con alegría, por las necesidades de la Iglesia, para que, como decía, se esparcieran “rosas sobre todos” sobre todo sobre los más alejados.

El Santo Padre se ha inspirado en el testimonio de varios santos para reflexionar sobre la pasión por la evangelización. (Vatican Media)

Todo este celo, esta alegría, ¿de dónde llegan?

El Sucesor de Pedro compartió dos episodios de la vida de la santa: el primero se refiere al día que le cambió la vida, la Navidad de 1886, cuando Dios obró un milagro en su corazón. A Teresa le quedaban poco para cumplir catorce años.

Y prosiguió:

“Siendo la hija más pequeña, en casa era mimada por todos. Al volver de la Misa de medianoche, el padre, muy cansado, no tenía ganas de asistir a la apertura de los regalos de la hija y dijo: «¡Menos mal que es el último año!». Teresa de carácter muy sensible y propensa a las lágrimas, se sintió mal, subió a su habitación y lloró. Pero rápido se repuso de las lágrimas, bajó y llena de alegría, fue ella la que animó al padre. ¿Qué había pasado? Que, en esa noche, en la que Jesús se había hecho débil por amor, ella se volvió fuerte de ánimo: en pocos instantes había salido de la prisión de su egoísmo y de su lamento; empezó a sentir que “la caridad le entraba en el corazón, con la necesidad de olvidarse de sí misma (cfr Manuscrito A, 133-134)”.

“Desde entonces -dijo Francisco-, dirigió su celo a los otros, para que encontraran a Dios y en vez de buscar consolación para sí se propuso «consolar a Jesús, hacerlo amar por las almas», porque – anotó Teresa, doctora de la Iglesia – «Jesús está enfermo de amor y [...] la enfermedad del amor sólo se cura con amor» (Carta Marie Guérin, julio 1890). Este es el propósito de todas sus jornadas: «hacer amar a Jesús» (Carta a Céline, 15 octubre de 1889), interceder por los otros. Escribió: «Quisiera salvar las almas y olvidarme por ellos: quisiera salvarles también después de mi muerte» (Carta al P. Roullan, 19 marzo 1897). En más de una ocasión dijo: «Pasaré mi cielo a hacer el bien en la tierra». Este fue el primer episodio que le cambió la vida a los 14 años, precisó el Pontífice.

El Sucesor de Pedro afirmó que la Iglesia, antes que medios, métodos y estructuras, que a veces distraen de lo esencial, necesita corazones como el de Teresa, corazones que atraen al amor y acercan a Dios. (Vatican Media)

La fuerza de la intercesión movida por la caridad

El segundo acontecimiento que el Obispo de Roma desglosó fue cuando Teresa supo de un criminal condenado a muerte por crímenes horribles, Enrico Pranzini: considerado culpable del brutal homicidio de tres personas, estaba destinado a la guillotina, pero no quiso recibir el consuelo de la fe. Lo tomó muy en serio e hizo todo lo que pudo: “Reza de todas las formas por su conversión, para que el que, con compasión fraterna, llama «pobre desgraciado Pranzini», tenga un pequeño signo de arrepentimiento y haga espacio a la misericordia de Dios, en la que Teresa confía ciegamente”.

“Esta es la fuerza de la intercesión movida por la caridad, este es el motor de la misión”, añadió. En efecto, los misioneros, de los que Teresa es patrona, continuó, “no son solo los que hacen mucho camino, aprenden lenguas nuevas, hacen obras de bien y son muy buenos anunciando; no, misionero es también cualquiera que vive, donde se encuentra, como instrumento del amor de Dios; es quien hace de todo para que, a través de su testimonio, su oración su intercesión, Jesús pase”.

El Papa puntualizó que este es el celo apostólico que no funciona por proselitismo o por constricción, sino por atracción. “Uno no se vuelve cristiano porque sea forzado por alguien, sino porque es tocado por el amor”, agregó. “A la Iglesia, acotó, antes que muchos medios, métodos y estructuras, que a veces distraen de lo esencial, necesita corazones como el de Teresa, corazones que atraen al amor y acercan a Dios”.

Santa Teresa invitó a pedir a la santa la gracia -aprovechando que estaban presentes sus reliquias- de superar nuestro egoísmo y la pasión de interceder, “de interceder para que esta atracción sea más grande en la gente y para que Jesús sea conocido y amado”, concluyó.

 

EL PRIMER MANDAMIENTO

— Adorar al único Dios. La idolatría moderna.

— Razones para amar a Dios. Algunas faltas y pecados contra el primer mandamiento.

— El primer mandamiento abarca todos los aspectos de nuestra vida. Manifestaciones del amor a Dios.

I. El Evangelio de la Misa narra la pregunta de un escriba, quien, lleno de buena voluntad, quiere saber cuál de los preceptos de la ley es el esencial, el más importante1. Jesús ratifica lo que ya había expresado con claridad la Antigua Ley: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El escriba se identifica plenamente con la enseñanza de Jesús, y a continuación repite despacio las palabras que acaba de oír. El Señor tiene para él una palabra cariñosa que incita a la definitiva conversión: No estás lejos del Reino de Dios.

Este mandamiento, en el que se resumen toda la Ley y los Profetas, comienza por la afirmación de la existencia de un único Dios, y así ha sido recogido en el Credo: credo in unum Deum. Es una verdad conocida por la luz natural de la razón, y el pueblo elegido sabía bien que todos los dioses paganos eran falsos; y, sin embargo, los ídolos fueron para ellos una tentación constante, y una causa frecuente de su alejamiento del Dios verdadero, el que les sacó de la tierra de Egipto. Los Profetas se sentirán impulsados a recordarles la falsedad de aquellas deidades que conocían al ponerse en contacto con naciones cuyo poder y cultura, muy superior a la de ellos, les atraía y deslumbraba. Se trataba de pueblos más ricos, materialmente más avanzados, pero sumidos en la oscuridad de la superstición, de la ignorancia y del error. Con frecuencia, el pueblo elegido no supo apreciar la riqueza incomparable de la revelación, el tesoro de la fe. Dejaron la única Fuente de las aguas vivas para ir a cisternas rotas y agrietadas que ni tenían agua, ni capacidad para retenerla2.

Los antiguos paganos, hombres civilizados para la época en que vivieron, se inventaron ídolos a los que adoraban de formas diversas. Muchos hombres civilizados de nuestros días, nuevos paganos, levantan ídolos mejor construidos y más refinados: parece producirse en nuestros días una verdadera adoración e idolatría3 por todo aquello que se presenta bajo capa de «progreso» o que proporciona más bienestar material, más placer, más comodidad..., con un olvido prácticamente completo de su ser espiritual y de su salvación eterna. Son actuales aquellas palabras de San Pablo en la Carta a los Filipenses: su Dios es el vientre, y su gloria la propia vergüenza, pues ponen el corazón en las cosas terrenas4. Es la idolatría moderna, a la que se ven tentados también muchos cristianos, olvidando el inmenso tesoro de su fe, la riqueza del amor a Dios.

El primer mandamiento del Decálogo se lesiona cuando se prefieren otras cosas a Dios, aunque sean buenas, pues entonces se las está amando desordenadamente. En estos casos, el hombre pervierte la ordenación de las criaturas, usando de ellas para un fin opuesto o distinto de aquel para el que fueron creadas. Al romper el orden divino que el Decálogo nos señala, el hombre ya no encuentra a Dios en la creación; fabrica entonces su propio dios, detrás del cual radicalmente se esconde en su propio egoísmo y soberbia. Más aún, el hombre intenta neciamente colocarse en lugar de Dios, erigirse a sí mismo como fuente de lo que está bien y de lo que está mal, cayendo en la tentación que el demonio puso a nuestros primeros padres: seréis como dioses si no obedecéis los mandatos de Dios5. De aquí la necesidad –porque la tentación es real para cada hombre, para cada mujer– de preguntarnos muchas veces, y lo hacemos hoy en nuestra oración, si verdaderamente Dios es lo primero en nuestra vida, lo más importante, el Sumo Bien, que orienta nuestra conducta y nuestras decisiones. Y esto lo veremos mejor si examinamos el interés que ponemos en conocerle cada vez mejor, pues nadie ama lo que no conoce; si respetamos el tiempo que destinamos a nuestra formación doctrinal-religiosa...; si vivimos un desprendimiento efectivo de los bienes que poseemos o usamos para que nunca se conviertan en el bien primero... Amarás al Señor tu Dios... y a Él solo adorarás: el empeño en seguir el camino que Él quiere para nosotros –la vocación personal de cada uno– es el modo concreto de vivir ese amor y esa adoración.

II. Son muchas y muy poderosas las razones que nos mueven a amar a Dios: porque Él nos sacó de la nada y Él mismo nos gobierna, nos facilita las cosas necesarias para la vida y el sustento...6. Además, esta deuda que tenemos con Él por el mero hecho de existir, se vio aumentada al elevarnos al orden de la gracia y al redimirnos del poder del pecado por la Muerte y Pasión de su Hijo Unigénito y los incontables beneficios y dones que constantemente recibimos de Él: la dignidad de ser hijos suyos y templos del Espíritu Santo... Sería una tremenda ingratitud, si no le agradeciéramos lo que nos ha dado. Más aún –señala Santo Tomás–, sería como si nos fabricáramos otro Dios, como cuando los hijos de Israel, saliendo de Egipto, se hicieron un ídolo7.

El verdadero amor –el humano, y de modo eminente el amor a Dios– ennoblece y enriquece siempre al hombre, le hace parecerse un poco más a su Creador.

La historia personal de cada hombre pone de manifiesto cómo la dignidad y la felicidad, incluso humana, se logran en el camino del amor a Dios, nunca fuera de él; y cuando la razón última de una vida se cifra en cualquier otro motivo se está expuesto a caer bajo el dominio de las propias pasiones. Se ha dicho con verdad que «el camino del infierno es ya un infierno»; se cumplen aquellas palabras del Profeta Jeremías a quienes se sentían deslumbrados por los ídolos de las naciones vecinas: los dioses ajenos -decía el Profeta- no os concederán descanso8.

Dejar de amar a Dios es entrar por una senda en la que una cesión llama a otra, pues quien ofende al Señor «no se detiene en un pecado, sino, por el contrario, es empujado a consentir en otros: quien comete pecado esclavo es del pecado (Jn 8, 34). Por eso no es nada fácil salir de él, como decía San Gregorio: “el pecado que no se extirpa por la penitencia, por su mismo peso arrastra a otros pecados”»9. El amor a Dios lleva a detestar el pecado, a alejarse –con el auxilio de su gracia, con la lucha ascética– de cualquier ocasión en la que pueda haber ofensa a Dios, a hacer penitencia por las faltas y pecados de la vida pasada.

Debemos hacer con frecuencia actos positivos de amor y de adoración al Señor: llenando de contenido cada genuflexión –signo de adoración– ante el Sagrario, o quizá repitiendo las palabras Adoro te devote, o las que decimos al recitar el Gloria en la Santa Misa: Te alabamos, Te bendecimos, Te adoramos, Te glorificamos, Te damos gracias.

Se falta al amor de Dios cuando no se le da el culto debido, cuando no se ora o se ora mal, en las dudas voluntarias contra la fe, en la lectura de libros, periódicos o revistas que atentan a la fe o a la moral, al dar crédito a supersticiones o a doctrinas –aunque se presenten como científicas– que se oponen a la fe, ambas fruto de la ignorancia; al exponerse o exponer a los hijos, a aquellas personas que tenemos a nuestro cuidado a influencias dañinas para la fe o la moral; al desconfiar de Dios, de su poder o de su bondad... «Y este es el índice para que el alma pueda conocer con claridad si ama a Dios o no, con amor puro. Si le ama, su corazón no se centrará en sí misma, ni estará atenta a conseguir sus gustos y conveniencias. Se dedicará a buscar la honra y gloria de Dios y a darle gusto a Él. Cuanto más tiene corazón para sí misma menos lo tiene para Dios»10. Nosotros queremos tener puesto el corazón en el Señor y en las personas y en las tareas que realizamos por Él y con Él.

III. El amor a Dios no solo se expresa dando a Dios el culto que le es debido, de modo particular en la Santa Misa, sino que debe abarcar todos los aspectos de la vida del hombre, y tiene muchas manifestaciones. Amamos a Dios a través de nuestro trabajo bien hecho, del cumplimiento fiel de nuestros deberes en la familia, en la empresa, en la sociedad; con nuestra mente, con el corazón... con el porte exterior, propio de un hijo de Dios... Este mandamiento exige en primer lugar la adoración, dar gloria a Dios, que no es una actividad más entre otras diversas, sino la finalidad última de todas nuestras acciones, incluso de lo que puede parecer más vulgar: ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios11. Esta actitud fundamental de adoración exige en la práctica hacerlo todo, al menos desear hacerlo, para agradar a Dios: es decir, actuar con rectitud de intención.

El amor a Dios, y el verdadero amor al prójimo, se alimenta en la oración y en los sacramentos, en la lucha constante por superar nuestros defectos, en el empeño por mantenernos en Su presencia a lo largo del día. De modo particular, la Sagrada Eucaristía debe ser la fuente donde se alimente continuamente nuestro amor al Señor. Así podremos decir, con las palabras del Adoro te devote: tibi se cor meum totum subiicit: Te adoro, Señor..., a Ti se somete mi corazón por completo.

Pensemos en qué tenemos puesto el corazón a lo largo del día. Veamos en nuestra oración si tenemos «industrias humanas» para acordarnos mucho del Señor en nuestras jornadas y así amarle y adorarle.

1 Mc 12, 28-34. — 2 Cfr. Jer 2, 13. — 3 Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 7. — 4 Flp 3, 19. — 5 Gen 3, 5. — 6 Catecismo Romano, III, 2, n. 6. — 7 Cfr. Santo Tomás, Sobre el doble precepto de la caridad, 1. — 8 Jer 16, 13. — 9 Santo Tomás, loc. cit. — 10 San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 9, 5. — 11 1 Cor 10, 31.

 

Evangelio del jueves: amar a Dios y a los hombres

Comentario del jueves de la 9.° semana del tiempo ordinario. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Para amar a Dios con todo el corazón, debemos desterrar todos aquellos ídolos que nos encadenan y empobrecen nuestra capacidad de amar.

08/06/2023​

Evangelio (Mc 12,28b-34)

En aquel tiempo, se acercó uno de los escribas, que había oído la discusión y, al ver lo bien que les había respondido, le preguntó:

— ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?

Jesús respondió:

— El primero es: Escucha, Israel, el Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.

Y le dijo el escriba:

— ¡Bien, Maestro! Con verdad has dicho que Dios es uno solo y no hay otro fuera de Él; y amarle con todo el corazón y con toda la inteligencia y con toda la fuerza, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.

Viendo Jesús que le había respondido con sensatez, le dijo:

— No estás lejos del Reino de Dios. Y ninguno se atrevía ya a hacerle preguntas.


Comentario

En el evangelio de hoy, el Señor responde a un escriba acerca de cuál es el primer mandamiento de la ley de Dios. Y, acto seguido, queriendo mostrar su unidad con el anterior, añade el segundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (v. 31).

Ambos preceptos constituyen el núcleo de la moral cristiana, tan unidos que no pueden disociarse si se quiere alcanzar la plenitud a la que nos llama el Señor. El papa Benedicto explicaba este doble precepto sirviéndose de la imagen de la mirada: «Aprendemos a mirar al otro no sólo con nuestros ojos, sino con la mirada de Dios, que es la mirada de Jesucristo. Una mirada que parte del corazón y no se queda en la superficie; va más allá de las apariencias y logra percibir las esperanzas más profundas del otro: esperanzas de ser escuchado, de una atención gratuita; en una palabra: de amor. Pero se da también el recorrido inverso: que abriéndome al otro tal como es, saliéndole al encuentro, haciéndome disponible, me abro también a conocer a Dios, a sentir que Él existe y es bueno. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables y se encuentran en relación recíproca»[1].

Precisamente al introducir este precepto de amar a los demás, Jesús nos enseña que el amor que Dios Padre tiene por cada hombre y por cada mujer –y al que estamos invitados a corresponder– no es una cuestión teórica o idealista, sino que está llamado a traducirse en una entrega desinteresada de nosotros mismos hacia Dios y hacia los demás.

Jesús no se queda en las palabras, sino que, a lo largo de toda su vida, vivió esta entrega, esta donación total al Padre y a los hombres, hasta su consumación final en el Calvario, invitándonos a nosotros a imitarle hasta convertirnos en fieles discípulos suyos.

San Josemaría, en una homilía titulada “Con la fuerza del Amor”, así lo recoge: «El anuncio y el ejemplo del Maestro resultan claros, precisos. Ha subrayado con obras su doctrina (…) [Los cristianos] si profesamos esa misma fe, si de verdad ambicionamos pisar en las nítidas huellas que han dejado en la tierra las pisadas de Cristo, no hemos de conformarnos con evitar a los demás los males que no deseamos para nosotros mismos. Esto es mucho, pero es muy poco, cuando comprendemos que la medida de nuestro amor viene definida por el comportamiento de Jesús»[2].


[1] Benedicto XVI, Ángelus, 4-XI-2012.

[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 223.

 

 

“Serenidad ¿Por qué has de enfadarte?”

Serenidad. -¿Por qué has de enfadarte si enfadándote ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato... y te has de desenfadar al fin? (Camino, 8)

Eso mismo que has dicho dilo en otro tono, sin ira, y ganará fuerza tu raciocinio, y, sobre todo, no ofenderás a Dios. (Camino, 9)

No reprendas cuando sientes la indignación por la falta cometida. -Espera al día siguiente, o más tiempo aún. -Y después, tranquilo y purificada la intención, no dejes de reprender. -Vas a conseguir más con una palabra afectuosa que con tres horas de pelea. -Modera tu genio. (Camino, 10)

 

Cuando te abandones de verdad en el Señor, aprenderás a contentarte con lo que venga, y a no perder la serenidad, si las tareas –a pesar de haber puesto todo tu empeño y los medios oportunos– no salen a tu gusto... Porque habrán "salido" como le conviene a Dios que salgan. (Surco, 860)

 

Siendo para bien del prójimo, no te calles, pero habla de modo amable, sin destemplanza ni enfado. (Forja, 960)

 

 

La pasión de interceder para que Jesús sea conocido y amado

El Papa Francisco continúa su ciclo de catequesis sobre el celo apostólico. En esta ocasión, centró su predicación en santa Teresa del Niño Jesús. Sus reliquias estaban en Plaza de San Pedro y el Papa rezó ante ellas. Es patrona universal de las misiones aunque nunca salió a otros continentes.

07/06/2023

Queridos hermanos y hermanas:

Están aquí delante de nosotros las reliquias de santa Teresa del Niño Jesús, patrona universal de las misiones. Es hermoso que esto suceda mientras estamos reflexionando sobre la pasión por la evangelización, sobre el celo apostólico

Hoy, por tanto, dejémonos ayudar por el testimonio de santa Teresita. Ella nació hace 150 años, y en este aniversario tengo intención de dedicarle una Carta Apostólica.

Es patrona de las misiones, pero nunca estuvo en misión: ¿cómo se explica esto? Era una monja carmelita y su vida estuvo bajo el signo de la pequeñez y la debilidad: ella misma se definía “un pequeño grano de arena”. 

De salud frágil murió con tan solo 24 años. Pero, aunque su cuerpo estaba enfermo, su corazón era vibrante, era misionero. En su “diario” cuenta que ser misionera era su deseo y que quería serlo no solo por algunos años, sino para toda la vida, es más, hasta el fin del mundo. 

Teresa fue “hermana espiritual” de diversos misioneros: desde el monasterio los acompañaba con sus cartas, con la oración y ofreciendo por ellos continuos sacrificios. Sin aparecer intercedía por las misiones, como un motor que, escondido, da a un vehículo la fuerza para ir adelante. 

Sin embargo, a menudo no fue entendida por las hermanas monjas: obtuvo de ellas “más espinas que rosas”, pero aceptó todo con amor, con paciencia, ofreciendo junto a la enfermedad, también las críticas y las incomprensiones. Y lo hizo con alegría, lo hizo por las necesidades de la Iglesia, para que, como decía, se esparcieran “rosas sobre todos”, sobre todo sobre los más alejados.

Pero ahora, me pregunto, podemos preguntarnos nosotros, todo este celo, esta fuerza misionera y esta alegría de interceder ¿de dónde llegan? Nos ayudan a entenderlo dos episodios, que sucedieron antes de que Teresa entrara en el monasterio. El primero se refiere al día que le cambió la vida, la Navidad de 1886, cuando Dios obró un milagro en su corazón. 

A Teresa le quedaban poco para cumplir catorce años. Siendo la hija más pequeña, en casa era mimada por todos, pero no “malcriada”. Al volver de la Misa de medianoche, el padre, muy cansado, no tenía ganas de asistir a la apertura de los regalos de la hija y dijo: «¡Menos mal que es el último año!», porque a los 15 años ya no se hacía. Teresa, de carácter muy sensible y propensa a las lágrimas, se sintió mal, subió a su habitación y lloró. Pero rápido se repuso de las lágrimas, bajó y llena de alegría, fue ella la que animó al padre. ¿Qué había pasado? Que, en esa noche, en la que Jesús se había hecho débil por amor, ella se volvió fuerte de ánimo. Un verdadero milagro: en pocos instantes había salido de la prisión de su egoísmo y de su lamento; empezó a sentir que “la caridad le entraba en el corazón, con la necesidad de olvidarse de sí misma” (cfr. Manuscrito A, 133-134). 

Desde entonces dirigió su celo a los otros, para que encontraran a Dios y en vez de buscar consolación para sí se propuso «consolar a Jesús, hacerlo amar por las almas», porque —anotó Teresa— «Jesús está enfermo de amor y [...] la enfermedad del amor sólo se cura con amor» (Carta a Marie Guérin, julio 1890). Este es el propósito de todas sus jornadas: «hacer amar a Jesús» (Carta a Céline, 15 octubre de 1889), interceder para que los otros lo amaran. Escribió: «Quisiera salvar las almas y olvidarme por ellos: quisiera salvarles también después de mi muerte» (Carta al P. Roullan, 19 de marzo de 1897). En más de una ocasión dijo: «Pasaré mi cielo a hacer el bien en la tierra». Este es el primer episodio que le cambió la vida a los 14 años.

Y este celo, estaba dirigido sobre todo a los pecadores, a los “alejados”. Lo revela el segundo episodio. Teresa supo de un criminal condenado a muerte por crímenes horribles, se llamaba Enrico Pranzini —ella nos dice su nombre—, considerado culpable del brutal homicidio de tres personas, estaba destinado a la guillotina, pero no quiso recibir el consuelo de la fe. Teresa lo tomó muy en serio e hizo todo lo que pudo: reza de todas las formas por su conversión, para que el que, con compasión fraterna, llama «pobre desgraciado Pranzini», tenga un pequeño signo de arrepentimiento y haga espacio a la misericordia de Dios, en la que Teresa confía ciegamente. Tuvo lugar la ejecución. Al día siguiente Teresa leyó en el periódico que Pranzini, poco antes de apoyar la cabeza en el patíbulo «se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba el sacerdote ¡y besó por tres veces sus llagas sagradas!». La santa comenta: «Después su alma voló a recibir la sentencia misericordiosa de Aquel que dijo que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por los noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Manuscrito A, 135).

Hermanos y hermanas, esta es la fuerza de la intercesión movida por la caridad, este es el motor de la misión. De hecho, los misioneros, de los que Teresa es patrona, no son solo los que hacen mucho camino, aprenden lenguas nuevas, hacen obras de bien y son muy buenos anunciando; no, misionero es también cualquiera que vive, donde se encuentra, como instrumento del amor de Dios; es quien hace de todo para que, a través de su testimonio, su oración, su intercesión, Jesús pase

Y este es el celo apostólico que, recordémoslo siempre, no funciona nunca por proselitismo —¡nunca!— o por constricción —¡nunca!—, sino por atracción: la fe nace por atracción, uno no se vuelve cristiano porque sea forzado por alguien, no, sino porque es tocado por el amor. 

La Iglesia, antes que muchos medios, métodos y estructuras, que a veces distraen de lo esencial, necesita corazones como el de Teresa, corazones que atraen al amor y acercan a Dios. 

Pidamos a la santa —tenemos las reliquias, aquí—, pidamos a la santa la gracia de superar nuestro egoísmo y pidamos la pasión de interceder para que esta atracción sea más grande en la gente y para que Jesús sea conocido y amado.

 

Una puerta abierta al misterio: el símbolo atanasiano

El símbolo atanasiano –conocido también por sus primeras palabras "Quicumque vult"– es un resumen de verdades de la fe sobre la Santísima Trinidad y la Encarnación. San Josemaría solía rezar y meditar este texto el tercer domingo de cada mes como devoción al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

18/02/2022

► Reza el Quicumque con el devocionario móvil en español y latín. 


Jesús sabe que se acerca su hora de pasar de este mundo al Padre. Está en el cenáculo, sus discípulos más íntimos se encuentran reunidos en torno a él, y sus palabras tienen el sabor agridulce de la despedida. No le queda mucho tiempo de estar con ellos y en su corazón se debaten fortísimos sentimientos: de una parte, un amor hasta el extremo, que le llevará a quedarse en la Sagrada Eucaristía y a derramar hasta la última gota de su sangre en la cruz. De otra, el dolor inmenso por la traición de Judas y el peso de cargar con todos los pecados del mundo.

En un momento tan particular, su mirada se detiene en cada uno de sus apóstoles. Conoce sus deseos de bien, pero también su debilidad; en unas horas verá flaquear su fe y no se le oculta que aún les queda mucho por entender del tesoro de la revelación. Aun así, en esta última cena les habla con más claridad del misterio de su vida íntima, y les anuncia la venida del Paráclito, que iluminará su entendimiento: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él (…). Os he hablado de todo esto estando con vosotros; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho» (Jn 14,23.25-26).

Es probable que san Juan, al igual que los otros diez, no comprendiera en profundidad las palabras de su Maestro acerca del Padre y el Espíritu Santo, pero se daba cuenta de que nadie antes había hablado así, y años más tarde las recogió en su Evangelio, tras haberlas meditado y predicado en numerosas ocasiones. Percibía que eran una puerta abierta al misterio de Dios uno y trino.

Encontrar la verdadera Vida

«El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana» [1]. Jesucristo –el Verbo encarnado– nos lo quiso revelar de modo que, identificados con su persona, los cristianos aprendiéramos a llamar Padre a Dios y a obrar atentos a las inspiraciones del Espíritu Santo.

Por medio de la vida sacramental, Dios habita en el centro de nuestras almas en gracia. Todo el itinerario espiritual se resume en el descubrimiento progresivo de esta presencia, que nos sostiene y nos colma. Se trata de un camino que cada cristiano está llamado a recorrer a lo largo de su existencia. Así lo hemos visto y aprendido en la experiencia de tantas mujeres y hombres santos. Recientemente nos lo hacía considerar el Papa Francisco: «Está el Padre, al que rezo con el padrenuestro; está el Hijo que me ha dado la redención, la justificación; está el Espíritu Santo que habita en nosotros y habita en la Iglesia. Y este nos habla al corazón, porque lo encontramos encerrado en esa frase de san Juan que resume toda la revelación: “Dios es amor” (1Jn 4,8.16). (…) No es fácil entenderlo, pero se puede vivir de este misterio» [2].

SAN JOSEMARÍA FUE CULTIVANDO UNA GRADUAL Y HONDA DEVOCIÓN A LAS TRES PERSONAS DIVINAS

San Josemaría fue cultivando una gradual y honda devoción a las tres personas divinas y, a través del ejemplo y la predicación, quiso transmitirla a sus hijos. En una ocasión, en 1968, les aconsejaba: ¡Amad la santísima humanidad de Jesucristo! Y de la humanidad de Cristo, pasaremos al Padre, con su omnipotencia y su providencia, y al fruto de la Cruz, que es el Espíritu Santo. Y sentiremos la necesidad de perdernos en este amor para encontrar la verdadera Vida [3].

El itinerario de una devoción

El fundador del Opus Dei, que recibió la fe cristiana de sus padres, creció a lo largo de los años en la amistad con cada una de las personas divinas. Siendo niño, aprendió a llamar a Dios Padre en el padrenuestro, y esta filiación se va haciendo fundamento de su vida espiritual. Además, en momentos concretos, en los años posteriores a la fundación de la Obra, Dios le concedió palpar con especial intensidad el sentido de la filiación divina –como aquel 16 de octubre de 1931, en medio de la calle, en un tranvía. También a partir del otoño de 1932 fue intensificando la escucha a las mociones del Paráclito, gracias al consejo «tenga amistad con el Espíritu Santo. No hable, ¡óigale!», recibido de su confesor. Desde muy pronto procuró leer el Evangelio como un personaje más, para adentrarse en el conocimiento de la santísima humanidad de Jesucristo, y su vida estuvo centrada en la Eucaristía.

Esta devoción, que se fue fortaleciendo en el transcurso de su existencia, se dejaba traslucir en las situaciones más corrientes. El beato Álvaro del Portillo recordaba: Quienes vivíamos a su lado sabemos muy bien el arraigo de esa devoción en su vida. Así pude descubrir el modo de ganar en las rifas que organizaba: es un recuerdo ingenuo, de familia, de los primeros años de mi vocación. De vez en cuando llevaba a las tertulias algo que nos hiciera pasar un rato agradable, por ejemplo, un paquete de caramelos. En esas ocasiones, cuando había algún detalle que se salía de lo ordinario, el Padre organizaba un sorteo, que consistía en adivinar el número que había pensado. Enseguida me di cuenta de que era siempre el tres, o un múltiplo de tres, porque incluso en esos momentos de descanso aparecía su amor por la Santísima Trinidad [4].

El libro Camino tiene 999 puntos. En una audiencia con el Papa san Pablo VI, el pontífice le preguntó por la razón de ese número. Y san Josemaría respondió que era por amor a la Santísima Trinidad. Para la primera edición de esta obra, hizo diseñar una original portada que consistía en una serie de siluetas del número nueve, formando una columna.

Cuando se construyó Villa Tevere, la sede central de la Obra, quiso que el oratorio en que celebraría la Misa habitualmente estuviera dedicado a la Trinidad. El retablo es un altorrelieve en mármol blanco con una representación de la Trinidad Beatísima, rodeada de ángeles en adoración: Dios Padre creador tiene en sus manos el mundo con una cruz; a su lado el Espíritu Santo, también bajo figura humana, sostiene una llama; en el centro, hay una talla de marfil con Dios Hijo en la Cruz, entre dos grupos de querubines. La escena está coronada por una cartela con una inscripción: Deo Patri creatori, Deo Filio redemptori, Deo Spiritui sanctificatori.

Le gustaba hacer actos de fe, esperanza y amor dirigidos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En 1971, por ejemplo, agradecía al Señor que le fuera moviendo a comprender cada día con más hondura la presencia y la acción de la Trinidad en la santa Misa. Y en sus últimos años, en su predicación –como refleja en la homilía «Hacia la santidad»– o en los encuentros que sostuvo con numerosas personas, sugería seguir el itinerario espiritual por el que Dios había querido llevarle a él, un camino de contemplación en la vida ordinaria: El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo [5]

"CUANDO TE DIGAN QUE NO ENTIENDEN LA TRINIDAD Y LA UNIDAD, LES RESPONDES QUE TAMPOCO YO LA ENTIENDO, PERO QUE LA AMO Y LA VENERO"

Su amor era también fruto del estudio y la profundización en la doctrina católica. Solía repasar con frecuencia el tratado teológico De Trinitate. En una tertulia con sus hijas en Roma, el 27 de marzo de 1972 –el día anterior a un nuevo aniversario de su ordenación sacerdotal–, les comentaba: Estoy leyendo constantemente libros de teología, porque me enamora la Trinidad, me enamora considerar la unidad de la trinidad de Dios; a veces tengo un poquito de luz, pero la mayoría de las veces son sombras; y me pongo muy contento de las sombras, porque Dios sería muy poca cosa si yo lo pudiera comprender [6]. Afirmaba –como nos recuerda con frecuencia el Padre– que Dios es tan grande que no cabe en la cabeza, pero nos cabe en el corazón: Y cuando (…) te digan que no entienden la trinidad y la unidad, les respondes que tampoco yo la entiendo, pero que la amo y la venero. Si comprendiera las grandezas de Dios, si Dios cupiera en esta pobre cabeza, mi Dios sería muy pequeño..., y, sin embargo, cabe –quiere caber– en mi corazón, cabe en la hondura inmensa de mi alma, que es inmortal [7].

Vidriera del misterio de la Santísima TrinidadRepresentación del misterio de la Santísima Trinidad

Una tradición secular

Movido por el deseo de fomentar en los miembros de la Obra este amor, san Josemaría dispuso una serie de costumbres que les facilitaran profundizar en los misterios centrales de la fe. Todas ellas responden a una tradición secular en la liturgia y en el patrimonio espiritual de la Iglesia.

Entre otras, propuso que las Preces que rezan diariamente comenzaran con un acto de alabanza, adoración y acción de gracias a la Trinidad Beatísima (Gracias a ti, Señor Dios; gracias a ti, / Trinidad única y verdadera, / Dios único y supremo, / Unidad única y santa). Años después, en 1959, pensó que podría ayudar que en los tres días que preceden a la fiesta de la Santísima Trinidad, se rezara o cantara el Trisagio angélico en todos los centros de la Obra. Y que el tercer domingo de cada mes se recitara el símbolo atanasiano, antes o después de la oración de la mañana, como una expresión de fe y alabanza a Dios uno y trino, y recomendaba que cada uno meditase especialmente ese día en las palabras ahí contenidas. Con gran convencimiento, decía a un grupo de fieles del Opus Dei en 1971, refiriéndose a este símbolo: Aprendedlo, ¡es tan bonito! [8]

El símbolo atanasiano

«Durante los primeros siglos, la Iglesia formuló más explícitamente su fe trinitaria tanto para profundizar su propia inteligencia de la fe como para defenderla contra los errores que la deformaban. Esta fue la obra de los concilios antiguos, ayudados por el trabajo teológico de los Padres de la Iglesia y sostenidos por el sentido de la fe del pueblo cristiano» [9].

El símbolo atanasiano –conocido también por sus primeras palabras: Quicumque vult– es un símbolo o recopilación de verdades de la fe, que ha sido tenido a lo largo de la historia de la Iglesia como una de las principales exposiciones dogmáticas de la fe cristiana y la más importante por lo que se refiere a los dos misterios centrales de la verdad revelada: la Trinidad y la Encarnación.

EL SÍMBOLO ATANASIANO ES UNA RECOPILACIÓN DE VERDADES DE LA FE SOBRE LA TRINIDAD Y LA ENCARNACIÓN

Se conoce con este nombre por haber sido atribuido erróneamente durante varios siglos a san Atanasio (295-373), obispo de Alejandría de Egipto y defensor de la fe frente a la herejía de Arrio. Otros pensaban que su autoría se debía al Papa Anastasio I (399-402).

Este resumen didáctico de la doctrina cristiana gozó de gran autoridad en la Iglesia latina y su uso se extendió rápidamente a todos los ritos de Occidente. En la Edad Media, estuvo equiparado al mismo credo del Concilio de Nicea. En la liturgia de la Iglesia occidental se recitaba en el oficio divino dominical. En el rito ambrosiano, en cambio, venía usado como himno del oficio de lecturas, en lugar del Te Deum, el domingo de la Santísima Trinidad. Su uso litúrgico ha llegado hasta el siglo XX: en el oficio canónico, el Quicumque, hasta la reforma de Pío XII (1956), se rezaba los domingos. En la liturgia de las horas actual no está previsto su rezo.

Excluida la paternidad de san Atanasio, y también la del Papa Anastasio, se ha atribuido su redacción a una serie de Padres de la Iglesia –san Hilario, san Ambrosio, san Nicetas, Honorato de Arlés, san Vicente de Lerins, san Fulgencio, san Cesáreo de Arlés y san Venancio Fortunato– situados entre los años 350 y 601. Actualmente es casi unánime la opinión que lo fecha entre el año 430 y el 500.

La mayoría de los estudiosos sostienen que fue escrito primero en latín y después fue traducido al griego –es decir, nació dentro del ámbito latino occidental de la Iglesia, y no en el oriental como antes se pensaba. Su origen parece estar en las Galias, en el sur de Francia, en la zona de Arlés.

Más allá de la introducción y de la conclusión, dedicadas ambas a insistir en la necesidad de profesar la fe expresada en el símbolo para la salvación, el Quicumque consta de dos partes claramente diferenciadas: la primera expone la fe católica en torno al misterio de Dios uno y trino; en la segunda parte se presenta la doble naturaleza en la única persona divina de Jesucristo. Esos dos ejes de nuestra fe se encuentran ampliamente desarrollados en este credo.

Las palabras que apelan a la necesidad de la fe para la salvación son un eco de las contenidas en el capítulo 3 del Evangelio de san Juan: «Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios» (Jn 3,17-18). Resultan, por tanto, una llamada a adherirse a las verdades explicitadas en los diversos símbolos de la fe elaborados por el magisterio eclesiástico, a la vez que reconocen la terrible posibilidad que tiene el hombre de rechazar y cerrarse a la felicidad eterna que Dios le ofrece.

Tan grandísimo provecho

Aprende a alabar al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Aprende a tener una especial devoción a la Santísima Trinidad [10]. La costumbre de rezar el símbolo atanasiano tiene como finalidad ayudar a los fieles a ir, poco a poco, madurando personalmente en esta devoción. Aunque nunca llegaremos a comprender del todo una verdad que supera con creces nuestro entendimiento, es una oportunidad de conocer a Dios siempre más y mejor. De este modo, también nos renueva y fortalece en la virtud teologal de la fe, y nos lleva a profundizar en el dogma. Santa Teresa de Ávila cuenta en su autobiografía cómo, meditando ese símbolo, recibió gracias especiales para penetrar en este misterio: «Estando una vez rezando el Quicumque vult, se me dio a entender la manera de cómo era un solo Dios y tres personas tan claramente, que yo me espanté y me consolé mucho. Hízome tan grandísimo provecho para conocer más la grandeza de Dios y sus maravillas» [11]. Es un ejemplo de cómo vivir ciertas costumbres de piedad puede dar paso a comprenderlas, aunque a veces parezca que se saca poco provecho de ellas.

APRENDE A ALABAR AL PADRE Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO. APRENDE A TENER UNA ESPECIAL DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Renovando nuestra profesión de fe en la Trinidad, reconocemos, agradecemos y respondemos al amor divino, y volvemos a asombrarnos ante la maravilla de un Dios que ha querido que seamos sus hijos. No solo afirmamos la verdad sobre la Trinidad, sobre Jesucristo –perfectus Deus, perfectus homo [12], perfecto Dios y hombre perfecto– y sobre la Iglesia, sino también nuestra verdadera identidad.

Además, reconocer nuestra fe común nos lleva a sentirnos más unidos a todo el pueblo de Dios, en su misión de conservar íntegro el depósito recibido. No rezamos solos, sino unidos a los cristianos de ahora, a los que nos han precedido y a los que vendrán a lo largo de los siglos. Por último, al recitar este símbolo actualizamos nuestra misión de apóstoles, llamados a comunicar a todos los hombres –al igual que aquellos primeros doce– la salvación que Cristo nos ha invitado a acoger con su encarnación: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19).


[1] Catecismo de la Iglesia católica, n. 261.

[2] Francisco, Ángelus, 30-V-2021.

[3] San Josemaría, recogido en Artículos del postulador, p. 175.

[4] Entrevista sobre el fundador del Opus Dei, Álvaro del Portillo, Rialp, 1992, pp. 153-154.

[5] Amigos de Dios, n. 306.

[6] San Josemaría, palabras pronunciadas durante una tertulia.

[7] San Josemaría, notas en una reunión familiar, 9-II-1975.

[8] San Josemaría, notas tomadas durante una tertulia.

[9]. Catecismo de la Iglesia católica, n. 250.

[10] Forja, n. 296.

[11] Santa Teresa de Jesús, Vida, c. 39, 25.

[12] Símbolo atanasiano, n. 30 (DH 76).

 

 

Solemnidad del Corpus Christi

     

    ¿Por qué la fiesta de Corpus Christi?

    La solemnidad del Corpus Christi tuvo origen en un contexto cultural e histórico determinado: nació con el objetivo de reafirmar abiertamente la fe del Pueblo de Dios en Jesucristo vivo y realmente presente en el santísimo sacramento de la Eucaristía”.

    El Papa Benedicto XVI explica así la historia de esta fiesta, que remonta al siglo XIII

    Santa Juliana de Cornillón tuvo una vision que “presentaba la luna en su pleno esplendor, con una franja oscura que la atravesaba diametralmente. El Señor le hizo comprender el significado de lo que se le había aparecido.

    La luna simbolizaba la vida de la Iglesia sobre la tierra; la línea opaca representaba, en cambio, la ausencia de una fiesta litúrgica(…) en la que los creyentes pudieran adorar la Eucaristía para aumentar su fe, avanzar en la práctica de las virtudes y reparar las ofensas al Santísimo Sacramento (…).

    La buena causa de la fiesta del Corpus Christi conquistó también a Santiago Pantaleón de Troyes, que había conocido a la santa durante su ministerio de archidiácono en Lieja. Fue precisamente él quien, al convertirse en Papa con el nombre de Urbano IV, en 1264 quiso instituir la solemnidad del Corpus Christi como fiesta de precepto para la Iglesia universal, el jueves sucesivo a Pentecostés.

     

    Detalle del relicario donde se custodia el corporal con las huellas del milagro eucarístico acontecido el 1263 en Bolsena. Se encuentra en la catedral de Orvieto (Italia).

    Hasta el fin del mundo

    En la bula de institución, titulada Transiturus de hoc mundo (11 de agosto de 1264) el Papa Urbano alude con discreción también a las experiencias místicas de Juliana, avalando su autenticidad, y escribe:

    «Aunque cada día se celebra solemnemente la Eucaristía, consideramos justo que, al menos una vez al año, se haga memoria de ella con mayor honor y solemnidad. De hecho, las otras cosas de las que hacemos memoria las aferramos con el espíritu y con la mente, pero no obtenemos por esto su presencia real.

    En cambio, en esta conmemoración sacramental de Cristo, aunque bajo otra forma, Jesucristo está presente con nosotros en la propia sustancia. De hecho, cuando estaba a punto de subir al cielo dijo: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20)».

    El Pontífice mismo quiso dar ejemplo, celebrando la solemnidad del Corpus Christi en Orvieto, ciudad en la que vivía entonces. Precisamente por orden suya, en la catedral de la ciudad se conservaba —y todavía se conserva— el célebre corporal con las huellas del milagro eucarístico acontecido el año anterior, en 1263, en Bolsena.

    Un sacerdote, mientras consagraba el pan y el vino, fue asaltado por serias dudas sobre la presencia real del Cuerpo y la Sangre de Cristo en el sacramento de la Eucaristía. Milagrosamente algunas gotas de sangre comenzaron a brotar de la Hostia consagrada, confirmando de ese modo lo que nuestra fe profesa.

     

    Textos que remueven

    Urbano IV pidió a uno de los mayores teólogos de la historia, santo Tomás de Aquino —que en aquel tiempo acompañaba al Papa y se encontraba en Orvieto—, que compusiera los textos del oficio litúrgico de esta gran fiesta. Esos textos, que todavía hoy se siguen usando en la Iglesia (himno Adorote Devote), son obras maestras, en las cuales se funden teología y poesía.

    Son textos que hacen vibrar las cuerdas del corazón para expresar alabanza y gratitud al Santísimo Sacramento, mientras la inteligencia, adentrándose con estupor en el misterio, reconoce en la Eucaristía la presencia viva y verdadera de Jesús, de su sacrificio de amor que nos reconcilia con el Padre, y nos da la salvación.(…)

    Adoración eucarística en Hyde Park, en Londres, septiembre de 2010

     

    Una «primavera eucarística»

    Quiero afirmar con alegría que la Iglesia vive hoy una «primavera eucarística»: ¡Cuántas personas se detienen en silencio ante el Sagrario para entablar una conversación de amor con Jesús! Es consolador saber que no pocos grupos de jóvenes han redescubierto la belleza de orar en adoración delante del Santísimo Sacramento.

    Pienso, por ejemplo, en nuestra adoración eucarística en Hyde Park, en Londres. Pido para que esta «primavera eucarística» se extienda cada vez más en todas las parroquias, especialmente en Bélgica, la patria de santa Juliana.

    El venerable Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, constataba que «en muchos lugares (…) la adoración del Santísimo Sacramento tiene diariamente una importancia destacada y se convierte en fuente inagotable de santidad.

    La participación fervorosa de los fieles en la procesión eucarística en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo es una gracia del Señor, que cada año llena de gozo a quienes participan en ella. Y se podrían mencionar otros signos positivos de fe y amor eucarístico» (n. 10).

    Recordando a santa Juliana de Cornillón, renovemos también nosotros la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Como nos enseña el Compendio del Catecismo de la Iglesia católica,

    «Jesucristo está presente en la Eucaristía de modo único e incomparable. Está presente, en efecto, de modo verdadero, real y sustancial: con su Cuerpo y con su Sangre, con su alma y su divinidad. Cristo, todo entero, Dios y hombre, está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las especies eucarísticas del pan y del vino» (n. 282).

     

    Queridos amigos, la fidelidad al encuentro con Cristo Eucarístico en la santa misa dominical es esencial para el camino de fe, pero también tratemos de ir con frecuencia a visitar al Señor presente en el Sagrario. Mirando en adoración la Hostia consagrada encontramos el don del amor de Dios, encontramos la pasión y la cruz de Jesús, al igual que su resurrección.

    Adoración Eucarística durante la Jornada Mundial de la Juventud, Madrid 2011

     

    Fuente de alegría

    Precisamente a través de nuestro mirar en adoración, el Señor nos atrae hacia sí, dentro de su misterio, para transformarnos como transforma el pan y el vino. Los santos siempre han encontrado fuerza, consolación y alegría en el encuentro eucarístico.

    Con las palabras del himno eucarístico Adoro te devote repitamos delante del Señor, presente en el Santísimo Sacramento: «Haz que crea cada vez más en ti, que en ti espere, quete ame». Gracias.

    BENEDICTO XVI, Audiencia general, 17 de noviembre de 2010
    Leer texto completo

     

     

    La Eucaristía – ¿Qué pensaban y qué decían los primeros cristianos de ella?

    LA PRESENCIA REAL DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA – SIGLOS I AL IV

    ”El modo de presencia de Cristo sobre las especies eucarísticas es único. Él eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y la hace como si fuera la coronación de la vida espiritual y el fin al que tienden en todos los sacramentos.

    En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el cuerpo y la sangre están verdadera, verdadera y sustancialmente contenidos junto con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y, por lo tanto, todo Cristo. Esta presencia se llama real, no por exclusión, como si los otros no fueran reales, pero yo soy autónomo, porque es sustancial y por eso Cristo, Dios y el hombre se convierte en un don completo ”(CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA).

     

    Desde el principio, la Eucaristía ha tenido un papel central en la vida de los cristianos. Maravilla ver la fe y el cariño con el que tratan a Jesús en el Pan eucarístico. Tienen una fe inquebrantable en que el pan y el vino se convierten, por las palabras de la consagración, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo

     

    En varios textos de los siglos I y II, vemos cómo va evolucionando y construyéndose la liturgia de la Iglesia. Emociona comprobar cómo seguimos celebrando la misma Misa que se celebraba en el siglo I: lo podemos ver en la descripción del Santo Sacrificio que San Justino, en el año 155, hace al emperador Antonino Pío; o en la “Traditio Apostólica” de San Hipólito de comienzos del siglo III.

    Los textos que exponemos a continuación son una prueba de que ya desde los primeros tiempos del cristianismo (siglo I), en la Iglesia primitiva existía una fe muy clara en la presencia de Jesucristo en el Pan y en el Vino “eucaristizados”.

     

    “ ESTE ES MI CUERPO (…) ESTA ES MI SANGRE ”   (Mateo 26, 26-28)

    DIDACHE

    “En cuanto a la Eucaristía, celébrala de la siguiente manera (…) nadie debe comer ni beber de tu Eucaristía si no está bautizado en el nombre del Señor, porque el Señor dijo al respecto, no des cosas sagradas a los perros ”(9, 1.5).

     

    IGNACIO DE ANTIOQUIA

    “Se apartan de la Eucaristía y la oración porque no profesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, que sufrió por nuestros pecados y que, en su bondad, el Padre ha resucitado ” (Carta a los Esmirnos 4,1).

     

    “Esforzaos, por lo tanto, por usar de una sola Eucaristía; pues una sola es la carne de Nuestro Señor Jesucristo y uno sólo es el cáliz para unirnos con su sangre, un solo altar, como un solo obispo junto con el presbítero y con los diáconos consiervos míos; a fin de que cuanto hagáis, todo hagáis según Dios”  (Carta a los de Filadelfia, 4).

     

    “No me complace la comida corruptible, ni disfruto los placeres de esta vida. Deseo el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, del linaje de David, y de bebida deseo su sangre, que es amor incorruptible ”(carta a los Romanos 7.3).

     

     

    SAN JUSTINO 

    ”Este alimento se llama entre nosotros ‘Eucaristía‘ en el que nadie puede participar a menos que crea que nuestras enseñanzas son verdaderas y sea lavado en el baño del bautismo que trae la remisión de los pecados y la regeneración, y vive de acuerdo con lo que Cristo nos enseñó .

    De hecho, no tomamos estas cosas como pan o bebida ordinaria, sino de la manera en que Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne en virtud de la palabra de Dios, tuvo carne y sangre para nuestra salvación, por eso nos enseñó que, en virtud de la oración al verbo que viene de Dios, alimentarse del que se dijo Acción de Gracias – alimento del que, por transformación, nuestra sangre y nuestra carne se nutren – es la carne y la sangre de ese mismo Jesús encarnado.

    Así es como los apóstoles en las memorias que escriben llamaron los Evangelios, nos transmiten que así les fue ordenado, cuando Jesús,tomando pan y dando gracias, dijo: haced esto en memoria mía. Este es mi cuerpo; e igualmente, tomando la copa y dando gracias, dijo: Esta es mi sangre” (1 Apología 66, 1-3).

     

     

    SAN IRENEO DE LION

    “Aconsejando también a sus discípulos que ofrecieran a Dios las primicias de sus criaturas, no porque él lo necesitara, sino para que no parecieran inoperantes e ingratas, tomó el pan que viene de la creación, dio gracias, diciendo: Este es mi cuerpo; Asimismo, tomó la copa, y viene cuando nosotros, los de la creación, declaramos su sangre y establecimos la nueva oblación del nuevo testamento.

    Esta es la misma oblación que la iglesia recibió de los Apóstoles y que, en todo el mundo, ofrece a Dios que nos da de comer, como Primicias de los dones de Dios” (Contra herejías 4,17, 5).

     

    “En cuanto a nosotros, nuestra manera de pensar y estar de acuerdo con la Eucaristía,  y esta confirma nuestra doctrina, porque ofrecemos lo que ya es suyo, proclamando, como es justo, la comunión y unidad de la carne y el espíritu. Como el pan que sale de la tierra, al recibir la invocación de Dios, ya no es el pan ordinario, sino la Eucaristía, compuesta de dos elementos: terrenal y celestial; Asimismo, nuestros cuerpos, porque reciben la Eucaristía, ya no son corruptibles, porque tienen la esperanza de la Resurrección” (Contra las herejías 4,18, 3-4).

     

    ”Así como la semilla de la vid, depositada en la tierra después da fruto, y el Grano de Trigo caído en la tierra y destruido, resurge multiplicado por la acción del Espíritu de Dios que todo lo sostiene y, entonces, por el trabajo de los hombres, estas cosas se hacen vino y pan para lo que por la palabra de Dios se convierten en la Eucaristía, es decir, en el cuerpo y la sangre de Cristo.

    De la misma forma; nuestros cuerpos, nutridos por esta Eucaristía, después de descomponerse, resucitarán en su tiempo, cuando la palabra de Dios los hará elevar a la gloria de Dios Padre,porque dará inmortalidad a lo corruptible ya que el poder de Dios se manifestará en la debilidad”(Contra herejías 5,2, 2-3)

     

     

    TERTULIANO DE CARTAGO

     

    “Por lo tanto, por el sacramento del pan y el cáliz, ya hemos probado en el evangelio la verdad del cuerpo y la sangre del Señor, contraria al fantasma predicado por Marción (Contra Marción 5: 8).

     

    “El sacramento de la Eucaristía encomendado por el Señor durante la cena y a todos, también lo tomamos en las reuniones antes del amanecer y no de manos ajenas sino de quienes presiden (…) Sufrimos angustia si algo cae de nuestro cáliz o también de nuestro pan ”(De la corona 3)

     

     

    HIPÓLITO DE ROMA 

    “Que todos los fieles se apresuren a recibir la Eucaristía, antes de intentar nada. Si lo recibe porque tiene fe, lo que se le dé más tarde, aunque sea mortal, no puede dañarlo.

    Hacer todo lo posible para que el infiel no pruebe la Eucaristía, o que lo haga una rata u otro animal, y que ninguna parte de ella se caiga y se pierda: es el cuerpo de Cristo, que deben comer los creyentes y no hay que descuidarlo ”(Tradición Apostólica).

     

     

    ORÍGENES DE ALEJANDRIA

    “¿No tienes miedo de comulgar el cuerpo de Cristo y acercarte a la Eucaristía como si fueras limpio y puro? ¿Cómo puedes despreciar el juicio de Dios? ¿No recuerdas que está escrito: ‘por eso hay muchos entre ustedes débiles, enfermos y muchos que mueren’? ¿Por qué muchos son débiles? porque no se juzgan a sí mismos, no nos examinamos, no entienden lo que significa participar en la iglesia, ni [entienden] lo que es acercarse a tantos y tan exquisitos sacramentos. Sufren lo que suelen sufrir los que tienen fiebre. cuando se atreven a comer de los manjares de Santos, es decir, se arruinan a sí mismos ”(Comentarios sobre los Salmos 37,2,6).

     

    “No, al contrario, damos gracias al creador de todo; comemos el pan ofrecido con acción de gracias y oración por los dones recibidos a través de la oración eucarística en un cuerpo santo y santificador que lo usa con propósito” (Contra Celso 8.33).

     

    “Conócete a ti mismo, que estás acostumbrado a ver los misterios contándolos: cuando recibimos el cuerpo del Señor, lo guardas con todo mimo y veneración, para que nada caiga de él, ni desaparezca nada del don consagrado; esto se debe a que, como sabes, serán acusados, y por una razón justa, si se perdió algo por negligencia” (Homilía sobre Éxodo 13, 3).

     

    “Por tanto, si pasáis con él (Jesús) a celebrar la Pascua, os dará la copa del nuevo pacto y también el pan de bendición; dará su cuerpo y su sangre ”(homilía sobre Jeremías 19:13).

     

    ”[Anteriormente,] el maná era alimento en Enigma; ahora, claramente la carne de la palabra de Dios es verdadera comida como él mismo dice: mi carne es verdaderamente comida y mi sangre es verdaderamente bebida (homilía sobre el número 7.2).

     

     

    SAN HILARIO DE POITIERS

    “El verbo se hizo realmente carne y nosotros, en la comida del Señor, recibimos realmente la carne del verbo (…) Él nos da tanto la realidad de su carne como la realidad de su divinidad en el sacramento de su carne” (De la Trinidad 8, 13)

     

    “Si es cierto que ‘la palabra se hizo carne’, también es cierto que en el alimento sagrado (Eucaristía) recibimos la palabra hecha de carne. Por tanto, debemos estar convencidos de que quien (…) también se fundió en el sacramento que comunica su carne con la naturaleza de la eternidad (…) por su carne, permanece en nosotros, en nosotros y nosotros en él. (…) Él mismo testifica que estamos en un alto grado en él, a través del Sacramento en el que nos comunica su carne y su sangre (…) esta es, por tanto, la fuente de nuestra vida: la presencia de Cristo a través de su carne en nosotros. ”(De la Trinidad 8.13 rasgo 16)

     

    “Él mismo dice: ‘Mi carne es verdaderamente comida y mi sangre es verdaderamente bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, conmigo permanece y yo con él ”(Juan 6,56). En cuanto a la verdad de la carne y la sangre, no cabe duda: es verdaderamente carne y verdaderamente sangre, como vemos por la propia declaración del Señor y por nuestra fe en sus palabras. Esta carne, una vez comida, y esta sangre, bebida, nos hacen también uno en Cristo y a Cristo en nosotros. ”(de la Trinidad).

     

     

    SAN ATANASIO DE ALEJANDRIA

    “Verás a los levitas traer pan y una copa de vino, y colocarlo sobre la mesa. Mientras no se hagan las invocaciones y oraciones, no hay más que pan y vino en el cáliz, sin embargo, después de que se hayan dicho las grandes y admirables oraciones, entonces el pan se convierte en el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo y el vino y se convierte en tu sangre.  (Al recién bautizado pág. 26,325 ).

     

     

    SAN CIRILO DE JERUSALÉN

    “Por tanto, habiendo pronunciado y dicho sobre el pan: ‘Este es mi Cuerpo’, ¿quién se atreverá a dudar de él a partir de entonces? Y habiendo afirmado y dicho: “Esta es mi Sangre”, ¿quién puede dudar y decir que no es Su Sangre? (…) En otra ocasión, con su señal, convirtió el agua en vino en Caná de Galilea. Entonces, ¿no deberíamos creerlo cuando convierte el vino en sangre? (…)

    Así, con total seguridad, participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo. Esto es porque en la figura del pan se te da el Cuerpo, y en la figura del vino se te da la Sangre, para que, habiendo participado del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, seáis corpóreos y consanguíneos a Él.  Nos convertimos así en ‘Cristóforos’, es decir, portadores de Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre difunden nuestros miembros.Y luego, como dice San Pedro, “participamos de la naturaleza divina” (2Pd 1,4). En efecto, no lo consideres mero pan y mero vino, porque son el Cuerpo y la Sangre de Cristo, según la fe: cree firmemente, sin ninguna duda, que has sido hecho digno del Cuerpo y la Sangre de Cristo ” (Lecturas catequéticas 4.1-2.6).

     

    “Y aunque los sentidos no puedan sugerirlo, la fe debe confirmarlo con confianza.  No juzgues la cosa por el gusto, sino por la fe, llénate de confianza, sin dudar que fuiste juzgado digno del Cuerpo y la Sangre de Cristo ”respectivamente, Cuerpo y Sangre de Cristo, según la afirmación del Señor”(Lecturas catequéticas 4.3.6).

     

    “El pan que parece pan no es pan, aunque se ve y sabe a pan, pero es el Cuerpo de Jesús. El vino, aunque parezca vino por su sabor y color, no es vino, sino la Sangre del Señor ”.

     

     

    SAN GREGORIO DE NISA 

    “Aunque son de poco valor antes de la bendición, después de la santificación que viene del Espíritu, ambas cosas [- el pan y el vino -] funcionan excelentemente” (Del bautismo de Cristo).

     

     

    SAN AMBROSIO DE MILÁN 

    “Quizás digas: ‘Mi pan es pan común’. Sin embargo, este pan es Pan antes que palabras sacramentales. Tan pronto como tiene lugar la consagración, el pan que es, se convierte en la Carne de Cristo ”(De los Sacramentos 4).

     

    “El Señor mandó y se hizo el cielo; el Señor mandó e hizo la tierra; el Señor ordenó y se hicieron los mares; el Señor ordenó y generó todas las criaturas. Vea, por tanto, cuán eficaz es la palabra de Cristo. Si la palabra del Señor Jesús es tan poderosa que, a través de ella, comienza a ser lo que antes no era, cuánto más tendrá que ser para que las cosas que ya eran sean y se conviertan en otra cosa ”( De los sacramentos 4,4,15).

     

    “Confirmemos la verdad del misterio de la Eucaristía con el ejemplo de la Encarnación: ¿el nacimiento de Cristo fue precedido por un proceso natural? (…) Es evidente que de la Virgen nació por encima del orden natural. Ahora, el cuerpo que consagramos nació de la Virgen. ¿Por qué buscas ordenar el Cuerpo de Cristo (= Eucaristía) cuando por encima de la naturaleza nació el Señor de la Virgen? La carne de Cristo, crucificado y sepultado, era verdadera; por tanto, este sacramento es verdaderamente de su carne ”.

    “Sabes, pues, que lo que recibes es el Cuerpo de Cristo (…) dice [el sacerdote], quien, en vísperas de su pasión, tomó el pan en sus santas manos. Antes de la consagración es pan, pero en cuanto se añaden las palabras de Cristo, es el Cuerpo de Cristo (…) Antes de las palabras de Cristo, el cáliz está lleno de vino y agua; pero mientras actúan las palabras de Cristo, allí se hace la sangre de Cristo que redimió al pueblo ”.

    “A pesar de las apariencias de pan y vino, sin embargo, debemos creer que, después de la consagración, no hay nada más en ellos que el Carne y Sangre de Cristo ”.

     

     

    SAN JUAN CRISÓSTOMO 

    “Te lo suplicamos: envía tu Espíritu Santo sobre nosotros y sobre estas ofertas. Haz de este pan el precioso Cuerpo de tu Cristo, transformándolo con tu Espíritu Santo. Amén. A todos los que lo reciban, sea provechoso para el alma, el perdón de los pecados, la comunión de tu Espíritu Santo, la plenitud del Reino de los Cielos, confíen en Ti y no para el pecado y la condenación ”(Anáfora) .

     

    “[El sacerdote] dice: ‘Este es mi Cuerpo’. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas, al igual que esa palabra: ‘Crecer y multiplicarse; llenad la tierra ‘(Gn. 1:28), aunque se dice una sola vez, llena nuestra naturaleza de fuerza para procrear hijos. Así, esta palabra (= ‘Este es mi Cuerpo’), habiendo sido dicha una sola vez, desde ese tiempo hasta hoy y hasta la venida del Señor, obra el sacrificio perfecto en todas las iglesias (…) [Sobre el altar, ] allí yace Cristo inmolado ”(Homilía 1).

     

    “Su Cuerpo está ahora ante nosotros [en el altar]” (Homilía sobre Mateo 50, 2).

     

    “No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sino el mismo Cristo, quien fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y gracia son de Dios. ‘Este es mi Cuerpo’ – dice. Estas palabras transforman lo ofrecido ”(Prod. Jud. 1.6).

    by Gabriel Larrauri – www.primeroscristianos.com

     

     

    ¿Tienen sentido las familias grandes?

    Escrito por Juan Luis Selma

    Hay miedo a tener hijos; muchos prefieren no complicarse la vida y renuncian a la paternidad

    El otro día salí de paseo por el campo. Me encontré con unos amigos que salían de excursión con varios niños; se les veía alegres, habladores, felices. A lo largo del recorrido me fui cruzando con más gente; algunos, los menos, con los hijos, la mayoría eran parejas acompañados de perritos. Las caras contrastaban, en general, por lo serias y calladas.

    Es cierto que la vida no es fácil; hay muchas dificultades e inseguridades, pero también hay que reconocer que vivimos bastante bien. El puente último ha sacado a muchos a las playas, al campo. Córdoba estaba saturada de turistas. Los restaurantes llenos a rebosar. Pero hay miedo a tener hijos, en muchos casos se apuesta por la parejita o por el hijo único. También muchos jóvenes prefieren no complicarse la vida y retrasan o renuncian a la paternidad.

    Pienso que hoy no se puede acudir al miedo de la superpoblación. Occidente, y especialmente España, tiene un índice tan bajo de natalidad que lo que da miedo es el envejecimiento de la sociedad. Me comentaba un amigo que nos han puesto mucho miedo en el cuerpo y, con miedo, nos cerramos a la vida.Por contraste están las familias numerosas. Pocas, pero existen. Algunas muy, pero que muy numerosas.

    ¿Qué le mueve a tomar esta decisión? Pienso que el amor a la vida. Pero también hay un fondo más profundo, hay unos ideales, una forma distinta de concebir la vida. Hay esperanza. Hay fe. Habría que analizar en profundidad cuál es nuestra actitud. ¿La paternidad responsable es solamente la que limita el número de hijos o también se puede aplicar a quien los busca?

    Este domingo nos dice san Pedro: “Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa”. Los cristianos somos seguidores de Cristo, que afirma: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”. Un pueblo elegido, sabedor de lo mucho que puede influir para bien ante los demás; una nación consagrada que está abierta a los ideales, a la vida. Tiene sentido de misión.

    El Señor nos va preparando para su marcha al Cielo: “Cuando vaya y os prepare sitio…”. Nos encarga continuar con su tarea; para esto es fundamental ser fuente de vida, dar vida. Cuando el existir tiene sentido, cuando procuramos gastar los días en algo más que pensar en nosotros mismos, en pasarlo bien, en divertirnos, si es el amor lo que mueve nuestras vidas y tenemos ideales, procuramos transmitirlos a los demás. Si el amor ensancha y se enseñorea en nuestros pechos, nos impulsa a compartirlo. Un pueblo, una familia, la Iglesia crece si tiene vida, ideales.

    Es muy bonita la actitud de la apertura, de la grandeza, de la generosidad. Recuerdo de pequeño que, cuando se hacían los dulces propios de la Navidad o de la Pascua, siempre nos parecían pocos. Nos gustaban las mesas llenas de comensales, el bullicio, la alegría de la familia numerosa. Ahora, la vida parece que nos lleva a lo poco, al aislamiento; al mucho para mí y ya veremos qué pasa con los demás.

    No pretendo culpar a nadie; creo que, en el fondo del corazón, amamos la grandeza, nos gusta soñar. Es esta vida tan rarita y moderna la que nos empequeñece llenándonos de miedos, de prejuicios. Desgraciadamente nos cortan las alas, matan los ideales. Las ideologías hacen pequeño al hombre, le ciegan y le impiden ver el amplio horizonte. Vendan los ojos y llenan de miedos. Nos hacen egoístas al encerrarnos en nuestros intereses, al quitarnos las ilusiones y los sueños.

    En no pocas ocasiones podemos considerar a los hijos como un problema. Algo va mal en la sociedad cuando se llega a pensar así. Dice el Papa: “Una sociedad que no se rodea de hijos, que los considera un problema, un peso, no tiene futuro”. El Salmo 127 reza así: “Los hijos que nos nacen en la juventud son como flechas en manos de un guerrero. ¡Feliz el hombre que tiene muchas flechas como esas! No será avergonzado por sus enemigos cuando se defienda de ellos ante los jueces”.

    El refranero nos dice: “Cada niño nace con su pan debajo del brazo”. Esta frase significa que cada bebé que llega al mundo, trae consigo fortuna y bienestar a su familia y que, pase lo que pase, nunca le faltará la providencia para sacarlo adelante.

    Terminamos con el Papa: “La concepción de los hijos debe ser responsable, pero el simple hecho de tener muchos hijos no puede ser visto como una decisión irresponsable. La vida rejuvenece y cobra nuevas fuerzas multiplicándose. Los hijos crecen compartiendo alegrías y sacrificios. En el sucederse de las generaciones se realiza el designio amoroso de Dios sobre la humanidad”.

    Juan Luis Selma

     

    El aborto contra el feminismo

    Escrito por María Calvo Charro

    Nadie nos avisó de que la liberación femenina implicaría nuestra propia destrucción

    La cuestión del aborto no es un mero asunto jurídico como pretenden hacernos creer. Estamos ante una cuestión antropológica y profundamente contraria al feminismo, entendido este como un movimiento de defensa de la mujer. Aceptar el aborto, sea cual sea el tiempo de gestación, la situación de la madre y la salud del feto, es aceptar un daño irreversible en quien lo experimenta, una fractura ineludible en el corazón de la feminidad, que no deja nunca a ninguna mujer que lo ha sufrido indiferente, como han expresado científicos de diferentes tendencias e ideologías.

    Las consecuencias del aborto no son nunca psicológicamente neutras, genera una sensación de culpabilidad inconsciente que es una auténtica bomba psíquica de efecto retardado. Al respecto, afirma el doctor Aldo Naouri: «Puedo dar fe de que no he encontrado jamás a una mujer que haya pasado por un aborto, sean cuales sean las circunstancias o su justificación, que no guarde una huella profunda e indeleble». El aborto nada tiene que ver con la salud reproductiva, sino con la psicológica, que queda afectada de por vida.

    Nadie nos avisó de que la liberación femenina implicaría nuestra propia destrucción. Pero el feminismo nunca se ha encargado de la maternidad. La tiranía de la procreación, tan propugnada desde los 70, nos ha hecho creer que los hijos son un fardo, una carga, una enfermedad, un obstáculo a nuestra realización personal, un problema que debemos solucionar. Y debemos hacerlo solas. La soledad es el peor enemigo de la maternidad. No es casualidad que el lema de RedMadre sea: Nunca estarás sola. Como tampoco lo es que ocho de cada diez mujeres que acuden a esta institución no acaben abortando, porque allí encuentran reconocimiento, compañía, valoración, comprensión y sobre todo dignidad.

    Lo más obsceno es que se haga creer a las mujeres que son sometidas a la tortura física y psíquica del aborto que han sido objeto de algún tipo de privilegio. Que la mujer se vea abocada al aborto por múltiples circunstancias —presión social, permisividad legal, miedo, maltrato, falta de recursos económicos…— es sin duda un fracaso del feminismo y de la igualdad. No hay igualdad para las mujeres que van a ser madres, cuyo valor social parece ser menor al de aquellas que optan por renunciar a la maternidad como si de algo intrínsecamente progresista se tratase. Ofrecer, instar, presionar a la mujer para traer muerte al mundo, cuando aquella por naturaleza está orientada de manera especial hacia la vida, es violencia, física y psíquica, contra la mujer.

    Las mujeres nos hacemos, pero también nacemos. Estamos hechas de cultura, pero mal que le pese a los admiradores de Beauvoir, también estamos hechas de naturaleza. Y esta nos ha diseñado para traer vida al mundo, lo realicemos en acto o no, lo materialicemos o no, tenemos una huella psicológica materna imborrable; esa potencialidad está implícita en cada una de las células de nuestro cuerpo. Y es un poder magnífico, la capacidad de transformar la tierra. Como afirma Recalcati, «el milagro de la generación de una nueva vida es la transformación sin retorno de la faz del mundo». Cada vez que nace un nuevo ser, el mundo no vuelve a ser el mismo, progresa, avanza, se renueva, tenemos la oportunidad de comenzar de cero y hacer de este un lugar mejor.

    Pero, además, favorecer el aborto es torpe desde el punto un punto de vista práctico, estratégico o incluso de ingeniería social, en un momento en el que España se muere de vieja sin un relevo generacional. Necesitamos niños. Pero la sociedad también necesita madres, porque la mujer que ha experimentado la maternidad también experimenta un cambio en su neuroquímica cerebral que le aporta una serie de habilidades imprescindibles y muy valiosas en el ámbito laboral, profesional y social: capacidad de simultanear tareas y pensamientos, discernimiento entre lo importante y lo urgente, paciencia casi ilimitada, empatía, comunicación, comprensión, resolución de conflictos pacíficamente, creatividad frente a situaciones inesperadas: humanidad. La mujer que ha sido madre se libera de todo atisbo de mediocridad y se torna excepcional.

    Hemos perdido la capacidad de amar, hemos perdido la belleza. Como decía Rilke, «la belleza de la doncella es la maternidad que se presiente y prepara». Y hemos perdido la trascendencia, nos atamos a lo temporal, a lo meramente inmanente, sin percibir que la maternidad es la donación del cuerpo por amor para que sea habitado por una alteridad que nos trasciende. Eso son los hijos: el cimiento carnal de la trascendencia. Nos hacen partícipes de una genealogía, responsables del futuro, eslabones de una cadena generacional que une a nuestros ancestros con nuestros descendientes, que nos insertan en la historia y en el tiempo de la familia humana. La maternidad nos libera del individualismo autorreferencial y destructivo. Ser madre es mucho más que la intensa y vivida experiencia de dar a luz y criar a un hijo: es la clave para la toma de conciencia existencial de quienes somos.

    No existe un derecho al aborto. Existe un derecho a la vida (art. 3 de la Declaración Universal de Derechos Humanos), teniendo en cuenta que, como afirma Hannah Arendt, «la dignidad es el derecho a la vida, otorgado por la sociedad». Tenemos una sociedad enferma, que no otorga esa dignidad al discapacitado, al anciano, al no nacido, ni a la mujer embarazada. Pero una sociedad que además es reacia al afecto materno y al auto-sacrificio por los descendientes es una sociedad disfuncional y, como afirma Roger Scruton, está llamada a desaparecer.

    María Calvo Charro

     

     

    La Comisión de Salud noruega reclama más evidencia científica en los tratamientos transgénero

    Por OBSERVATORIO DE BIOETICA UCV|29 marzo, 2023|Ideología de géneroInformesTop NewsTransexualidad

    Noruega ha pasado de tener una demanda de 4 personas al año que desean someterse a un  tratamiento de transición de género, entre 1975 y 1990, a tener entre 400 y 600 pacientes al año, en 2018-2021. El mayor crecimiento de demanda se ha dado entre adolescentes y adultos jóvenes que siendo mujeres se identifican con el sexo masculino. Estos llamativos datos los ha facilitado la Comisión Nacional de Investigación para el Servicio de Salud y Atención Noruega (UKOM). Esta es una empresa estatal independiente encargada de analizar incidentes graves u otras disfunciones en los servicios de salud y atención noruegas. El pasado 9 de marzo, la Comisión publicó un informe sobre la seguridad de menores con disforia donde advierte de la falta de “evidencia científica” que tienen los tratamientos de reasignación de género en menores de edad. Explican que la investigación sobre el tratamiento es “deficiente” y los efectos a largo plazo “no son bien conocidos”. Además, reparan en la inestabilidad de la incongruencia de género de los menores, ya que estos no están “completamente desarrollados corporal, mental, sexual o socialmente.”

    Riesgos para la seguridad del paciente

    No sólo hay un patrón en relación con una mayor demanda por parte de mujeres en comparación con los hombres, sino que se ha visto que un 75% de los menores que son diagnosticados tienen una alta prevalencia de enfermedades mentales o trastornos cognitivos (TDAH/autismo o el síndrome de Tourette) previas al diagnóstico de disforia.

    El informe critica que las directrices profesionales nacionales para el tratamiento de afirmación de género en menores con disforia no disponen de unos requisitos específicos para su evaluación e inicio de la terapia. Esto se traduce en un riesgo para la seguridad del paciente, faltando al principio de prudencia. Asimismo, advierten de la larga lista de efectos secundarios subyacentes a esta práctica tales como la aparición de enfermedad hepática, reacciones psicológicas negativas en el caso de tratamiento de hombre a mujer, un mayor riesgo trombótico o hipertensión arterial; y a la inversa, de mujer a hombre, aumento de glóbulos rojos, granos cicatriciales, edema o infertilidad resultante tanto de los procedimientos quirúrgicos como del tratamiento hormonal.

    Seguridad de los tratamientos

    El motivo del estudio que originó el mencionado informe guarda relación con las numerosas notificaciones a la Comisión, por parte de los familiares de los menores, que cuestionan la seguridad de los tratamientos ofrecidos a los niños y adolescentes diagnosticados de disforia.

    Una de las recomendaciones expuestas por la mencionada comisión es la revisión de las directrices que establezcan un marco seguro para el tratamiento, además de fortalecer la base de conocimientos. Recomiendan definir el tratamiento como experimental, y tratarlo como tal a la hora de ofrecerlo a los menores con disforia.

    La UKOM declara pues la necesidad de ampliar el nivel de evidencia sobre el abordaje de la disforia de género y plantear y organizar los servicios ofrecidos en base a estos conocimientos.

    Valoración bioética

    Como hemos publicado en nuestro Observatorio de Bioética en artículos anteriores, en los últimos años se ha producido un aumento exponencial de personas inicialmente declaradas transexuales que muestran su arrepentimiento tras iniciar el proceso de reasignación de sexo. La acumulación de datos sobre los efectos secundarios asociados a estos tratamientos, su incapacidad para resolver los problemas de base que con frecuencia subyacen a los cuadros de disforia y la persistencia, sobre todo a largo plazo, de los graves problemas asociados a los procesos de disforia en muchos casos, unido a lo irreversible de estas intervenciones en muchas ocasiones, ha promovido que en los países en los que se iniciaron estas intervenciones hace ya muchos años hayan replanteado sus políticas sanitarias relacionadas modificando drásticamente los procedimientos por los que son abordados estos casos, conduciendo a posicionamientos más prudentes y conservadores a la espera de disponer de nuevas evidencias sobre la idoneidad o no de las propuestas aplicadas en los procesos de transición de género.

     

    Julio Tudela

    Cristina Castillo

    Paloma Aznar

    Instituto Ciencias de la Vida

     

     

    Corpus Christi 2023

    Afortunadamente, de la pandemia sólo queda el recuerdo- un mal recuerdo-. En 2023, podemos celebrar abiertamente, sin miedo alguno,  la Fiesta del Corpus Christi con su procesión obligada para la Iglesia. Se conoce el dicho: “«Tres Jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el Día de la Ascensión».Ahora, sólo en algunas localidades,  el “Corpus Christi” se celebra en jueves: cuando es su fiesta patronal, como en Toledo, por ejemplo.  

    La fiesta del Corpus es la fiesta de la Eucaristía, de ese milagro divino que convierte el vino y el pan en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, hecho que sucede en la celebración de la Santa Misa. Tan importante es, que merecía una fiesta centrada exclusivamente en la Hostia Santa.  Como dijo el Papa Benedicto XVI, “es un misterio que es preciso adorar y amar siempre de nuevo” . Lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: "Jesucristo está presente en la Eucaristía, de un modo verdadero, real y substancial: con su Cuerpo y su Sangre, con su alma y su divinidad. Por consiguiente, de modo sacramental” (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1374). ¿Cómo adorar?  Salvo el caso de artrosis o enfermedad, se adora de rodillas, en señal de humildad ante Dios, que es Majestad infinita; de arrepentimiento; con amor al que es el Amor de los amores. Evoco estas palabras del Papa sabio y santo Benedicto XVI: “Puede ser que la cultura moderna no comprenda el gesto de arrodillarse, en la medida en que es una cultura que se ha alejado de la fe, y no conoce ya a aquel ante el que arrodillarse es el gesto adecuado, es más, interiormente necesario. Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central”.  

    Josefa Romo

     

    Trata a tu familia como si fueran extraños

    Una gran verdad es que somos más impacientes, enojones y poco compasivos con aquellos que debíamos ser lo contrario: pacientes, amables y compasivos: nuestros seres queridos y más cercanos. Aplica perfectamente el dicho: “farol de la calle, oscuridad de la casa”.

    Es por esto, que cuando leí el artículo titulado: trata a tu familia como si fueran extraños, me di cuenta lo cierto de esta realidad.

    No es solo un dicho o la imaginación. Una investigación publicada en el 2014 encontró que aquellas personas que están más cerca de nosotros, son el blanco más común para las agresiones diarias: gritos, discusiones y chismes. Esto se debe a que la interacción es mucho más constante; nos conocen a fondo: lo bueno y lo malo que tenemos; nos sentimos más vulnerables porque saben perfectamente como somos y porque actuamos de una u otra forma, y eso puede darnos miedo.

    Otro estudio interesante, comparó el comportamiento de un grupo de personas primero en su familia, y después con desconocidos. Encontró que eran significativamente más positivos y alegres con aquellos que no conocían. Esto se debe a que ponemos nuestra mejor cara con los ajenos, y no queremos gastar nuestra energía en agradar a los cercanos.

    Vamos a poner algunos ejemplos de la vida diaria:

    • Tu esposa olvida recoger un saco que te van a prestar para un evento. ¡Como! Si es lo único que le encargue para hoy, no puede ser. Si a una persona ajena a ti de la oficina se le olvida recoger unos papeles para ti, le dirías: no hay problema, mañana está bien.
    • Si tu papá te da un consejo que no le pediste. ¡cree que todavía soy un niño!. Si te lo da un maestro lejano a ti, se lo vas a agradecer.
    • Tu hijo adolescente se puso un arete. ¡Solo lo hace para hacerme enojar!. Cuando ves a otro joven adolescente hacer lo mismo, te parece algo simpático.
    • Tu hermana tarda en responder los mensaje de texto: ¡No le importa nada de lo que me pasa!. Si una persona lejana tarda en responderte piensas que está muy ocupada.

    Y así podríamos seguir con muchos ejemplos. La realidad es que esto no debería de suceder. Efectivamente somos familia, nos conocemos, convivimos todos los días, discutimos y tenemos diferencias. Pero también nos amamos, respetamos y somos lo más importante que tenemos en nuestra vida.

    Te invito a tratar a tu familia como si fueran extraños, con la misma amabilidad, alegría y respeto. Ser la misma persona tanto dentro como fuera de tu casa, y poder cambiar el dicho para decir: “farol de la calle, y también de mi casa”.

     

     

    Sin justicia no hay paz social

    En nuestro país no cesan las voces de alarma ante la creciente inseguridad que cada vez adopta formas más crueles. No importa la edad, el lugar o la hora, en todo sitio hay graves atentados contra las personas. Siempre las pugnas producen esos efectos, pero se pueden poner frenos cuando hay justicia. Por lo tanto, podemos asegurar que se ha descuidado fomentar la adquisición y el ejercicio de esta virtud.

    Todos hemos de tener en cuenta la importancia de la justicia para construir la paz social y vivir con la confianza de quien no teme a ser agredido pues hay pruebas de la honestidad de los demás. Sin embargo, hay circunstancias que pueden bloquear el ejercicio de las virtudes. Ante esta experiencia es imprescindible poner candados para atajar esos problemas.

    Es drástico, pero responde a la experiencia vivida, afirmar que sin justicia es imposible gozar de la paz en una sociedad.

    La justicia no es un producto que se compra a mayor o menor precio. Es una virtud y la clásica definición de cualquier virtud es ser un hábito bueno. Traducido el calificativo de hábito bueno al lenguaje contemporáneo, podemos explicar al “hábito” como un modo de ser o de reaccionar constante y benéfico de una persona. Por eso decimos de alguien que es habitualmente cuidadosa o servicial cuando siempre practica esos detalles. Le caracteriza esa conducta.

    Alguien justo siempre respeta las propiedades de los demás y, por supuesto las suyas. Y eso lo sabemos de alguien por su modo de actuar y la confianza que despierta en los demás al ver esa manera estable de comportarse. No se adueña de lo de los demás y cuando hace algún trato de intercambio de bienes cumple con las cláusulas establecidas.

    En la vida cotidiana deseamos tratar con personas así. Que no defrauden a quienes confían en ellos, que no aprovechen algún descuido para usurpar lo de los demás, que no engañen en una compraventa y entreguen una cantidad menor a la acordada o disminuyan la calidad del producto ofrecido.

    Hay propiedades integradas a la persona y otras accesorias, pero siempre elegidas pues las adquieren legítimamente para cubrir sus necesidades. Las integradas a la persona son en primer lugar la vida, luego la identidad, la salud física y moral, y otras. Entre las adquiridas están todos aquellos bienes legítimamente elegidos para subsistir con dignidad: ropa, alimentos, alojamiento, útiles de trabajo, etc.

    Cuando se despoja de lo integrado se puede hablar de asesinato, violencia o secuestro de menores. En el caso de atentar contra lo adquirido se habla de robo: arrebatar al dueño sus bienes, vender un producto a un precio excesivo, ofrecer un objeto con determinadas características y entrega otro diferente, reducir el salario ofrecido.

    Toda injusticia causa mal estar. Ese desorden interior saltará al exterior y provocará distintos tipos de injusticia. A su vez se buscarán compensaciones. El disgusto quita la paz, así de claro.

    A practicar la justicia se enseña desde muy pequeños para aprender que las cosas tienen propietarios. Generalmente un pequeño se abalanza sobre lo que le gusta, no sabe de la existencia de dueños o de lugares reservados. Al ingresar a una guardería o a un centro educativo, estos detalles saltarán a la vista, le sorprenderán, pero finalmente aprenderá a respetarlos y entonces desaparecerá el rechazo provocado por su ignorancia.

    En el hogar han de encontrar orientación para vivir esos detalles y darles sentido. Pero no basta una explicación hace falta también detectar el buen ejemplo que practican los adultos de su familia de sangre. Es tremendo el desconcierto cuando los padres le exigen ser justo y ellos no lo son. Cuando esos pequeños crezcan practicarán las tranzas que descubrieron en sus parientes. Se propagará solapadamente la injusticia.

    En las personas la justicia es un calificativo. Quienes practican la justicia, porque su voluntad está convencida de hacerlo, son auténticamente justas. No lo hacen por quedar bien, no lo hacen por ser incluidas en algún grupo. Ven la bondad de la justicia y aunque se encuentren en un ambiente adverso e incluso donde pueda peligrar su vida, eso no les inhibe.

    En la sociedad la justicia puede ser un sustantivo. Una sociedad es justa porque la vida de sus ciudadanos es justa y conquistan para su entorno ese nombre. En un caso así se construirán leyes justas y los legisladores emanarán leyes para promover la justicia y además aplicarán esas leyes, con el convencimiento de estar ayudando a las personas a ser mejores.

    Con legisladores justos el Derecho cumplirá su misión de engrandecer a una sociedad, de adecuar la justicia conmutativa, la distributiva y la penal de tal modo que se pueda decir que en ese lugar las personas no descarrilan pues siempre cuentan con la ayuda conveniente para hacer el bien. Hay ayuda mutua.

    Las escuelas de Derecho tendrán maestros que en la teoría y en la práctica aplicarán la justicia. Especialmente en los juzgados han de tener muy presente aplicar el adecuado castigo a quien lo necesita y recibirlo como un modo de reparar el daño cometido. Y exonerar al injustamente acusado.

    El campo penal tiene la tarea pendiente de revisar las medidas correctivas para que realmente lo sean y muevan a la rectificación. No se trata de aplicar mecánicamente la prisión preventiva, la prisión perpetua, o el encarcelamiento masivo. La justicia exige proporción entre la trasgresión y el castigo impuesto.

    El castigo ha de considerar la dignidad personal. Por eso es indigno el hacinamiento o las torturas, así como la arbitrariedad, el abuso de las fuerzas de seguridad, la criminalización de la protesta social y el menoscabo a las garantías penales y procesales más elementales. En estos procesos hacen falta personas celosas de la justicia, conscientes de la trascendencia de su tarea.

    La justicia social ha de lograr la organización y distribución de los bienes -cultura, educación, trabajo-, el acceso a las oportunidades, la ayuda ante las adversidades. Practicar la justicia elimina los remordimientos y logra la paz.

     

     

    ¿La felicidad es una decisión?

    Investigadores y filósofos afirman que ser feliz es una decisión. Si es cuestión de decidirse, ¿por qué, entonces, no somos todos felices?

    Imaginemos a un comerciante preocupado porque sus ventas han disminuido. Entre este hecho real y su reacción negativa hay un hueco. Si ese espacio lo rellenamos con pensamientos como: cada vez voy a vender menos, tendré que cerrar el negocio, no se hacer nada más, que va a ser de mí…, ¡la ansiedad será enorme!

    Si en el hueco ponemos pensamientos más optimistas, la cosa dará un giro enorme. Sé que esto no es fácil.

    Aunque sea una tarea difícil, tenemos que darnos cuenta que existe este hueco: si no vemos esa rendija, es totalmente imposible tomar la decisión de ser felices.  Muchas personas no ven este espacio, y en estos casos la felicidad no es una decisión porque el hombre o mujer ni siquiera ve que hay un hueco entre lo que le pasa y cómo se siente. Está ciega.

    Los psicólogos hablan de cuando el paciente logra hacer un clic. Clic suele significar que se ha dado cuenta de ese espacio. Y es esencial, porque a partir de allí la felicidad empieza a estar en nuestras manos y no en la de otros o en las circunstancias externas.

    Una vez abierta la puerta tenemos que cruzarla y empezar a andar. Contra emociones, pensamientos o comentarios. Queda trabajo por hacer, pero la puerta ya está abierta.

    No podemos ser felices si pensamos que nuestra felicidad depende de estar con determinada persona, de tener empleo, de vivir en un determinado lugar. Ojalá pudiéramos desapegarnos de estas ilusiones. La felicidad es darse cuenta de que nada es demasiado importante.

    Se cuenta que un discípulo estaba extrañado y sorprendido de que su maestro estuviese siempre sonriente y feliz, a pesar de las dificultades que tenía en la vida.  Intrigado, un día le pregunto: Maestro, ¿cómo es que siempre se te ve tan contento y satisfecho? El maestro respondió: amigo mío, no hay secreto alguno en esto. Cada mañana cuando me despierto me hago esta pregunta a mí mismo: ¿Qué escojo hoy? ¿Alegría o tristeza?

    Y siempre escojo alegría.   Yo te pregunto, ¿qué eliges cada día al despertarte?    ¿Alegría o tristeza?  Ojalá sea la primera.

     

    Orar es hablar con Dios

    Recuerdo, orar es hablar con Dios. Diálogo afectuoso, cercano, en donde le expongo mis dificultades, mis buenos deseos, mi arrepentimiento por lo que le he ofendido… Y Él nos habla. En esos ratos de diálogo, de meditación, somos más conscientes de que debo luchar mejor en esto o en lo otro… porque Él me ilumina. Me habla Dios iluminando mi entendimiento. Descubrimos aspectos en los que no habíamos pensado. Esa es la meditación de los santos.

    “¿Santo, sin oración?... -No creo en esa santidad” (Camino 107), nos dice San Josemaría. Y si investigamos un poco nos damos cuenta enseguida de que los santos han tenido habituales momentos de trato personal con Dios. Por eso es importante informarse bien sobre qué es eso de hacer oración: oración mental, meditación, hablar con Dios, y, por lo tanto, ser capaz de escuchar a Dios. “La actitud contemplativa de meditación supone un recogimiento que facilite mi escucha”. No es cuestión sencilla y hace falta un esfuerzo, poner los medios: silencio, quitarse de en medio, un horario adecuado.

    Por lo tanto, no es camino de santidad las oraciones si no la oración. Acudir a Dios para pedir es buena práctica, pero si solo “nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena”, el asunto termina en un cierto egoísmo. Y la meditación es justo lo contrario. Es un deseo de acercarnos a Dios, un deseo de santidad. No hay santos sin oración, porque la experiencia de cada uno es que el egoísmo se mete por todas las ranuras, y, por lo tanto, solo nos acercamos a Él de verdad cuando hay un deseo sincero de amarle más cada día, de ser santo.

    Jesús Martínez Madrid

     

     

    Las maternidades

    El mito, Edipo, el heraldo de Layo es enrevesado y ambivalente (además de que no puede reducirse la maternidad a la biología, pues tiene más que ver con el corazón que con las entrañas). Sin embargo, trasluce el grito interior de todo hobre (¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿quién me ha querido?), así como las consecuencias de buscar la identidad y descubrirse partido (lean, si no, la tragedia…). 

    Otra calle de este laberinto la refiere Michael Sandel en “Contra la perfección: la ética en la era de la ingeniería genética”, donde plantea la legitimidad de manipular nuestra naturaleza. Entre otros casos, cita la tendencia que se está dando en la sociedad americana de medicar a niños sanos para optimizar su rendimiento deportivo y académico (ojo, algunos desde la guardería), asegurando así su entrada en buenas universidades.

    ¿Qué hay de malo en mejorar las capacidades físicas y cognitivas del hijo para garantizar su éxito profesional? Quizás las líneas rojas, si las hay, se delimiten también legislativamente, pero la búsqueda de la perfección resulta perversa. También paralizante para un niño, pues lo que espera es ser acogido y amado incondicionalmente, con todas y cada una de sus imperfecciones. Lo que “optimiza” a los hijos es tratarlos como dones, no como objetos de diseño, productos de nuestra voluntad o instrumentos de nuestra ambición.  

    Sandel propone una llamada a la precaución, un debate a fondo sobre estas cuestiones. Es necesario, sí, pues las encrucijadas crecen, nos vamos enredando y cada vez va a ser más difícil dar marcha atrás.

    Pero las maternidades a la carta o las maternidades como merecimiento personal (entre otras desvirtuaciones) son consecuencia de una confusión anterior: una actitud de control y dominio hacia la creación que no reconoce el carácter de don de la vida y olvida que la libertad consiste en relacionarnos con lo recibido y con el Creador. ¿Es posible recuperar y sacar a la palestra política estas categorías? De lo contrario, daremos vueltas y vueltas sin encontrar la salida. 

    José Morales Martín

     

    Santidad sin oración…

    A pesar de que en la liturgia nos lo recuerdan habitualmente, la idea de que estamos llamados a la santidad todos los cristianos, es bastante desconocida o, al menos, muy poco entendida. Solo en algunos ambientes de especial espiritualidad se plantea que todos podemos ser santos y que tenemos los medios para serlo.

    Qué supone buscar la santidad y saber cuáles son los medios es ya un paso más. Qué es lo que nos lleva a Dios, lo que consigue que busquemos “amar a Dios sobre todas las cosas”, es algo natural, habitual entre los cristianos verdaderamente practicantes: la oración y los sacramentos son imprescindibles en nuestra vida si de verdad nos planteamos ser santos. La devoción eucarística, el empeño por participar en la Santa Misa con frecuencia, y la confesión frecuente, son medios bien conocidos por cualquier cristiano implicado.

    Hay más despiste en lo que se refiere a la oración. Podemos decir, casi con seguridad, que todas aquellas personas que frecuentan los sacramentos, misa y confesión, tienen una cierta facilidad para rezar, para pedir. Especialmente en la celebración eucarística y en las visitas a Jesús sacramentado en la iglesia, fácilmente pedimos: por el Papa, por la Iglesia, por mi familia, por ese amigo que tiene un problemón, y tantas otras cosas.

    Pero el problema bastante habitual es encontrar personas, cristianas, practicantes, buenos  padres, buenos hijos, que sepan hacer oración. Si, efectivamente, no es lo mismo rezar que hacer oración. Rezan un rosario -especialmente en el mes de mayo-, tienen devoción a la Virgen -con especial énfasis en la patrona del lugar, como es lógico-, rezan un responso por sus difuntos, rezan con los niños al acostarlos. Pero no saben hacer oración.

    Jesús Martínez Madrid

     

     

    En el umbral de la muerte

    Pedro López

    Concibo, pero no paro (de parir). Aquella mujer de pueblo quería indicar con esta gráfica expresión que captando la intelección de una idea, atrapándola en su mente, teniendo claridad sobre lo que pensaba, sin embargo no encontraba palabras para explicarlo, para dar a luz lo fecundado. Wittgenstein advirtió que la capacidad de comprensión está a su vez mediada por la capacidad del lenguaje, aunque, como se ve, no siempre es así, aunque uno no sepa explicarse con precisión esa mujer intuía lo que concebía y lo comprendía a su manera. Pero es verdad que uno no sabe del todo sobre una cosa hasta que no es capaz de explicarla para que otro la entienda.

    A veces, nos metemos en vericuetos tortuosos, y queriendo explicar lo obvio, que por serlo no necesita de gran esclarecimiento, dejamos de gustar la suavidad de lo que fluye sin esfuerzo. Decía Pérez Galdós que antes consistía la inocencia en el desconocimiento del mal; ahora, en plena edad de paradojas, suele ir unido al estado de inocencia el conocimiento de todos los males y la ignorancia del bien.

    Y cuando llega el otoño, en el renovar de la vida que comienza con la muerte, hay algunos coetáneos a los que les da por pensar con humana crueldad que no hay otra vida: que ésta se acaba aquí. Es una tristeza que exaspera. Porque entonces la realidad de mi vida se trueca en una mueca de angustia y desesperación, como muestra el famoso cuadro de “El grito” de Munch. Saber que lo que soy, lo que quiero, lo que amo, no es. En fin, que a quienes hemos amado, con los que hemos convivido y compartido, y entregado nuestro tiempo y nuestra vida, nuestras ilusiones y esperanzas, y que han sido nuestro cielo, ya no son ni serán nunca más por los siglos de los siglos. Sucede también, y con más crueldad todavía, que ese mismo pensamiento acongoja a quienes la vida ha sido de una especial  dureza y miseria, que han sufrido tormentos, han sido excluidos, anihilados, sin signo de amor y de esperanza. En el colmo de sus desagracias consideran que no hay otra vida (eterna) que redima su condición de fragilidad, de sufrimiento, de desesperación: es un panorama desolador. Consternación de personas que, en llegando a una enfermedad, a una situación de dolor, de vejez o de irreversibilidad, prefieren su desaparición. Algo no funciona. ¿Qué ocurre? ¿Por qué se comportan así? Su nihilismo les ofusca, les impide ser conscientes, pensar al modo humano, para hacerlo dionisíaco. Y sin embargo, intuimos que para ser cuerdos hay que ser, a la vez, unos razonables chiflados; y creer en lo que no vemos, y no en que este mundo es un matrix virtual cuyos hilos invisibles son manejados por demiurgos enemigos del hombre que nos llevan de aquí para allá, sin finalidad ni sentido. Por esta razón, el amor, motor de nuestra vida y razón de nuestra esperanza, no deja de ser una chifladura divina. Una primavera que se abre a la belleza de la vida.

    La muerte enseña a dar valor al carpe diem como indicaba Horacio: aprovechar el tiempo, no malgastarlo ni quedarnos atrapados en nuestro particular bucle. Interviene una novedad de sentido que solo a la luz de una cierta paradoja evangélica encuentra su profundo y sagrado misterio: el que quiera ganar su vida la perderá, pero el que la pierda la encontrará. Es un aprovechamiento gozoso de algo que, sin repetirse jamás, siempre permanece eternamente presente.

    Séneca decía que "no es que tengamos poco tiempo, es que hemos perdido mucho". Y puesto que nuestro camino no es un mero recorrido externo, sino el ámbito en el que nos forjamos y ganamos la eternidad, resulta que vivir no es un ocioso esperar a la muerte sino una preparación interior diligente. Hoy se ha eclipsado la esperanza escatológica, la vibración de eternidad; y sin ese horizonte que nos señala la religión cristiana, la flor de la esperanza, que se inicia en una pequeña yema lateral del árbol, que da significado a nuestro caminar terreno, se agosta: no produce la flor ni el fruto en sazón. Sin visión de eternidad nada en esta vida tiene sentido: todo queda fragmentado, inconexo, y llegado el tiempo oportuno, amargo, inútil, chuchurrío: una futilidad.

     

     

    El don del celibato

    Ser célibe no es, simplemente, "no tener un amor humano" sino tener disponible el corazón para vivir solo para Dios y, por él, para los demás.

    Alejandro Vázquez-Dodero·6 de junio de 2023·Tiempo de lectura: 4 minutos

    celibato

    Ser célibe no es lo mismo que estar soltero o no compartir la vida con otra persona. El celibato es un don de Dios, un regalo por el que se entrega a Dios el corazón de manera completa, sin mediación humana. Y esto, tanto para laicos como para consagrados o sacerdotes.

    ¿Qué es el celibato?

    Ante todo estamos hablando de un don –regalo– de Dios, a través del que reclama el amor de un corazón indiviso, sin la mediación de amor terreno alguno. Es una llamada a fin de cooperar de modo especial en la transmisión de la vida sobrenatural a las demás personas.

    Quien recibe esa llamada pone en ejercicio el sacerdocio común –en el caso de los laicos– o el sacerdocio común y el ministerial –en el caso de los ministros consagrados–. Por ello, ese don genera una paternidad o maternidad espiritual profunda en el célibe, que, de algún modo, se entrega o consagra al mundo entero.

    Este don, como vemos, lo concede Dios tanto a laicos como a religiosos o sacerdotes, aunque con un sentido específico en cada caso.

    ¿Existen entonces diversas formas de vivir el celibato en la Iglesia católica?

    Los laicos que reciben el celibato se unen a Cristo “en exclusiva” y, desde el lugar en que se desenvuelven, sin apartarse del mundo, corresponden a ese don.

    Iguales a sus iguales, como sus iguales, con o sin distinción exterior, pero sin que ese distinguirse de los demás sea algo ínsito a su condición de célibe.

    En el caso de los religiosos, el celibato está al servicio de su misión específica, que es dar testimonio de que el fin del cristiano es el Reino de los Cielos. Y lo hacen viviendo un estado de vida consagrada por los votos de pobreza, castidad y obediencia, con una vida de entrega a Dios y ayuda a los demás. Ello conlleva un cierto apartamiento de las realidades profesionales, familiares y sociales.

    Los religiosos, aunque pueden desarrollar algunas de esas realidades –por ejemplo, en el campo educativo o asistencial– su misión no es santificar el mundo desde dentro de ellas –ése es el caso de los laicos– sino desde su consagración religiosa.

    Así, el celibato no aparta de los demás hombres, sino que a ellos se consagra. Y aparta o no del mundo terrenal, según veíamos, en función de si el célibe es religioso –aparta– o laico –no aparta–. Los sacerdotes no religiosos, a los efectos que nos ocupan, vivirían asimismo su celibato en medio del mundo.

    Cabría destacar que no estamos hablando de soltería, pues se da el caso de quienes, incluso perteneciendo a una fe, no se casan, pero no lo hacen por los motivos expuestos, sino por otros, también nobles, como cuidar a los padres, dedicarse a tareas sociales, etc., lo que tampoco les aparta del mundo.

    ¿Qué implica abrazar el celibato o “ser célibe”?

    Ser célibe no es estar disponible en el sentido de que, como no une un compromiso o amor humano, se dispone cuantitativamente de más tiempo y posibilidades para sacar adelante obras apostólicas o la propia Iglesia universal.

    Es más bien una actitud: tener disponible el corazón para vivir solo para Dios y, por él, para los demás.

    Y resulta que quien vive el celibato alcanza una vida plena y fecunda, sin perder nada de lo humano. Disfruta de una afectividad rica, pues la entrega a Dios en el celibato no solo no priva, sino que acrece, la capacidad del amor humano.

    El célibe, por el hecho de serlo, no debe sacrificar o entregar su potencial afectivo. Lo único que hace es dirigir esa afectividad de acuerdo con el don recibido, y si implica entregar despliegues de ésta –como la sexualidad que se ejerce en el ámbito matrimonial– lo hará de buen grado, y por amor de correspondencia. Sería un reduccionismo considerar que la persona necesita completar su afectividad con el otro sexo para llegar a la plenitud del amor.

    Uno es completo en cuanto tal. Si bien es cierto que necesitamos de Dios y de los demás –somos contingentes, nos necesitamos– para alcanzar la felicidad. Y para que la relación afectiva sea plena, no tiene por qué ser sexual.

    Quien recibe el don del celibato se deja amar enteramente por Dios, y por ese don puede dar a los demás el amor que recibe. Procura llenar el mundo del amor divino, pero en la medida en que corresponde entregándose exclusivamente al Señor. Y eso mismo lo hacen quienes reciben el don –también es don– del matrimonio, pero en este caso lo harán a través de las relaciones conyugales y familiares, pues la afectividad dependerá del amor entre un hombre y una mujer abiertos a la familia.

    ¿Hay que hablar siempre de celibato “apostólico”, incluso cuando lo referimos al celibato “sacerdotal” o “consagrado”?

    El don del celibato es siempre apostólico, en cualquier caso. Lo que sucede es que esa apostolicidad se traducirá de modo diverso, según la misión de cada uno, sea laico, religioso o sacerdote.

    Sin esa nota de “apostólico”, el celibato perdería su sentido.

    Los laicos ejercitarán su apostolado santificando el mundo desde dentro de sus vidas como profesionales, familiares y en los ambientes sociales en los que se desenvuelvan.

    Los religiosos, a quienes se les asigna el celibato “consagrado”, también incorporan en su don la dimensión apostólica. Y los sacerdotes, desde celibato “sacerdotal”.

    Por último, aunque parezca una obviedad, destacar que cualquier católico, reciba o no el don del celibato, está llamado a ese apostolado, que no es más que transmitir el amor de Dios –que alcanza a todos sus hijos– a través de su ejemplo de vida y su palabra. Al igual que todos estamos llamados a la santidad, y no solo quienes por gracia divina recibimos el don del celibato.