Las Noticias de hoy 29 Octubre 2022

Enviado por adminideas el Sáb, 29/10/2022 - 12:11

Oracion por la Paz del Mundo - YouTube

Ideas Claras

DE INTERES PARA HOY    sábado, 29 de octubre de 2022     

Indice:

ROME REPORTS

El Papa en el Ángelus: “Cuanto más descendemos en humildad, más nos eleva Dios”

Papa Francisco: “La oración es la fuerza de la paz”

El Papa: “La paz está en el corazón de las religiones, en sus escrituras y en su mensaje”

Aprender a leer la tristeza, “alarma indispensable para la vida”

EL MEJOR PUESTO : Francisco Fernandez Carbajal

Evangelio del sábado: andar en verdad

“Hay mil maneras de orar” : San Josemaria

Homilía del prelado del Opus Dei en la Villa de Guadalupe

36 textos que sintetizan la fe católica

¿Qué es la comunión de los santos?

¿Quiénes fueron los apóstoles de Jesús?

La Belleza de la Liturgia (16). A la caza del salmón : José Martínez Colín.

Un fraile contra Dios : La hija de Cortés.

La santidad es posible en nuestros días. Eduquemos a nuestros hijos para que deseen ser santos : Silvia del Valle Márquez.

Laicidad positiva: ni clericalismo ni cesarismo : Pablo Cabellos

La devoción a los difuntos en el cristianismo primitivo

Estamos a tiempo de prevenir : JD Mez Madrid

Nada de reducir gastos : José Morales Martín

El agua y los humanos : Jesús Domingo Martínez

Quieren seguir profundizando : Domingo Martínez Madrid

Los sacerdotes que marcaron la vida de Tolkien : CARF y los sacerdotes

 

 

ROME REPORTS

 

El Papa en el Ángelus: “Cuanto más descendemos en humildad, más nos eleva Dios”

Palabras del Santo Padre antes del Ángelus

 

Ángelus 23 octubre 2022 © Vatican Media

 

“Cuanto más descendemos en humildad, más nos eleva Dios”, dijo el Papa Francisco durante la oración del Ángelus de este domingo, 23 de octubre de 2022, a los peregrinos y fieles reunidos en la Plaza de San Pedro.

 

Estas fueron las palabras del Papa al introducir la oración mariana:

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Palabras del Papa

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El Evangelio de la liturgia de hoy nos presenta una parábola que tiene dos protagonistas, un fariseo y un publicano (cf. Lc 18,9-14), es decir, un religioso y un pecador declarado. Ambos suben al templo a orar, pero sólo el publicano se eleva verdaderamente a Dios, porque desciende humildemente a la verdad de sí mismo y se presenta tal como es, sin máscaras, con su pobreza. Podríamos decir, entonces, que la parábola se encuentra entre dos movimientos, expresados por dos verbos: subir y bajar.

El primer movimiento es subir. De hecho, el texto comienza diciendo: “Dos hombres subieron al templo a orar” (v. 10). Este aspecto recuerda muchos episodios de la Biblia, en los que para encontrar al Señor se sube a la montaña de su presencia: Abraham sube a la montaña para ofrecer el sacrificio; Moisés sube al Sinaí para recibir los mandamientos; Jesús sube a la montaña, donde se transfigura. Subir, por tanto, expresa la necesidad del corazón de desprenderse de una vida plana para encontrarse con el Señor; de levantarse de las llanuras de nuestro ego para ascender hacia Dios -deshacerse del propio yo-; de recoger lo que vivimos en el valle para llevarlo ante el Señor. Esto es “subir”, y cuando rezamos subimos.

Pero para experimentar el encuentro con Él y ser transformados por la oración, para elevarnos a Dios, necesitamos el segundo movimiento: bajar. ¿Por qué? ¿Qué significa esto? Para ascender hacia Él debemos descender dentro de nosotros mismos: cultivar la sinceridad y la humildad de corazón, que nos permiten mirar con honestidad nuestras fragilidades y nuestra pobreza interior. En efecto, en la humildad nos hacemos capaces de llevar a Dios, sin fingir, lo que realmente somos, las limitaciones y las heridas, los pecados y las miserias que pesan en nuestro corazón, y de invocar su misericordia para que nos cure y nos levante. Él será quien nos levante, no nosotros. Cuanto más descendemos en humildad, más nos eleva Dios.

De hecho, el publicano de la parábola se pone humildemente a distancia (cf. v. 13), -no se acerca, se avergüenza-, pide perdón y el Señor lo levanta. En cambio, el fariseo se exalta a sí mismo, seguro de sí mismo, convencido de que está bien: de pie, se pone a hablar con el Señor sólo de sí mismo, alabándose, enumerando todas sus buenas obras religiosas que hace, y desprecia a los demás: “No soy como ese de ahí…” Porque esto es lo que hace la soberbia espiritual: -Pero Padre, ¿por qué nos habla de soberbia espiritual? Porque todos estamos en peligro de caer en esto -. Te lleva a creerte bueno y a juzgar a los demás. Esto es la soberbia espiritual: ‘Estoy bien, soy mejor que los demás: esto es tal y tal, aquello es tal y tal…’.  Y así, sin darte cuenta, adoras a tu propio yo y borras a tu Dios. Se trata de un giro en torno a uno mismo. Esta es la oración sin humildad.

Hermanos, hermanas, el fariseo y el publicano nos conciernen de cerca. Pensando en ellos, mirémonos a nosotros mismos: veamos si en nosotros, como en el fariseo, existe “la presunción interior de ser justos” (v. 9) que nos lleva a despreciar a los demás. Ocurre, por ejemplo, cuando buscamos cumplidos y enumeramos siempre nuestros méritos y buenas obras, cuando nos preocupamos por aparentar en lugar de ser, cuando nos dejamos atrapar por el narcisismo y el exhibicionismo. Cuidémonos del narcisismo y del exhibicionismo, basado en la vanagloria, que también nos lleva a nosotros los cristianos, a nosotros los sacerdotes, a nosotros los obispos, a tener siempre la palabra “yo” en los labios, ¿Qué palabra? “Yo”: “yo hice esto, yo escribí aquello, yo dije aquello, yo entendí aquello primero que ustedes”, etc. Donde hay demasiado yo, hay poco Dios. Aquí, en mi tierra, esta gente se llama “yo-con mi-solo yo”. Y una vez se habló de un sacerdote que era así, centrado en sí mismo, y la gente solía bromear: ‘Ese, cuando hace la incensación, lo hace al revés, se inciensa a sí mismo’. Es así, también te hace caer en el ridículo.

Pedimos la intercesión de María Santísima, la humilde esclava del Señor, imagen viva de lo que el Señor ama realizar, derrocando a los poderosos de sus tronos y levantando a los humildes (cf. Lc 1,52).

 

 

Papa Francisco: “La oración es la fuerza de la paz”

Palabras del papa despues de la oración mariana

 

Tras el rezo del Ángelus de este domingo, 23 de octubre de 2022, El Santo Padre invitó a orar por la paz de Ucrania y Etiopía y por los países de África afectados por las inundaciones. Recordó la celebración de la Jornada Mundial de las Misiones que se celebra hoy y cuyo lema es “De mí serán testigos”.

El Papa Francisco  se inscribe en la 37ª Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en Lisboa en agosto de 2023. “He invitado a dos jóvenes de Portugal a estar aquí conmigo mientras me inscribo como peregrino. Lo haré ahora…” dijo el Papa.

Finalmente, añadió,  Francisco “Pasado mañana, martes 25 de octubre, iré al Coliseo para rezar por la paz en Ucrania y en el mundo”.

A continuación, siguen las palabras del Papa después del Ángelus ofrecidas por la Oficina de Prensa de la Santa Sede:

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Palabras del Papa

¡Queridos hermanos y hermanas!

Hoy celebramos la Jornada Mundial de las Misiones, cuyo lema es “De mí serán testigos”. Es una ocasión importante para despertar en todos los bautizados el deseo de participar en la misión universal de la Iglesia, mediante el testimonio y el anuncio del Evangelio. Animo a todos a apoyar a los misioneros con la oración y la solidaridad concreta, para que puedan continuar su labor de evangelización y promoción humana en todo el mundo.

Hoy se abre la inscripción para la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en Lisboa en agosto de 2023. He invitado a dos jóvenes de Portugal a estar aquí conmigo mientras me inscribo como peregrino. Lo haré ahora… (clic en la tableta). Ya está, me he apuntado. Tú, ¿te has apuntado? Hazlo… Y tú, ¿te has registrado? Hazlo… Aquí, quédate aquí. Queridos jóvenes, los invito a inscribirse en este encuentro en el que, después de un largo período de distancia, redescubriremos la alegría del abrazo fraterno entre pueblos y entre generaciones, que tanto necesitamos.

Ayer, en Madrid, fueron beatificados Vincenzo Nicasio Renuncio Toribio y once compañeros de la Congregación del Santísimo Redentor, asesinados por odio a la fe en 1936, en España. Que el ejemplo de estos testigos de Cristo, hasta el derramamiento de sangre, nos estimule a ser coherentes y valientes; que su intercesión sostenga a quienes hoy luchan por sembrar el Evangelio en el mundo. ¡Aplaudamos a los nuevos Beatos!

Sigo con inquietud la situación de conflicto que continúa en Etiopía. Una vez más, repito con sincera preocupación que la violencia no resuelve la discordia, sino que sólo aumenta sus trágicas consecuencias. Hago un llamamiento a los responsables políticos para que pongan fin al sufrimiento de la población indefensa y encuentren soluciones equitativas para una paz duradera en todo el país. Que los esfuerzos de las partes por el diálogo y la búsqueda del bien común conduzcan a un camino concreto de reconciliación. Que no falte nuestra oración, nuestra solidaridad y la necesaria ayuda humanitaria para nuestros hermanos etíopes, tan probados.

Me entristecen las inundaciones que están afectando a varios países de África y que han causado muerte y destrucción. Rezo por las víctimas y estoy cerca de los millones de desplazados, y deseo un mayor esfuerzo común para prevenir estas calamidades.

Y los saludo a todos, romanos y peregrinos de varios países. En particular, saludo a los clérigos y religiosos de Indonesia que residen en Roma; a la comunidad peruana que celebra la fiesta del Señor de los Milagros; al Centro Académico Romano Fundación y al grupo de la diócesis polaca de Tarnow. Saludo a los fieles de San Donà de Piave, Padua, Pontedera y Molfetta; a los confirmandos de Piacenza, al grupo “Tiberiade” de Carrobbio degli Angeli y al Movimiento No Violento de Verona. Y hoy, en el inicio de un nuevo gobierno, recemos por la unidad y la paz de Italia.

Pasado mañana, martes 25 de octubre, iré al Coliseo para rezar por la paz en Ucrania y en el mundo, junto con los representantes de las Iglesias y Comunidades Cristianas y de las Religiones del Mundo, reunidos en Roma para el encuentro “El Grito por la Paz”. Los invito a unirse espiritualmente a esta gran invocación a Dios: la oración es el poder de la paz. Recemos, sigamos rezando por Ucrania, que está tan martirizada.

Les deseo a todos un buen domingo. Por favor, no olviden rezar por mí. Que tengan un buen almuerzo y hasta luego.

 

El Papa: “La paz está en el corazón de las religiones, en sus escrituras y en su mensaje”

Discurso en la clausura del Encuentro de Oración por la Paz con los Líderes Cristianos y de las Religiones del Mundo

 

(C) Vatican Media

(C) Vatican Media

 

En la tarde de hoy, 25 de otubre de 2022, se ha celebrado en el Coliseo de Roma la clausura del Encuentro Internacional promovido por la Comunidad de Sant’Egidio en el “Espíritu de Asís” sobre el tema “El grito de la paz. Religiones y culturas en diálogo”, en curso del 23 al 25 de octubre.

Antes de pronunciar su discurso, en torno a las 16:20 horas, el Papa Francisco participó en un momento de oración en el interior del Coliseo en presencia de representantes de las Iglesias y Comunidades Cristianas. Al mismo tiempo, los líderes de otras religiones se reunieron en oración en varios lugares de Roma.

Después, a las 17 horas, en el escenario instalado en el exterior del Anfiteatro Flavio, tuvo lugar la ceremonia final conjunta, que contó con algunos testimonios y discursos finales, seguidos de un minuto de silencio en recuerdo de las víctimas de la guerra, el terrorismo, la violencia y la trata de seres humanos.

Finalmente, se produjo la firma del Llamamiento de Roma por la Paz por parte del Pontífice y de los demás líderes religiosos. Este fue entregado a algunos chicos y chicas por la escritora, testigo de la Shoá, Edith Bruck y simbólicamente a toda la juventud del mundo.

A continuación, sigue el discurso que el Papa dirigió a los participantes en el Encuentro

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Discurso del Santo Padre

Distinguidos líderes de las iglesias cristianas y de las religiones del mundo
Autoridades distinguidas,
queridos hermanos y hermanas

Agradezco a cada uno de los que han participado en este encuentro de oración por la paz. Expreso mi especial agradecimiento a los líderes cristianos y de otras religiones, animados por el espíritu de fraternidad que inspiró la primera convocatoria histórica convocada por San Juan Pablo II en Asís
hace treinta y seis años.

(C) Vatican Media(C) Vatican Media

Este año, nuestra oración se ha convertido en un “grito”, porque hoy la paz está gravemente violada, herida, pisoteada: y esto en Europa, es decir, en el continente que vivió las tragedias de las dos guerras mundiales del siglo pasado. Por desgracia, desde entonces, las guerras no han dejado de
sangrientos y empobrecen la tierra, pero el momento que vivimos es especialmente dramático. Por eso hemos elevado nuestra oración a Dios, que siempre escucha el grito angustiado de sus hijos.

La paz está en el corazón de las religiones, en sus escrituras y en su mensaje. En el silencio de la oración, esta tarde, hemos escuchado el grito de la paz: una paz sofocada en tantas regiones del mundo, humillada por demasiada violencia, negada incluso a los niños y a los ancianos, que no se libran de la terrible dureza de la guerra. El grito por la paz suele ser silenciado no sólo por la retórica de la guerra, sino también por la indiferencia. Se silencia por el odio que crece mientras se lucha.

Pero el grito por la paz no puede ser reprimido: surge del corazón de las madres, está escrito en los rostros de los refugiados, de las familias que huyen, de los heridos o de los moribundos. Y este grito silencioso sube al cielo. No conoce fórmulas mágicas para salir de los conflictos, pero tiene el sacrosanto derecho de pedir la paz en nombre del sufrimiento que ha soportado, y merece ser escuchada. Merece que todos, empezando por los gobernantes, se agachen a escuchar con seriedad y respeto. El grito por la paz expresa el dolor y el horror de la guerra, la madre de todas las pobrezas.

“Todas las guerras dejan al mundo peor de lo que lo encontraron. La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una rendición vergonzosa, una derrota ante las fuerzas del mal” (Enc. Fratelli tutti, 261). Son convicciones que surgen de las dolorosas lecciones del siglo XX, y por desgracia también de esta primera parte del XXI. Hoy, de hecho, está ocurriendo lo que temíamos y nunca quisimos oír: que se amenaza abiertamente con el uso de armas atómicas, que culpablemente se siguieron produciendo y probando después de Hiroshima y Nagasaki.

(C) Vatican Media(C) Vatican Media

En este oscuro escenario, en el que, por desgracia, los designios de los poderosos de la tierra no ceden ante las justas aspiraciones de los pueblos, el plan de Dios, que es “un plan de paz y no de desgracia” (cf. Jer 29,11), no cambia para nuestra salvación. Aquí se oye la voz de los sin voz; aquí se funda la esperanza de los pequeños y de los pobres: en Dios, cuyo nombre es Paz. La paz es su don y la hemos invocado de Él. Pero este don debe ser acogido y cultivado por nosotros, hombres y mujeres, especialmente por nosotros, los creyentes. No nos dejemos contagiar por la lógica perversa de la guerra; no caigamos en la trampa del odio al enemigo. Volvamos a situar la paz en el centro de nuestra visión del futuro, como objetivo central de nuestra acción personal, social y política, a todos los niveles. Desactivemos los conflictos con el arma del diálogo.

Durante una grave crisis internacional, en octubre de 1962, cuando parecía inminente un enfrentamiento militar y una deflagración nuclear, San Juan XXIII hizo este llamamiento: “Imploramos a todos los gobernantes que no permanezcan sordos a este grito de la humanidad. Que hagan todo
lo que está en su poder para salvar la paz. Así evitarán al mundo los horrores de una guerra cuyas terribles consecuencias no se pueden prever. […] Promover, fomentar y aceptar el diálogo, a todos los niveles y en todo momento, es una regla de sabiduría y prudencia que atrae la bendición del cielo y de la tierra” (Mensaje por radio, 25 de octubre de 1962).

Sesenta años después, estas palabras suenan sorprendentemente actuales. Los hago míos. No somos “neutrales, sino que nos ponemos del lado de la paz”. Por eso invocamos el ius pacis como el derecho de todos a resolver los conflictos sin violencia” (Reunión con estudiantes y académicos en Bolonia, 1 de octubre de 2017).

En los últimos años, la fraternidad entre las religiones ha avanzado de forma decisiva: “Religiones hermanas que ayudan a los pueblos hermanos a vivir en paz” (Encuentro de Oración por la Paz, 7 de octubre de 2021). Cada vez nos sentimos más hermanos entre nosotros. Hace un año, reunidos aquí mismo, frente al Coliseo, lanzamos un llamamiento, aún más pertinente hoy: “Las religiones no pueden utilizarse para la guerra. Sólo la paz es santa y que nadie utilice el nombre de Dios para bendecir el terror y la violencia. Si ven guerras a su alrededor, ¡no se resignen! La gente desea la paz” (ibid.).

Esto es lo que intentaremos seguir haciendo, cada vez mejor, día a día. No nos resignemos a la guerra, cultivemos semillas de reconciliación; y elevemos hoy al Cielo el grito de la paz, una vez más con las palabras de San Juan XXIII: “Que todos los pueblos de la tierra se unan y florezca en ellos y reine siempre la paz más deseada” Enc. Pacem in Terris, 91). Que así sea, con la gracia de Dios y la buena voluntad de los hombres y mujeres que Él ama.

 

 

Aprender a leer la tristeza, “alarma indispensable para la vida”

Catequesis completa del Santo Padre

 

Audiencia general, 26 oct 2022 © Vatican Media

El Papa Francisco ha animado a “aprender a leer la tristeza”, la desolación, pues, “en nuestro tiempo, la tristeza está considerada mayoritariamente de forma negativa, como un mal del que huir a toda costa, y, sin embargo, puede ser una campana de alarma indispensable para la vida, invitándonos a explorar paisajes más ricos y fértiles que la fugacidad y la evasión no consienten”.

La audiencia general del Santo Padre tuvo lugar este miércoles, 26 de octubre de 2022, a las 9 horas en la plaza de San Pedro.  Francisco ha impartido la 7ª catequesis del ciclo en curso sobre discernimiento, centrando su meditación en el tema: “La materia del discernimiento. La desolación”.

Para el Papa, todos tenemos la experiencia de la desolación, pero, “es importante, para quien quiere servir al Señor, no dejarse guiar por la desolación. Eso de… ‘Pero no, no tengo ganas, esto es aburrido…’: ten cuidado. Lamentablemente, algunos deciden abandonar la vida de oración, o la elección emprendida, el matrimonio o la vida religiosa, empujados por la desolación, sin pararse antes a leer este estado de ánimo, y sobre todo sin la ayuda de un guía. Una regla sabia dice que no hay que hacer cambios cuando se está desolado. Será el tiempo sucesivo, más que el humor del momento, el que muestre la bondad o no de nuestras elecciones”.

“Si sabemos atravesar soledad y desolación con apertura y conciencia, podemos salir reforzados bajo el aspecto humano y espiritual. Ninguna prueba está fuera de nuestro alcance; ninguna prueba será superior a lo que nosotros podemos hacer. Pero no huir de las pruebas: ver qué significa esta prueba, qué significa que yo estoy triste: ¿por qué estoy triste? ¿Qué significa que yo en este momento estoy desolado? ¿Qué significa que estoy desolado y no puedo ir adelante?”, añadió.

Asimismo, el Pontífice remite a San Pablo, que “recuerda que nadie es tentado más allá de sus posibilidades, porque el Señor no nos abandona nunca y, con Él cerca, podemos vencer toda tentación (cf. 1 Cor 10,13). Y si no la vencemos hoy, nos levantamos otra vez, caminamos y la venceremos mañana. Pero no permanecer muertos ―digamos así― no permanecer vencidos por un momento de tristeza, de desolación: id adelante. Que el Señor te bendiga en este camino ―¡valiente!―  de la vida espiritual, que es siempre caminar”.

A continuación, sigue el texto completo de la catequesis del Papa Francisco

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Catequesis sobre el discernimiento 7. La materia del discernimiento. La desolación

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El discernimiento, lo hemos visto en las catequesis precedentes, no es principalmente un procedimiento lógico; aborda las acciones, y las acciones tienen una connotación afectiva también, que debe ser reconocida, porque Dios habla al corazón. Entremos, pues, en la primera modalidad afectiva, objeto del discernimiento, es decir, la desolación. ¿De qué se trata?

La desolación ha sido definida así: “Escuridad del ánima, turbación en ella, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor” (S. Ignacio de L., Ejercicios espirituales, 317). Todos nosotros lo hemos experimentado. Creo que, de una forma u otra, hemos experimentado esto, la desolación. El problema es cómo poder leerla, porque también esta tiene algo importante que decirnos, y si tenemos prisa en liberarnos de ella, corremos el riesgo de perderla.

Nadie quisiera estar desolado, triste: esto es verdad. Todos quisiéramos una vida siempre alegre, feliz y satisfecha. Pero esto, además de no ser posible ―porque no es posible―, tampoco sería bueno para nosotros. De hecho, el cambio de una vida orientada al vicio puede empezar por una situación de tristeza, de remordimiento por lo que se ha hecho. Es muy bonita la etimología de esta palabra, “remordimiento”: el remordimiento de la conciencia, todos conocemos esto. Remordimiento: literalmente es la conciencia que muerde, que no da paz. Alessandro Manzoni, en Los novios, nos dio una espléndida descripción del remordimiento como ocasión para cambiar de vida. Se trata del célebre diálogo entre el cardenal Federico Borromeo y el Innominado, el cual, después de una noche terrible, se presenta destrozado donde el cardenal, que se dirige a él con palabras sorprendentes: “Traéis una dichosa nueva que darme: ¿por qué me hacéis esperar tanto?” “¿Dichosa nueva yo?” ―dijo el otro―. “¿Yo, que tengo en el corazón un infierno? ¿Qué nueva dichosa, decidme, pues parece que lo sabéis […]?”. “Es claro: la de que Dios os ha tocado el corazón”, respondió con sencilla mansedumbre el cardenal” (cap. XXIII). Dios toca el corazón y te viene algo dentro, la tristeza, el remordimiento por algo, y es una invitación a empezar un camino. El hombre de Dios sabe notar en profundidad lo que se mueve en el corazón.

Es importante aprender a leer la tristeza. Todos conocemos qué es la tristeza: todos. ¿Pero sabemos leerla? ¿Sabemos entender qué significa para mí, esta tristeza de hoy? En nuestro tiempo, la tristeza está considerada mayoritariamente de forma negativa, como un mal del que huir a toda costa, y, sin embargo, puede ser una campana de alarma indispensable para la vida, invitándonos a explorar paisajes más ricos y fértiles que la fugacidad y la evasión no consienten. Santo Tomás define la tristeza un dolor del alma: como los nervios para el cuerpo, despierta la atención ante un posible peligro, o un bien desatendido (cf. Summa Th. I-II, q. 36, a. 1). Por eso es indispensable para nuestra salud, nos protege para que no nos hagamos mal a nosotros mismos y a los otros. Sería mucho más grave y peligroso no tener este sentimiento e ir adelante. La tristeza a veces trabaja como semáforo: “¡Párate, párate! Está rojo aquí. Párate”.

En cambio, para quien tiene el deseo de realizar el bien, la tristeza es un obstáculo con el que el tentador quiere desanimarnos. En tal caso, se debe actuar de forma exactamente contraria a lo sugerido, decididos a continuar lo que nos habíamos propuesto hacer (cf. Ejercicios espirituales, 318). Pensemos en el estudio, en la oración, en un compromiso asumido: si los dejáramos apenas sentimos aburrimiento o tristeza, no concluiríamos nunca nada. Esta también es una experiencia común a la vida espiritual: el camino hacia el bien, recuerda el Evangelio, es estrecho y cuesta arriba, requiere un combate, un vencerse a sí mismo. Empiezo a rezar, o me dedico a una buena obra y, extrañamente, justo entonces me vienen a la mente cosas urgentes que hay que hacer ―para no rezar y para no hacer cosas buenas―. Todos tenemos esta experiencia. Es importante, para quien quiere servir al Señor, no dejarse guiar por la desolación. Eso de… “Pero no, no tengo ganas, esto es aburrido…”: ten cuidado. Lamentablemente, algunos deciden abandonar la vida de oración, o la elección emprendida, el matrimonio o la vida religiosa, empujados por la desolación, sin pararse antes a leer este estado de ánimo, y sobre todo sin la ayuda de un guía. Una regla sabia dice que no hay que hacer cambios cuando se está desolado. Será el tiempo sucesivo, más que el humor del momento, el que muestre la bondad o no de nuestras elecciones.

Es interesante notar, en el Evangelio, que Jesús rechaza las tentaciones con una actitud de firme determinación (cf. Mt 3,14-15; 4,1-11; 16,21-23). Las situaciones de prueba le llegan desde varias partes, pero siempre, encontrando en Él esta firmeza, decidida a cumplir la voluntad del Padre, disminuyen y cesan de obstaculizar el camino. En la vida espiritual la prueba es un momento importante, la Biblia lo recuerda explícitamente y dice así: “Si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba” (Sir 2,1). Si tú quieres ir por el buen camino, prepárate: habrá obstáculos, habrá tentaciones, habrá momentos de tristeza. Es como cuando un profesor examina al estudiante: si ve que conoce los puntos esenciales de la materia, no insiste: ha superado la prueba. Pero debe superar la prueba.

Si sabemos atravesar soledad y desolación con apertura y conciencia, podemos salir reforzados bajo el aspecto humano y espiritual. Ninguna prueba está fuera de nuestro alcance; ninguna prueba será superior a lo que nosotros podemos hacer. Pero no huir de las pruebas: ver qué significa esta prueba, qué significa que yo estoy triste: ¿por qué estoy triste? ¿Qué significa que yo en este momento estoy desolado? ¿Qué significa que estoy desolado y no puedo ir adelante? San Pablo recuerda que nadie es tentado más allá de sus posibilidades, porque el Señor no nos abandona nunca y, con Él cerca, podemos vencer toda tentación (cf. 1 Cor 10,13). Y si no la vencemos hoy, nos levantamos otra vez, caminamos y la venceremos mañana. Pero no permanecer muertos ―digamos así― no permanecer vencidos por un momento de tristeza, de desolación: id adelante. Que el Señor te bendiga en este camino ―¡valiente!―  de la vida espiritual, que es siempre caminar.

© Librería Editora Vaticana

 

 

EL MEJOR PUESTO

— Los primeros puestos.

— Humildad de María.

— Frutos de la humildad.

I. Todos los días son buenos para hacer un rato de oración junto a la Virgen, pero en este, el sábado, son muchos los cristianos de todas las regiones de la tierra que procuran que la jornada transcurra muy cerca de María. Nos acercamos hoy a Ella para que nos enseñe a progresar en esa virtud fundamento de todas las demás, que es la humildad, pues ella «es la puerta por la que pasan las gracias que Dios nos otorga; es la que sazona todos nuestros actos, comunicándoles tanto valor, y haciendo que resulten y sean agradables a Dios. Finalmente, Ella nos constituye dueños del corazón de Dios, hasta hacer de Él, por decirlo así, nuestro servidor; pues nunca ha podido Dios resistir un corazón humilde»1. Es tan necesaria para la salvación que Jesús aprovecha cualquier circunstancia para ensalzarla.

El Evangelio de la Misa2 nos refiere que Jesús fue invitado a un banquete. En la mesa, como también ocurre frecuentemente en nuestros días, había lugares de mayor honor. Los invitados, quizá un tanto atropelladamente, se dirigían a estos puestos más considerados. Jesús lo observaba. Quizá cuando ya estaba terminando la comida, en los momentos en los que la conversación se hace más reposada, el Señor les dice: Cuando seas invitado a una boda, no te sientes en el primer puesto... Al contrario..., ve a sentarte en el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado.

Jesús se situaría probablemente en un lugar discreto o donde le indicó el que le había invitado. Él sabe estar, y a la vez se da cuenta de aquella actitud poco elegante, también desde el punto de vista humano, que adoptan los comensales. Estos, por otra parte, se equivocaron radicalmente porque no supieron darse cuenta de que el mejor puesto se encuentra siempre al lado de Jesús. Por llegar hasta allí, junto al Señor, es por lo que debieron porfiar. En la vida de los hombres se observa no pocas veces una actitud parecida a la de aquellos comensales: ¡cuánto esfuerzo para ser considerados y admirados, y qué poco para estar cerca de Dios! Nosotros pedimos hoy a Santa María, en este rato de oración y a lo largo del día, que nos enseñe a ser humildes, que es el único modo de crecer en amor a su Hijo, de estar cerca de Él. La humildad conquista el Corazón de Dios. «“Quia respexit humilitatem ancillae suae” —porque vio la bajeza de su esclava...

»—¡Cada día me persuado más de que la humildad auténtica es la base sobrenatural de todas las virtudes!

»Habla con Nuestra Señora, para que Ella nos adiestre a caminar por esa senda»3.

II. La Virgen nos enseña el camino de la humildad. Esta virtud no consiste esencialmente en reprimir los impulsos de la soberbia, de la ambición, del egoísmo, de la vanidad..., pues Nuestra Señora no tuvo jamás ninguno de estos movimientos y fue adornada por Dios en grado eminente con esta virtud. El nombre de humildad viene del latín humus, tierra, y significa, según su etimología, inclinarse hacia la tierra. La virtud de la humildad consiste esencialmente en inclinarse ante Dios y ante todo lo que hay de Dios en las criaturas4, reconocer nuestra pequeñez e indigencia ante la grandeza del Señor. Las almas santas «sienten una alegría muy grande en anonadarse delante de Dios, y reconocer prácticamente que Él solo es grande, y que en comparación de la suya, todas las grandezas humanas están vacías de verdad, y no son sino mentira»5. Este anonadamiento no empequeñece, no acorta las verdaderas aspiraciones de la criatura, sino que las ennoblece y les da nuevas alas, les abre horizontes más amplios. Cuando Nuestra Señora es elegida para ser Madre de Dios, se proclama enseguida su esclava6. Y en el momento en que escucha la alabanza de que es bendita entre todas las mujeres7 se dispone a servir a su prima Isabel. Es la llena de gracia8, pero guarda en su intimidad la grandeza que le ha sido revelada. Ni siquiera a José le desvela el misterio; deja que la Providencia lo haga en el momento oportuno. Llena de una inmensa alegría canta las maravillas que le han sucedido, pero las atribuye al Todopoderoso. Ella, de su parte, solo ha ofrecido su pequeñez y su querer9. «Se ignoraba a sí misma. Por eso, a sus propios ojos no contaba. No vivió pendiente de sí misma, sino pendiente de Dios, de su voluntad. Por eso podía medir el alcance de su propia bajeza, de su, a la vez, desamparada y segura condición de criatura, sintiéndose incapaz de todo, pero sostenida por Dios. La consecuencia fue el entregarse, el vivir para Dios»10. Nunca buscó su propia gloria, ni aparentar, ni primeros puestos en los banquetes, ni ser considerada, ni recibir halagos por ser la Madre de Jesús. Ella solo buscó la gloria de Dios.

La humildad se funda en la verdad, en la realidad; sobre todo en esta certeza: es infinita la distancia que existe entre la criatura y su Creador. Cuanto más se comprende esta distancia y el acercamiento de Dios con sus dones a la criatura, el alma, con la ayuda de la gracia, se hace más humilde y agradecida. Cuanto más elevada está una criatura más comprende este abismo; por eso la Virgen fue tan humilde. Ella, la Esclava del Señor, es hoy la reina del Universo. En Ella se cumplieron de modo eminente las palabras de Jesús al final de la parábola: el que se humilla, el que ocupa su lugar ante Dios y ante los hombres, será ensalzado. El que es humilde oye siempre a Jesús que le dice: amigo, sube más arriba. «Que sepamos ponernos al servicio de Dios sin condiciones y seremos elevados a una altura increíble; participaremos en la vida íntima de Dios, ¡seremos como dioses!, pero por el camino reglamentario: el de la humildad y la docilidad al querer de nuestro Dios y Señor»11.

III. La humildad nos hará descubrir que todo lo bueno que existe en nosotros viene de Dios, tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia: Mi sustancia es como nada delante de Ti, Señor12, exclama el Salmista. Lo específicamente nuestro es la flaqueza y el error. A la vez, nada tiene que ver esta virtud con la timidez, con la pusilanimidad o la mediocridad. Lejos de apocarse, el alma humilde se pone en las manos de Dios, y se llena de alegría y de agradecimiento cuando Dios quiere hacer cosas grandes a través de ella. Los santos han sido hombres magnánimos, capaces de grandes empresas para la gloria de Dios. El humilde es audaz porque cuenta con la gracia del Señor, que todo lo puede; acude con frecuencia a la oración –es muy pedigüeño–, porque está convencido de la absoluta necesidad de la ayuda divina; es agradecido, con Dios y con sus semejantes, porque es consciente de las muchas ayudas que recibe; tiene especial facilidad para la amistad y, por tanto, para el apostolado... Y aunque la humildad es el fundamento de todas las virtudes, lo es de modo muy particular de la caridad: en la medida en que nos olvidamos de nosotros mismos, podemos preocuparnos de los demás y atender sus necesidades. Alrededor de estas dos virtudes se encuentran todas las demás. «Humildad y caridad son las virtudes madres –afirma San Francisco de Sales–; las otras las siguen como polluelos a su clueca»13. La soberbia, por el contrario, es la «raíz y madre» de todos los pecados, incluso de los capitales14, y el mayor obstáculo que el hombre puede poner a la gracia.

La soberbia y la tristeza andan con frecuencia de la mano15, mientras que la alegría es patrimonio del alma humilde. «Mirad a María. Jamás criatura alguna se ha entregado con más humildad a los designios de Dios. La humildad de la ancilla Domini (Lc 1, 38), de la esclava del Señor, es el motivo de que la invoquemos como causa nostrae laetitiae, causa de nuestra alegría. Eva, después de pecar queriendo en su locura igualarse a Dios, se escondía del Señor y se avergonzaba: estaba triste. María, al confesarse esclava del Señor, es hecha Madre del Verbo divino, y se llena de gozo. Que este júbilo suyo, de Madre buena, se nos pegue a todos nosotros: que salgamos en esto a Ella –a Santa María–, y así nos pareceremos más a Cristo»16.

1 Santo Cura de Ars, Sermón para el Domingo décimo después de Pentecostés. — 2 Lc 14, 1; 7-11. — 3 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 289. — 4 Cfr. R. Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior, vol. II, p. 670. — 5 Ibídem. — 6 Cfr. Lc 1, 38. — 7 Lc 1, 42. — 8 Lc 1, 28. — 9 Cfr. Lc 1, 47-49. — 10 F. Suárez, La Virgen Nuestra Señora, pp. 138-139. — 11 A. Orozco, Mirar a María, Rialp, Madrid 1981, p. 238. — 12 Sal 38, 6. — 13 San Francisco de Sales, Epistolario, fragm. 17, en Obras selectas de..., BAC, Madrid 1953, p. 651. — 14 Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2, q. 162, aa. 7-8. — 15 Cfr. Casiano, Colaciones, 16. — 16 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 109.

 

 

Evangelio del sábado: andar en verdad

Comentario del sábado de la 30.ª semana del tiempo ordinario. “Cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: «Amigo, sube más arriba»”. La auténtica humildad está en sabernos amados por Dios, elevados por la gracia para ser hijos suyos.

29/10/2022

Evangelio (Lc 14, 1.7-11)

Les proponía a los invitados una parábola, al notar como iban eligiendo los primeros puestos:

Cuando alguien te invite a una boda, no vayas a sentarte en el primer puesto, no sea que otro más distinguido que tú haya sido invitado por él y, al llegar el que os invitó a ti y al otro, te diga: «Cédele el sitio a éste», y entonces empieces a buscar, lleno de vergüenza, el último lugar. Al contrario, cuando te inviten, ve a ocupar el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga: «Amigo, sube más arriba». Entonces quedarás muy honrado ante todos los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.


Comentario

Santa Teresa decía que la humildad es andar en verdad. Es la virtud que nos permite situarnos en la realidad de nosotros mismos, vivir en ella con serenidad y alegría. En la parábola que se nos propone en el Evangelio de hoy, Jesús nos indica cómo hacer para andar en la verdad de nosotros mismos. Nos hace ver que el modo más acertado para llegar a nuestra verdad es considerar nuestra vida desde la perspectiva de Dios.

En la imagen de los invitados al banquete que se lanzan ávidamente al primer lugar podemos ver reflejada la actitud de quien busca un reconocimiento prematuro, un estatus o situación de prestigio, sin pensar si realmente corresponde a la realidad de su condición. Es una actitud que, incluso desde un punto de vista meramente humano, resulta poco elegante. No pocas veces, la misma evolución espontánea de los acontecimientos acaba por revelar lo artificial que era esa posición, metiendo en crisis a la persona que había vivido fuera de su realidad, obligándola entonces a «buscar, lleno de vergüenza, el último lugar» (v. 9).

Pero con esta parábola el Señor no quiere limitarse a denunciar la vanidad, sino que desea sobre todo enseñarnos el camino para llegar a nuestra verdad. Por eso propone que no nos apresuremos a buscar un lugar de relieve o a pretender que se nos trate de una cierta manera. Nos anima a dejar que sea nuestro Padre Dios quien nos diga el «Amigo, sube más arriba» (v. 10), es decir, que nos diga que para Él somos siempre sus amigos y lo único que realmente cuenta es estar a su lado. Nuestra condición de hijos de Dios es la verdad más fundamental, desde la que podemos valorar y construir todo lo demás en nuestras vidas.

«Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado» (v 11). Santa María nos enseña a recorrer con gozo este camino que nos propone su Hijo: «ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso» (Lucas 1,48-49).

 

 

“Hay mil maneras de orar”

¿Católico, sin oración?... Es como un soldado sin armas (Surco, 453).

29 de octubre

Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro: su Corazón enternecido, su humildad, su pureza, su cumplimiento de la Voluntad del Padre. Luego cuéntale lo que a ti en estas cosas te suele suceder, lo que te pasa, lo que te está ocurriendo. Permanece atento, porque quizá Él querrá indicarte algo: y surgirán esas mociones interiores, ese caer en la cuenta, esas reconvenciones.

(…) Hay mil maneras de orar, os digo de nuevo. Los hijos de Dios no necesitan un método, cuadriculado y artificial, para dirigirse a su Padre. El amor es inventivo, industrioso; si amamos, sabremos descubrir caminos personales, íntimos, que nos lleven a este diálogo continuo con el Señor. (…)

Si flaqueamos, acudiremos al amor de Santa María, Maestra de oración; y a San José, Padre y Señor Nuestro, a quien veneramos tanto, que es quien más íntimamente ha tratado en este mundo a la Madre de Dios y -después de Santa María- a su Hijo Divino. Y ellos presentarán nuestra debilidad a Jesús, para que Él la convierta en fortaleza. (Amigos de Dios, nn. 253. 255)

 

Homilía del prelado del Opus Dei en la Villa de Guadalupe

Ofrecemos la homilía pronunciada por Mons. Fernando Ocáriz en la misa celebrada en la Villa de Guadalupe, en el primer día de su viaje pastoral a México.

Homilía del prelado del Opus Dei en la Villa de Guadalupe

28/10/2022

Homilía, Guadalupe, 27 de octubre de 2022

Quisiera en primer lugar manifestar mi agradecimiento al Señor por poder celebrar la Santa Misa en este lugar santo, en donde las infinitas misericordias de Dios se han manifestado con generosidad divina a través del rostro de Nuestra Señora de Guadalupe. ¡Gracias, Señor, gracias, Madre nuestra!

Acabamos de leer en el Evangelio, estas palabras en las que Jesús se lamenta de la humana dureza de corazón: “¡Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profetas y lapidas a los que te son enviados...” (Lc 13, 31-35). El Señor encontró dificultades y oposición, que le llevaron hasta la Cruz; una Cruz aceptada por amor a nosotros, por nuestra salvación.

Siempre ha habido dificultades, también ahora, en el mundo, en la Iglesia, en la vida de cada persona, en la de cada uno de nosotros. Especialmente, Jesús se refiere expresamente a la oposición violenta a quienes son enviados por Dios. Aquí podemos reconocernos también nosotros, porque todos los cristianos somos enviados por el Señor, apóstoles, para llevar al mundo la alegría del Evangelio. Y encontramos más o menos dificultades, comenzando por nuestros propios límites y defectos.

Pero no admitamos el pesimismo ni el desánimo. En la Primera Lectura, como a los cristianos de Éfeso, san Pablo nos dirige estas palabras de aliento: “reconfortaos en el Señor y en la fuerza de su poder” (Ef 6, 10-20). Sí, fortalezcamos nuestro ánimo mediante la fe en la asistencia, en la presencia de Dios en nosotros, reconociéndonos hijos de Dios en Jesucristo; hijos de un Dios que es amor y que todo lo sabe y todo lo puede.

San Josemaría tuvo muy grabadas en su alma estas palabras latinas: Si Deus nobiscum, quis contra nos? Es san Pablo quien lo escribió: “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rm 8, 31). Y el Señor nos asegura, como a los Apóstoles: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin el mundo” (Mt 28, 20).

Uniéndonos a la oración de san Josemaría a la Virgen de Guadalupe en 1970, ponemos en manos de Nuestra Señora todas las necesidades del mundo, de la Iglesia, de la Obra, de cada uno de nosotros; todas las alegrías y todas las penas. Deseamos que esta oración nuestra sea expresión de una fe viva; una fe más viva que sea fundamento de una esperanza más segura y de una caridad más intensa. ¡Qué consoladoras resultan las palabras que la Virgen de Guadalupe dirigió a san Juan Diego, y que hoy sigue dirigiendo a cada uno de nosotros: “Oye y ten por entendido hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón. ¿No estoy aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿no soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?”. Nada ha de quitarnos la paz y la alegría.

Fe, esperanza, caridad, que hagan de nosotros almas de oración, como la Iglesia naciente, cuando todos perseveraban en la oración con María la Madre de Jesús (cfr. Hch 1, 14). Allí estaban lo apóstoles con Pedro a la cabeza; por eso, nuestra oración se une siempre a la del sucesor de Pedro, del Romano Pontífice. Rezamos especialmente por el Papa Francisco, que repite con frecuencia, como una oración de intercesión: “Que la Virgen Santa te cuide”.

También como los Apóstoles en Pentecostés, que salieron a conquistar el mundo para Cristo, vivamos cada día dando a nuestra existencia ordinaria un siempre nuevo sentido apostólico. En México y desde México, hasta el último rincón del mundo. Esta tierra, que ha recibido tantas bendiciones de Dios, tiene una especial responsabilidad para ser sal y luz en los cinco continentes, comenzando por los hogares de familia y los lugares de trabajo.

Y siempre, a pesar de nuestra debilidad, con la alegría de las hijas y de los hijos de Dios, con la protección y ayuda maternas de nuestra Señora de Guadalupe.

La Providencia ha querido que pueda celebrar la Santa Misa en este santuario bendito, el día de mi cumpleaños. Como solía hacer san Josemaría, extiendo mi mano para pedirles una oración al Señor, a través de la Señora del Tepeyac, por mí y por mis intenciones, que son las de la Iglesia, las de la Obra y las de cada uno de ustedes.

Así sea.

 

 

36 textos que sintetizan la fe católica

Ofrecemos 36 textos que abordan algunas de las principales verdades de la fe. Son textos preparados por teólogos y canonistas con un enfoque primordialmente catequético, que remiten a la Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia Católica, las enseñanzas de los Padres y el Magisterio.

36 textos que sintetizan la doctrina y la fe católica

28/10/2022

Tema 1. El anhelo de Dios

En el fondo del espíritu humano encontramos una nostalgia de felicidad que apunta a la esperanza de un hogar, de una patria definitiva.

Tema 2. El porqué de la Revelación

En el hombre existe un deseo natural de alcanzar un conocimiento pleno de Dios, que no es capaz de conocer sin la ayuda de Dios.

Tema 3. El desarrollo de la Revelación

Dios se ha revelado poco a poco al hombre y ha culminado su revelación con la encarnación.

Tema 4. Dios creador

La creación es a la vez un misterio de fe y una verdad accesible a la razón. 

Tema 5. La Providencia de Dios

Es lícito preguntarse por la posibilidad y la efectividad de las intervenciones divinas en nuestro mundo. 

Tema 6. El ser humano, imagen de Dios

El hombre es la única criatura capaz de conocer y de amar más allá de lo material y finito. 

Tema 7. La libertad humana

La Iglesia considera que la libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. 

Tema 8. El dominio sobre la creación. El trabajo. La ecología.

Dios otorga al hombre el señorío sobre el mundo y le manda ejercerlo. La tutela del medio ambiente es una obligación moral que incumbe a cada persona y a toda la humanidad. 

Tema 9. El hombre creado por Dios como varón y mujer

El ser humano es persona por ser humano. La igualdad de las personas debe expresarse en el respeto a cada uno y a los colectivos.

Tema 10. El pecado y la misericordia de Dios

La pérdida del sentido del pecado ha llevado a la pérdida de la necesidad de salvación, y de ahí al olvido de Dios por indiferencia. 

Tema 11. El testimonio evangélico

Jesús envió a los apóstoles al mundo entero para «predicar el Evangelio a toda criatura». El contenido de ese Evangelio era lo que dijo e hizo Jesús en su vida terrena.

Tema 12. La Encarnación

Jesús es el Hijo Único de Dios que se ha hecho hombre por nuestra salvación. Es perfecto Dios y perfecto hombre.

Tema 13. Pasión, muerte y resurrección de Jesucristo

Jesús aceptó libremente los sufrimientos físicos y morales impuestos por la injusticia de los pecadores. 

Tema 14. El Espíritu Santo y su acción en la Iglesia

La acción del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia por medio de los sacramentos. Solemos decir que el Espíritu Santo es como el alma de la Iglesia.

Tema 15. La Iglesia, fundada por Cristo

La Iglesia es la comunidad de todos los que han recibido la gracia regeneradora del Espíritu por la que son hijos de Dios.

Tema 16. La constitución jerárquica de la Iglesia

La Iglesia es una sociedad estructurada donde unos tienen la misión de guiar a los otros. 

Tema 17. La Iglesia y el mundo

La Iglesia es inseparablemente humana y divina. Vive y actúa en el mundo, pero su fin y su fuerza no están en la tierra, sino en el Cielo. 

Tema 18. La Doctrina Social de la Iglesia

La buena nueva de la salvación exige la presencia de la Iglesia en el mundo. El Evangelio constituye de hecho un anuncio de transformación del mundo de acuerdo con el designio de Dios.

Tema 19. La resurrección de la carne

El enigma de la muerte del hombre se comprende solamente a la luz de la resurrección de Cristo y de nuestra resurrección en Él.

Tema 20. Los sacramentos

Los sacramentos son signos eficaces de la Gracia. La Gracia santificante es una disposición estable y sobrenatural que perfecciona al alma para hacerla capaz de vivir con Dios.

Tema 21. Bautismo y Confirmación

Un cristiano bautizado y confirmado está destinado a participar en la misión evangelizadora de la Iglesia en virtud de estos sacramentos.

Tema 22. La Eucaristía (I)

La Eucaristía hace presente a Jesucristo: Él nos invita a acoger la salvación que nos ofrece y a recibir el don de su Cuerpo y de su Sangre como alimento de vida eterna.

Tema 22. La Eucaristía (II)

La Santa Misa hace presente en el hoy de la celebración litúrgica de la Iglesia el único sacrificio de nuestra redención. 

Tema 23. La Penitencia y la Unción de los enfermos

La Penitencia es un sacramento específico de curación y salvación. 

Tema 24. El matrimonio y el Orden Sacerdotal

El matrimonio es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor. Mediante el sacramento del orden se confiere una participación al sacerdocio de Cristo.

Tema 25. La vida cristiana: la ley y la conciencia

La ley eterna, la ley natural, la Nueva Ley o Ley de Cristo, las leyes humanas políticas y eclesiásticas son leyes morales en un sentido muy distinto, aunque todas ellas tienen algo en común. 

Tema 26. El sujeto moral. La moralidad de los actos humanos

Solo las acciones voluntarias son objeto de una valoración moral propiamente dicha. Es parte fundamental de la formación y de la vida cristiana la educación del complejo mundo de los sentimientos.

Tema 27. La acción del Espíritu Santo: la gracia, las virtudes teologales y los mandamientos

La vida cristiana es la vida del hombre como hijo de Dios en Cristo por medio del Espíritu Santo. 

Tema 28. Primer y segundo mandamientos

El primer mandamiento del Decálogo tiene una importancia existencial: es el único fundamento posible para configurar una vida humana lograda. 

Tema 29. El tercer mandamiento

El hombre, que está llamado a participar del poder creador de Dios perfeccionando el mundo por medio de su trabajo, debe también cesar de trabajar el día séptimo, para dedicarlo al culto divino y al descanso. 

Tema 30. Cuarto mandamiento. La familia

El cuarto mandamiento figure es un punto de enlace y tránsito entre los tres anteriores y los seis posteriores: en las relaciones familiares se continúa en cierto modo aquella misteriosa compenetración entre el amor divino y el humano que está en el origen de cada persona. 

Tema 31. El quinto mandamiento

Nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente. 

Tema 32. El sexto mandamiento

La sexualidad afecta al núcleo íntimo de la persona humana. La verdadera educación a la castidad ayuda a reflexionar sobre los valores personales y morales que entran en juego en las relaciones afectivas con las demás personas. 

Tema 33. El séptimo y octavo mandamientos

La vida cristiana se esfuerza por ordenar a Dios y a la caridad fraterna los bienes de este mundo. Son importantes tanto la templanza, como la justicia y la solidaridad.

Tema 34. El noveno y el décimo mandamientos

El noveno y décimo mandamientos se refieren a los actos internos correspondientes a los pecados contra el sexto y el séptimo mandamientos. Los pecados internos pueden deformar la conciencia.

Tema 35. La oración en la vida cristiana

El Catecismo distingue entre oración vocal, meditación y oración de contemplación. Las tres tienen en común un rasgo fundamental: el recogimiento del corazón.

Tema 36. La oración del Padre Nuestro

Con la oración del Padre Nuestro, Jesús quiere hacer conscientes a sus discípulos de su condición de hijos de Dios.

 

 

¿Qué es la comunión de los santos?

El 1 de noviembre celebramos la fiesta de Todos los Santos, y cada domingo, en Misa, recitamos el Credo y decimos “creo en la comunión de los santos”. Pero, ¿qué queremos decir con esa expresión?

Fiesta de Todos los Santos | ¿Qué es la comunión de los santos?

28/10/2022

Sumario
1. La comunión de los bienes espirituales
2. La comunión entre la Iglesia del cielo y la de la tierra


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Como dice el Catecismo, la comunión de los santos es precisamente la Iglesia. Esta comunión tiene dos significados estrechamente relacionados: por un lado, la comunión en las cosas santas, la participación en los mismos bienes espirituales, y, por otro, la comunión entre las personas santas. Catecismo de la Iglesia Católica, 948

1. La comunión de los bienes espirituales

En los Hechos de los apóstoles se dice que los discípulos “acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones”. ¿En qué consiste esa comunión que se sigue viviendo hoy en día en la Iglesia?

En primer lugar, se trata de la comunión en la fe que se profesa, tesoro de vida que se enriquece cuando se comparte. Por otro lado, la comunión de los sacramentos que realizan la unión con Dios. De hecho, uno de los sacramentos -la Eucaristía- es también llamado Comunión ya que es en él donde se da la unión más grande con Dios que pueda existir en la tierra.

Además, el Espíritu Santo reparte gracias especiales entre los fieles, para provecho común. Son los llamados carismas. Otro aspecto de esa comunión es el más material: el compartir con el prójimo nuestras posesiones, socorriendo al necesitado.

Finalmente, esta comunión es comunión de la caridad, la virtud más importante y una de las llamadas teologales, porque proceden directamente de Dios: “ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo” (Rm 14, 7). El menor de los actos de un cristiano hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos. También todo pecado daña a esta comunión. Catecismo de la Iglesia Católica, 949-953

Meditar con san Josemaría

Comunión de los Santos. —¿Cómo te lo diría? —¿Ves lo que son las transfusiones de sangre para el cuerpo? Pues así viene a ser la Comunión de los Santos para el alma. Camino, 544

Pide a Dios que en la Iglesia Santa, nuestra Madre, los corazones de todos, como en la primitiva cristiandad, sean un mismo corazón, para que hasta el final de los siglos se cumplan de verdad las palabras de la Escritura: “multitudinis autem credentium erat cor unum et anima una —la multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma”.

—Te hablo muy seriamente: que por ti no se lesione esta unidad santa. ¡Llévalo a tu oración! Forja, 632

Cuídame tu oración diaria por esta intención: que todos los católicos seamos fieles, que nos decidamos a luchar para ser santos.

—¡Es lógico!, ¿qué vamos a desear para los que queremos, para los que están atados a nosotros por la fuerte atadura de la fe? Forja, 925

Ante Jesús Sacramentado —¡cómo me gusta hacer un acto de fe explícita en la presencia real del Señor en la Eucaristía!—, fomentad en vuestros corazones el afán de transmitir, con vuestra oración, un latido lleno de fortaleza que llegue a todos los lugares de la tierra, hasta el último rincón del planeta donde haya un hombre que gaste generosamente su existencia en servicio de Dios y de las almas. Porque, gracias a la inefable realidad de la Comunión de los Santos, somos solidarios —cooperadores, dice San Juan- en la tarea de difundir la verdad y la paz del Señor. Amigos de Dios, 154

Me gustaría que, al considerar todo eso, tomáramos conciencia de nuestra misión de cristianos, volviéramos los ojos hacia la Sagrada Eucaristía, hacia Jesús que, presente entre nosotros, nos ha constituido como miembros suyos: vos estis corpus Christi et membra de membro, vosotros sois el cuerpo de Cristo y miembros unidos a otros miembros. Nuestro Dios ha decidido permanecer en el Sagrario para alimentarnos, para fortalecernos, para divinizarnos, para dar eficacia a nuestra tarea y a nuestro esfuerzo. Jesús es simultáneamente el sembrador, la semilla y el fruto de la siembra: el Pan de vida eterna. Es Cristo que pasa, 151

2. La comunión entre la Iglesia del cielo y la de la tierra

La Iglesia está formada por los discípulos del Señor. Unos peregrinan en la tierra, otros, ya difuntos, se purifican en el purgatorio, mientras otros ya contemplan a Dios porque gozan del cielo.

Pero, ¿cómo se da esta unión entre los distintos miembros de la Iglesia?

De una parte, siempre podemos rezar a Dios por las personas que nos acompañan en nuestro camino hacia el cielo. Esa oración de intercesión expresa también la caridad, el amor fraterno entre los cristianos.

Las personas que están en el cielo no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Su solicitud fraterna ayuda mucho a nuestra debilidad. Además, su ejemplo, nos ayuda a poner la mirada en la meta, la vida eterna en comunión con Cristo.

Por otro lado, la Iglesia peregrina recuerda a los difuntos y ofrece sufragios por ellos, para que se vean librados de sus pecados y puedan ir cuanto antes a la felicidad del cielo. Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor.

En la Santa Misa estamos en comunión con nuestros hermanos “dispersos por el mundo” (Misal Romano, Plegaria Eucarística III) y también con los glorificados en el cielo y los que se purifican para ver en ellos el rostro de Dios. Catecismo de la Iglesia Católica, 954-95913541370-1371

“Durante la Eucaristía confiamos a los difuntos a la misericordia de Dios con un recuerdo sencillo pero lleno de significado. Rezamos para que estén con él en el paraíso, con la esperanza de que un día también nosotros nos encontremos con ellos en este misterio de amor que, si bien no comprendemos plenamente, sabemos que es verdad porque Jesús nos lo ha prometido.

Este recuerdo de rogar por los difuntos está unido también al de rogar por los vivos, que junto con nosotros cada día enfrentan las dificultades de la vida. Todos, vivos y difuntos, estamos en comunión; en esa comunidad de quienes han recibido el bautismo, se han nutrido del Cuerpo de Cristo y hacen parte de la gran familia de Dios”. Papa Francisco, Audiencia 30-11-2016

Meditar con san Josemaría

Hijo: ¡qué bien viviste la Comunión de los Santos, cuando me escribías: "ayer 'sentí' que pedía usted por mí"! Camino, 546

Tendrás más facilidad para cumplir tu deber al pensar en la ayuda que te prestan tus hermanos y en la que dejas de prestarles, si no eres fiel. Camino, 549

“Reza por mí”, le pedí como hago siempre. Y me contestó asombrado: “¿pero es que le pasa algo?” Hube de aclararle que a todos nos sucede o nos ocurre algo en cualquier instante; y le añadí que, cuando falta la oración, “pasan y pesan más cosas". Surco, 479

El que deja de luchar causa un mal a la Iglesia, a su empresa sobrenatural, a sus hermanos, a todas las almas. —Examínate: ¿no puedes poner más vibración de amor a Dios, en tu pelea espiritual? —Yo rezo por ti... y por todos. Haz tú lo mismo. Forja, 107

Todos los cristianos, por la Comunión de los Santos, reciben las gracias de cada Misa, tanto si se celebra ante miles de personas o si ayuda al sacerdote como único asistente un niño, quizá distraído. En cualquier caso, la tierra y el cielo se unen para entonar con los Ángeles del Señor: Sanctus, Sanctus, Sanctus... Es Cristo que pasa, 89

 

 

¿Quiénes fueron los apóstoles de Jesús?

“Hombres corrientes, con defectos, con debilidades. Y, sin embargo, Jesús los llama para ser administradores de la gracia de Dios”, recuerda san Josemaría. Son los doce testigos privilegiados de la Resurrección de Jesús, enviados a hacer “discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

¿Quiénes fueron los apóstoles de Jesús?

26/10/2022

Sumario

1. ¿Qué es un apóstol? 

2. ¿Quiénes fueron los apóstoles de Jesús? 

3. Conoce a los Doce 

4. ¿Sigue habiendo Apóstoles en la actualidad? 


1. ¿Qué es un apóstol?

Un apóstol es un testigo escogido y enviado en misión por el mismo Cristo. Desde el inicio de su ministerio público, Jesús eligió a unos hombres de entre los que le seguían y sobre los que edificaría la Iglesia. A estos hombres los hace partícipes de su misión evangelizadora. Como recoge el evangelista: “Subió Jesús a una montaña y llamó a los que quiso, los cuales se reunieron con él. Designó a doce, a quienes nombró apóstoles, para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar” (Mc, 3, 13-14).

Es muy revelador el hecho de que la misma palabra, en griego apostoloi, significa enviado. Hace referencia a la llamada que hace Jesucristo a los apóstoles para que continúen con su propia misión: anunciar el reino de Dios por todo el mundo. "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Juan 20, 21). Este envío de Cristo tiene carácter universal y orienta la grandeza de la tarea apostólica. “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20).

Textos de san Josemaría para meditar

Aquellos primeros apóstoles —a los que tengo gran devoción y cariño— eran, según los criterios humanos, poca cosa. En cuanto a posición social, con excepción de Mateo, que seguramente se ganaba bien la vida y que dejó todo cuando Jesús se lo pidió, eran pescadores: vivían al día, bregando de noche, para poder lograr el sustento.

Pero la posición social es lo de menos. No eran cultos, ni siquiera muy inteligentes, al menos en lo que se refiere a las realidades sobrenaturales. Incluso los ejemplos y las comparaciones más sencillas les resultaban incomprensibles, y acudían al Maestro: Domine, edissere nobis parabolam, Señor, explícanos la parábola. Cuando Jesús, con una imagen, alude al fermento de los fariseos, entienden que les está recriminando por no haber comprado pan.

Pobres, ignorantes. Y ni siquiera sencillos, llanos. Dentro de su limitación, eran ambiciosos. Muchas veces discuten sobre quién sería el mayor, cuando —según su mentalidad— Cristo instaurase en la tierra el reino definitivo de Israel. Discuten y se acaloran durante ese momento sublime, en el que Jesús está a punto de inmolarse por la humanidad: en la intimidad del Cenáculo.

Fe, poca. El mismo Jesucristo lo dice. Han visto resucitar muertos, curar toda clase de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades, echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe responder prontamente: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Pero es una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres. Y Jesús tiene que contestarle: apártate de mí, Satanás, que me escandalizas, porque no entiendes las cosas de Dios, sino las de los hombres. Pedro razonaba humanamente, comenta San Juan Crisóstomo, y concluía que todo aquello —la Pasión y la Muerte— era indigno de Cristo, reprobable. Por eso, Jesús lo reprende y le dice: no, sufrir no es cosa indigna de mí; tú lo juzgas así porque razonas con ideas carnales, humanas.

Aquellos hombres de poca fe, ¿sobresalían quizá en el amor a Cristo? Sin duda lo amaban, al menos de palabra. A veces se dejan arrebatar por el entusiasmo: vamos y muramos con Él. Pero a la hora de la verdad huirán todos, menos Juan, que de veras amaba con obras. Sólo este adolescente, el más joven de los apóstoles, permanece junto a la Cruz. Los demás no sentían ese amor tan fuerte como la muerte.

Estos eran los Discípulos elegidos por el Señor; así los escoge Cristo; así aparecían antes de que, llenos del Espíritu Santo, se convirtieran en columnas de la Iglesia. Son hombres corrientes, con defectos, con debilidades, con la palabra más larga que las obras. Y, sin embargo, Jesús los llama para hacer de ellos pescadores de hombres, corredentores, administradores de la gracia de Dios (Es Cristo que pasa, 2).

2. ¿Quiénes fueron los apóstoles de Jesús?

En sentido estricto podríamos decir que los apóstoles son los Doce llamados directamente por Jesús, quienes reciben y participan de su misión y son testigos de sus palabras y acciones. En este encargo a los apóstoles, Cristo continúa su ministerio, llegando a decir: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe” (Mt 10, 40; cf. Lc 10, 16). En esto se entiende que les recuerde constantemente que para cumplir su misión necesitan del Hijo. Sin Jesús no pueden hacer nada, “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn, 15, 5). Además, “en el encargo dado a los Apóstoles hay un aspecto intransmisible: ser los testigos elegidos de la Resurrección del Señor y los fundamentos de la Iglesia” (Catecismo, n. 860).

Por otro lado, en los evangelios vemos que no solo los apóstoles siguen a Jesús y son enviados por Él. En una ocasión también envía a otros 72 discípulos: “Designó el Señor a otros 72, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir” (Lc 10, 1). Estos discípulos reciben del Señor la tarea de predicar anunciando el Reino de Dios y curando a los enfermos. En otra ocasión, el Evangelio reconoce a varias mujeres que acompañaron al Señor durante su predicación desde los comienzos hasta el último momento de su vida (cf. Lc 8,2-3; Mt 27,55). Después de la Resurrección, Cristo también las envía, junto a los demás, a predicar el evangelio y hacer “discípulos a todos los pueblos” (Mt 28,19). De este modo se entiende que seguir a Jesús y su consecuente tarea evangelizadora tiene un sentido que no es exclusivo de los Doce, sino de la que todos participamos y tiene que durar hasta el fin de los tiempos (cf. LG, 20).

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He aquí, promete el Señor, que yo enviaré muchos pescadores y pescaré esos peces. Así nos concreta la gran labor: pescar. Se habla o se escribe a veces sobre el mundo, comparándolo a un mar. Y hay verdad en esa comparación. En la vida humana, como en el mar, existen periodos de calma y de borrasca, de tranquilidad y de vientos fuertes. Con frecuencia, las criaturas están nadando en aguas amargas, en medio de olas grandes; caminan entre tormentas, en una triste carrera, aun cuando parece que tienen alegría, aun cuando producen mucho ruido: son carcajadas que quieren encubrir su desaliento, su disgusto, su vida sin caridad y sin comprensión. Se devoran unos a otros, los hombres como los peces.

Es tarea de los hijos de Dios lograr que todos los hombres entren —en libertad— dentro de la red divina, para que se amen. Si somos cristianos, hemos de convertirnos en esos pescadores que describe el profeta Jeremías, con una metáfora que empleó también repetidamente Jesucristo:seguidme, y yo haré que vengáis a ser pescadores de hombres, dice a Pedro y a Andrés (Amigos de Dios, 259).

Los discípulos —escribe San Juan— no conocieron que fuese El. Y Jesús les preguntó: muchachos, ¿tenéis algo que comer?. Esta escena familiar de Cristo, a mí, me hace gozar. ¡Que diga esto Jesucristo, Dios! ¡El, que ya tiene cuerpo glorioso! Echad la red a la derecha y encontraréis. Echaron la red, y ya no podían sacarla por la multitud de peces que había. Ahora entienden. Vuelve a la cabeza de aquellos discípulos lo que, en tantas ocasiones, han escuchado de los labios del Maestro: pescadores de hombres, apóstoles. Y comprenden que todo es posible, porque El es quien dirige la pesca.

Entonces, el discípulo aquel que Jesús amaba se dirige a Pedro: es el Señor. El amor, el amor lo ve de lejos. El amor es el primero que capta esas delicadezas. Aquel Apóstol adolescente, con el firme cariño que siente hacia Jesús, porque quería a Cristo con toda la pureza y toda la ternura de un corazón que no ha estado corrompido nunca, exclamó: ¡es el Señor!

Simón Pedro apenas oyó es el Señor, vistióse la túnica y se echó al mar. Pedro es la fe. Y se lanza al mar, lleno de una audacia de maravilla. Con el amor de Juan y la fe de Pedro, ¿hasta dónde llegaremos nosotros? (Amigos de Dios, 266).

3. Conoce a los Doce Apóstoles

Desde el comienzo del cristianismo, la Iglesia nos ha invitado a recordar a los apóstoles, así como a los mártires y a todos los santos, y a acudir a su intercesión. “Cuando la Iglesia, en el ciclo anual, hace memoria de los mártires y los demás santos proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que padecieron con Cristo y han sido glorificados con Él; propone a los fieles sus ejemplos, que atraen a todos por medio de Cristo al Padre, y por sus méritos implora los beneficios divinos” (Catecismo, de la Iglesia Católica n. 1173). Actualmente, en el calendario litúrgico se fijan las fechas para celebrar la memoria de los Apóstoles.

Los santos Felipe y Santiago (llamado el Menor) se celebran el 3 de mayo. Felipe nació en Betsaida. Primero fue discípulo de Juan Bautista y después siguió a Cristo. Es reconocido por sus palabras “Ven y verás” (Jn 1, 46), con las que invita a Natanael a conocer a Jesús, “de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas” (Jn 1, 45). Según numerosos martirologios, él previamente había predicado el Evangelio en Scizia (Asia Menor) y posteriormente en Lidia y Frigia (Medio Oriente), donde vivió sus últimos años. Santiago, hijo de Alfeo, pariente cercano del Señor, presidió la Iglesia de Jerusalén, donde participó de lo que se reconoce como el primer concilio (cf. Hch 15), y murió martirizado en el año 62. Es considerado el autor de una carta del Nuevo Testamento.

San Matías se celebra el 14 de mayo. Fue elegido por los apóstoles para ocupar el puesto de Judas, como testigo de la resurrección del Señor (cf. Hch 1, 15-26). Según la tradición, predicó primero en Judea y luego en otros países. Los griegos sostienen que evangelizó Capadocia y las costas del Mar Caspio, sufrió persecuciones de parte de los pueblos bárbaros donde misionó y obtuvo la corona del martirio en Cólquida (actualmente ocupa una región de Georgia), en el siglo I.

San Pedro y San Pablo, pilares importantes de la Iglesia, se celebran el 29 de junio. San Pedro fue el apóstol a quien el Señor constituyó como cabeza de la Iglesia y lo conocemos como primer Papa. Predicó principalmente a los judíos y sufrió el martirio en Roma. San Pablo fue llamado por el Señor a su misión apostólica después de su conversión. No es uno de los Doce, pero es conocido como el “apóstol de los gentiles” por mandato de Cristo: “Así nos lo ha mandado el Señor: Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra” (Hch 13, 47). En sus numerosos viajes predicó el Evangelio y fundó comunidades cristianas por el Imperio Romano. Al igual que Pedro, sufrió el martirio en Roma.

Santo Tomás se celebra el 3 de julio. Es conocido por su incredulidad, pero también por sus palabras “¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 28), con las que ha sido el primero en reconocer explícitamente la divinidad de Jesús y que se han acogido en la Liturgia como muestra de fe. Según la tradición, evangelizó la India y sufrió el martirio.

Santiago (llamado el Mayor) se celebra el 25 de julio. Nació en Betsaida, era hijo de Zebedeo y hermano del apóstol Juan. Estuvo presente en los principales milagros obrados por el Señor. Fue condenado a muerte alrededor del año 42. Desde la antigüedad está muy extendida la convicción de que Santiago había predicado el Evangelio en los confines de Occidente. Durante esa predicación, estando en Zaragoza, la Virgen se le aparece y le anima a proseguir sin desánimo. Después de la invasión mahometana, el apóstol Santiago aparece venerado como patrono de España y de sus reinos cristianos. Su sepulcro en Compostela atrae a innumerables peregrinos de toda la cristiandad.

San Bartolomé se celebra el 24 de agosto. Se identifica con Natanael, a quien el apóstol Felipe llevó a Jesús (cf. Jn 1, 45-51). Según la tradición, recogida en el Martirologio Romano y por Eusebio de Cesarea, después de la ascensión del Señor predicó el Evangelio en la India, donde dejó una copia del Evangelio de Mateo en arameo y recibió la corona del martirio. La tradición armenia le atribuye también la predicación del cristianismo en el país caucásico, junto a San Judas Tadeo. Ambos son considerados santos patrones de la Iglesia Apostólica Armenia puesto que fueron los primeros en fundar el cristianismo en Armenia[1].

San Mateo se celebra el 21 de septiembre. Nació en Cafarnaún y cuando Jesús lo llamó ejercía el oficio de recaudador de impuestos (cf. Mt 9, 9). Se reconoce como el autor del evangelio con el que se introduce el Nuevo Testamento. De los cuatro evangelistas, es el que se representa como un hombre. Según la tradición, Mateo predicó en muchos lugares, incluyendo Etiopía, donde murió martirizado.

Los santos Simón y Judas se celebran el 28 de octubre. Judas, por sobrenombre Tadeo, es aquel apóstol que en la última cena preguntó al Señor por qué se manifestaba a sus discípulos y no al mundo (cf. Jn 14, 22). El nombre de Simón figura en undécimo lugar en la lista de los apóstoles. Sabemos que nació en Caná. Según la tradición occidental, tal como aparece en la liturgia romana, se reunió en Mesopotamia con San Simón y ambos predicaron varios años en Persia, donde fueron martirizados.

San Andrés se celebra el 30 de noviembre. Andrés, nacido en Betsaida, fue primeramente discípulo de Juan Bautista, siguió a Cristo y le presentó a su hermano Pedro. Él y Felipe son los que llevaron ante Jesús a unos griegos (cf. Jn 12, 20-22), y el propio Andrés fue el que hizo saber a Cristo que había un muchacho que tenía unos panes y unos peces (cf. Jn 6, 8-9). Según la tradición, después de Pentecostés predicó el Evangelio en muchas regiones, mayormente en Grecia, donde fue crucificado.

San Juan se celebra el 27 de diciembre. Se distingue como “el discípulo amado de Jesús” (cf. Jn 13, 23), fue el único de los Apóstoles que estuvo al pie de la cruz con la Virgen María y otras piadosas mujeres y fue él quien recibió el encargo de tomar bajo su cuidado a la Madre del Redentor (cf. Jn 19, 26). Según la tradición, era el más joven de los doce Apóstoles y fue a evangelizar a Asia Menor. Es el único de los Apóstoles que no fue martirizado y el que murió más tarde (finales del siglo I o principios del II). Es reconocido como el autor del cuarto evangelio del canon, las tres cartas que llevan su nombre y el libro del Apocalipsis. De los cuatro evangelistas, es el que se representa como un águila.

Textos de san Josemaría para meditar

Admirad también el comportamiento de San Pablo. Prisionero por divulgar el enseñamiento de Cristo, no desaprovecha ninguna ocasión para difundir el Evangelio. Ante Festo y Agripa, no duda en declarar: ayudado del auxilio de Dios, he perseverado hasta el día de hoy, testificando la verdad a grandes y pequeños, no predicando otra enseñanza que aquella que Moisés y los profetas predijeron que había de suceder: que Cristo había de padecer, y que sería el primero que resucitaría de entre los muertos, y había de mostrar su luz a este pueblo y a los gentiles.

El Apóstol no calla, no oculta su fe, ni su propaganda apostólica que había motivado el odio de sus perseguidores: sigue anunciando la salvación a todas las gentes. Y, con una audacia maravillosa, se encara con Agripa: ¿crees tú en los profetas? Yo sé que crees en ellos. Cuando Agripa comenta: poco falta para que me persuadas a hacerme cristiano, contestó Pablo: pluguiera a Dios, como deseo, que no solamente faltara poco, sino que no faltara nada, para que tú y todos cuantos me oyen llegaseis a ser hoy tales cual soy yo, salvo estas cadenas.

¿De dónde sacaba San Pablo esta fuerza? Omnia possum in eo qui me confortat!, todo lo puedo, porque sólo Dios me da esta fe, esta esperanza, esta caridad. Me resulta muy difícil creer en la eficacia sobrenatural de un apostolado que no esté apoyado, centrado sólidamente, en una vida de continuo trato con el Señor. En medio del trabajo, sí; en plena casa, o en mitad de la calle, con todos los problemas que cada día surgen, unos más importantes que otros. Allí, no fuera de allí, pero con el corazón en Dios. Y entonces nuestras palabras, nuestras acciones —¡hasta nuestras miserias!— desprenderán ese bonus odor Christi, el buen olor de Cristo, que los demás hombres necesariamente advertirán: he aquí un cristiano (Amigos de Dios, 270 - 271).

4. ¿Sigue habiendo Apóstoles en la actualidad?

El colegio apostólico, modo de referirnos a los Apóstoles en su conjunto, culmina con la muerte del último de ellos. Sin embargo, los Apóstoles cuidaron de establecer sucesores que continuaran la misión que Cristo les confió hasta el fin del mundo (cf. Lumen gentium, 20). Ejemplos de esto los vemos en las cartas de San Pablo. Timoteo y Tito fueron instituidos como obispos de Éfeso y Creta. “Del mismo modo que al inicio de la condición de apóstol hay una llamada y un envío del Resucitado, así también la sucesiva llamada y envío de otros se realizará, con la fuerza del Espíritu, por obra de quienes ya han sido constituidos en el ministerio apostólico. Este es el camino por el que continuará ese ministerio, que luego, desde la segunda generación, se llamará ministerio episcopal” (Benedicto XVI, audiencia 10-V-2006). Así, los que son ordenados obispos conservan lo que llamamos la sucesión apostólica, continuación de los Apóstoles en el tiempo de la Iglesia.

Lo que caracteriza a los Apóstoles es principalmente la tarea pastoral de predicación, gobierno y administración de sacramentos, además de haber sido testigos oculares de la vida de Cristo (cf. 2P 1, 16). Los obispos, aunque no han sido testigos oculares de la vida de Cristo, heredan de los Apóstoles las tareas pastorales. “Así, la sucesión en la función episcopal se presenta como continuidad del ministerio apostólico, garantía de la perseverancia en la Tradición apostólica, palabra y vida, que nos ha encomendado el Señor. (...) Es Cristo quien llega a nosotros: en la palabra de los Apóstoles y de sus sucesores es él quien nos habla; mediante sus manos es él quien actúa en los sacramentos; en la mirada de ellos es su mirada la que nos envuelve y nos hace sentir amados, acogidos en el corazón de Dios” (Benedicto XVI, audiencia 10-V-2006).

Por otra parte, además de los obispos, todos los cristianos participan del envío de los apóstoles, de la misión apostólica. “Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es "enviada" al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío” (Catecismo, 863). En efecto, ser cristiano implica hacer propia la vida misma de Cristo (cf. Gal 2, 20), quien vino para acercar a todos a la verdad (cf. Jn 18, 37). “Enamorados de Cristo, los jóvenes están llamados a dar testimonio del Evangelio en todas partes, con su propia vida” (Papa Francisco, Christus Vivit, n. 175). Por lo tanto, el seguimiento de Cristo es ya una acogida de la misión apostólica: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio a todo lo creado” (Mc 16, 15). Como ha señalado Benedicto XVI, a todos los cristianos nos corresponde “congregar a los pueblos en la unidad de su amor. Esta es nuestra esperanza y este es también nuestro mandato: contribuir a esta universalidad, a esta verdadera unidad en la riqueza de las culturas, en comunión con nuestro verdadero Señor Jesucristo” (Audiencia 22-III-2006).

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Si admitieras la tentación de preguntarte, ¿quién me manda a mí meterme en esto?, habría de contestarte: te lo manda —te lo pide— el mismo Cristo. La mies es mucha, y los obreros son pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe operarios a su mies. No concluyas cómodamente: yo para esto no sirvo, para esto ya hay otros; esas tareas me resultan extrañas. No, para esto, no hay otros; si tú pudieras decir eso, todos podrían decir lo mismo. El ruego de Cristo se dirige a todos y a cada uno de los cristianos. Nadie está dispensado: ni por razones de edad, ni de salud, ni de ocupación. No existen excusas de ningún género. O producimos frutos de apostolado, o nuestra fe será estéril (Amigos de Dios, 272).

Estamos contemplando el misterio de la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica. Es hora de preguntarnos: ¿comparto con Cristo su afán de almas? ¿Pido por esta Iglesia, de la que formo parte, en la que he de realizar una misión específica, que ningún otro puede hacer por mí? Estar en la Iglesia es ya mucho: pero no basta. Debemos ser Iglesia, porque nuestra Madre nunca ha de resultarnos extraña, exterior, ajena a nuestros más hondos pensamientos.

Acabamos aquí estas consideraciones sobre las notas de la Iglesia. Con la ayuda del Señor, habrán quedado impresas en nuestra alma y nos confirmaremos en un criterio claro, seguro, divino, para amar más a esta Madre Santa, que nos ha traído a la vida de la gracia y nos alimenta día a día con solicitud inagotable. (Amar a la Iglesia, 33)

[1] San Bartolomé APÓSTOL - 24 de agostoPrimeros Cristianos. (2018, agosto 23)


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La Belleza de la Liturgia (16). A la caza del salmón

Escrito por José Martínez Colín.

El papa Francisco nos exhorta a conocer el sentido de la liturgia para poder participar vivamente y de un modo más fructífero.

1) Para saber

Hace poco un amigo me recordó la manera en que los osos esperan su comida en medio del río. Los salmones vienen nadando contra corriente remontando el río, y al encontrarse con una pendiente cuesta arriba, si quieren remontarla, no les queda otra que saltar saliendo a la superficie un momento. Los osos están metidos en el río en la parte de arriba esperando ese momento en que saltan los salmones a la superficie para atraparlos con el hocico y darse su festín.

Guardando las debidas proporciones, así como el oso está a la espera en cualquier momento para aprovecharlo, así podría estar el fiel que acude a una ceremonia litúrgica para aprovechar la gracia que nos viene de Dios. Si está distraído no aprovechará esos bienes, se les escaparán: puede ser una oración, un acto de contrición, una bendición, etc. El papa Francisco nos exhorta a conocer el sentido de la liturgia para poder participar vivamente y de un modo más fructífero. Se nos facilitará, dice, si comprendemos mejor los textos eucológicos. Pero, ¿qué es la eucología? Veamos.

2) Para pensar

Eucología tiene sus raíces de dos palabras griegas: euché, que significa “oración” y logos que se entiende como discurso, palabra, tratado… Así, eucología es el tratado que estudia las oraciones y las leyes que rigen su formulación.

También se puede entender la eucología como el conjunto de oraciones contenidas en el formulario litúrgico. Al conjunto de esos textos se llama depósito eucológico. La Eucología suele dividirse en dos: la mayor y la menor. A la Eucología menor le pertenece el conjunto de las oraciones simples, por ejemplo, la oración colecta o la oración sobre las ofrendas, la oración después de la comunión. A la Eucología mayor le pertenecen las oraciones más complejas como la plegaria eucarística, el prefacio, etc.

3) Para vivir

En una celebración litúrgica importa comprender, por ejemplo, a quién nos estamos dirigiendo. Podríamos decir que a Dios, pero la Iglesia nos lleva a distinguir a qué Persona divina en concreto. Por ejemplo, si nos fijamos en la oración colecta, veremos que siempre está dirigida a Dios Padre, y termina acudiendo a la intercesión de Jesucristo: “Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos”. Distinguimos a las distintas Personas de la Santísima Trinidad. No se trata solo de dirigir la oración a Dios, sino a una de las Personas (el Padre) y luego pedimos la intercesión de la otra (el Hijo). Así, la Liturgia nos lleva a tratar a cada una de las Personas divinas. En nuestra vida de oración, también podemos distinguir a cada una de las Personas divinas.

Nos dice san Josemaría: “El corazón necesita, entonces, distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo…” (Amigos de Dios, n.306).

 

 

Un fraile contra Dios

Escrito por La hija de Cortés.

“Lutero, con su perverso sistema de someter la palabra de Dios al examen y juicio de cada uno, hizo más daño a la religión católica que todos los herejes de la época pasada”.

El 31 de octubre de 1517 Martín Lutero hizo públicas sus 95 tesis en Wittenberg (Alemania), produciendo el cisma más doloroso, sangriento y dañino que ha sufrido la iglesia católica. Los muchos mitos que se han difundido sobre este hecho, gracias a la falsa propaganda que el mismo Lutero se encargó de difundir (brillantemente, hay que decirlo) y que los enemigos de la iglesia siguieron manteniendo y difundiendo durante los siguientes siglos, ha conseguido que exista una impresión generalizada de que Lutero “hizo un favor”, a la civilización cristiana con su mal llamada Reforma. Sin embargo, Lutero, en sus escritos nos descubre su verdadero rostro, muy alejado del “gran reformista”.

Y es que acuerdo con la propaganda protestante, Lutero fue un fraile noble y puro que, asqueado por la corrupción, especialmente la relacionada a la venta de indulgencias y a la acumulación de riquezas del Papado, deseo renovar y reformar la iglesia. Lo cierto, es que la falsa iglesia fundada por Lutero, con el respaldo de los príncipes alemanes, nació y creció a la sombra de la corrupción, el apego al dinero, al poder y a los placeres mundanos. Lutero mismo convirtió su convento (antiguo Castillo de Wittemberg) en su lujosa casa particular donde vivió junto a “su mujer” (la monja Catalina Bora) y sus hijos. Lutero mismo confiesa en sus escritos: “Entre nosotros, la vida es mala, como entre los papistas; pero no les acusamos de inmoralidad, sino de errores doctrinales”. Porque no fue la corrupción de la jerarquía sino la sana doctrina lo que Lutero tanto atacó: “Yo no impugno las malas costumbres, sino las doctrinas impías”.

Lutero era martirizado por sus terribles escrúpulos. Cito: “…y no amaba, incluso detestaba a Dios como justo y castigador de los pecadores; me indignaba secretamente, si no hasta la blasfemia, al menos con un inmenso resentimiento respecto a Dios”. Esto, aunado a su débil carácter y tendencia hacia los placeres, lo llevó a negar el libre albedrío refugiándose en una visión fatalista de un hombre cuya naturaleza, está tan corrompida, que no puede más que pecar: “Peca y peca fuertemente, pero confíate a Cristo (…) y de Él no nos apartará el pecado, aún si fornicamos y asesinamos miles de veces en un solo día”.

Además, partiendo de la corrupción total del hombre por el pecado original, afirmó que la razón (“la gran ramera”) está tan nublada que es: “como subir un hombre borracho a un caballo; lo subes por un lado, y se cae por el otro”. También afirmó que, debido a que el hombre no es dueño de su voluntad, las obras tanto buenas como malas no contribuyen ni a la salvación ni a la condenación del hombre: “El hombre no posee un libre albedrío, sino que es un cautivo, un sometido y siervo ya sea de la voluntad de Dios, o la de Satanás”. De ahí que afirmara que, para la salvación, basta con tener fe: “sola fide”.

Lutero, quien expresara: “He venido a echar fuego en la tierra”, mandó matar “como a perros rabiosos” a miles de campesinos que, siguiendo su doctrina se rebelaron contra “sus señores”. Además, provocó fanáticas persecuciones entre las que desatacó el asesinato masivo de brujas y hechiceros, así como los linchamientos populares que tuvieron lugar en tierras protestantes debido a la anarquía reinante. Asimismo, contra de la tan cacareada tolerancia protestante, impuso las conversiones forzosas, encontrando, quienes resistieron, no pocas veces la muerte y siempre, tiránicas leyes de discriminación. Y es que Lutero fue un hereje de una soberbia satánica: “Yo, el doctor Lutero (…) hablando en nombre del Espíritu Santo” (…) “No admito que mi doctrina pueda juzgarla nadie, ni aun los ángeles. Quien no escuche mi doctrina no puede salvarse”.

Sin lugar a duda, uno de los daños más grandes que ocasionó Lutero, fue el colocar el libre examen por encima de la autoridad de la iglesia, y por ende de Dios. Como expresó brillantemente Kierkegaard: “Lutero fue el hombre más plebeyo que jamás haya existido; pues, sacando al Papa de su trono, puso en su lugar a la opinión pública”. De ahí que cada uno puede interpretar las escrituras siguiendo su propia inspiración. También de esto se llegó a lamentar: “¿Cuántos maestros distintos surgirán en el siglo próximo? La confusión llegará al colmo”. Así fue. Debido a la Reforma Protestante, en 1600, había más de 100 sectas diferentes. En 1900, ya eran 1000. En 1981, más de 20,700. Hoy, existen más de 33.800 sectas originadas de la fractura que originara el protestantismo, al Cuerpo Místico de Cristo.

Un dato poco conocido es que, al parecer, Lutero no murió de muerte natural, sino que se suicidó. Algunos de los que prestaron su testimonio al respecto fueron; De Coster (médico que lo examinó a su muerte), Ambrosio Kudtfeld (hombre de confianza de Lutero) el sacerdote Bozio, quien afirmó que un doméstico indicó que su señor fue encontrado ahorcado de las columnas de su lecho; lo que también afirmó el doctor Géorges Claudin, entre otros. Y es que, a medida que avanzaba la llamada reforma, se hacían evidentes los daños que había causado su rebelión lo que le llevó a escribir: “Le asusta a uno ver cómo donde en un tiempo todo era tranquilidad e imperaba la paz, ahora hay dondequiera sectas y facciones: una abominación que inspira lástima (…) Me veo obligado a confesarlo: mi doctrina ha producido muchos escándalos. Sí; no lo puedo negar; estas cosas frecuentemente me aterran”. Lutero preveía desastres mayores y como sabemos, en eso, no se equivocó.

Como vemos, el hombre real está muy lejos de la imagen idílica creada por el protestantismo, culpable de romper y ensangrentar la Cristiandad debido a sus grandes errores. De hecho, Lutero fue invitado a exponer sus argumentos por el mismo Carlos V, sin que el primero se retractara de uno solo de sus cuarenta y un errores, los cuales fueron condenados por el Papa León X. Parafraseando a Carlos V; un solo fraile contra Dios, errado en su opinión contra toda la Cristiandad, fue capaz, apoyado por los enemigos de la iglesia, de causar una profunda herida que, siglos más tarde sigue sangrando a través de los muchos errores que, desafortunadamente, se han ido infiltrado, sutil más firmemente, entre los mismos católicos. (De esto hablaremos en la siguiente entrega).

Termino con una frase de San Juan Bosco: “Lutero, con su perverso sistema de someter la palabra de Dios al examen y juicio de cada uno, hizo más daño a la religión católica que todos los herejes de la época pasada; para que se pueda llamar a este apóstata, el primer precursor del Anticristo”.

 

 

La santidad es posible en nuestros días. Eduquemos a nuestros hijos para que deseen ser santos

Escrito por Silvia del Valle Márquez.

Si nuestras obras están basadas en el Amor, seguro serán obras buenas y no tendrán cabida los malos sentimientos o pensamientos.

La sociedad actual nos quiere quitar del panorama este tema, ya que así pueden imponernos sus ideas sin que nosotros opongamos resistencia, pero es bueno hacer conciencia de que la santidad es alcanzable, a pesar de las circunstancias que estemos viviendo.

El papa Francisco nos lo hace ver en su Exhortación Gaudete et exsultate, sobre el llamado a la santidad en el mundo actual, cuando nos dice que el mundo necesita santos de jeans y tenis, santos en la vida cotidiana, santos sencillos que estén dispuestos a dar testimonio de Cristo en este mundo actual.

“Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad ‘de la puerta de al lado’, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, ‘la clase media de la santidad’”.

Por eso es super importante que eduquemos a nuestros hijos para que deseen la santidad y para eso te dejo mis 5Tips para lograrlo.

PRIMERO. Que todos tengan claro en qué consiste la santidad.
Y es que a veces nos complicamos buscando definiciones muy complicadas cuando ser santo no es otra cosa más que ser bienaventurado, dichoso, feliz; y lo logramos cuando hacemos la Voluntad de Dios tomándola como propia.

Por esto cada uno tenemos diferentes oportunidades de vivir la santidad, los pequeños obedeciendo a papá y mamá, no peleando con los hermanos, prestando sus juguetes, etc.; los que son más grandes no haciendo maldades, no discutiendo con los papás y no renegando de lo que se les pide, entre otras cosas; y los adultos cumpliendo nuestros deberes alegremente y con la intención de darle gloria a Dios con lo que hacemos.

Viéndolo así no es tan difícil ser santo, solo hay que poner todo nuestro empeño en lograrlo y aprender a dejar el resto en las manos de Dios, acompañando este proceso de la oración.

Y esto es precisamente lo que debemos comunicar a nuestros hijos, sí con palabras, pero sobre todo con nuestro testimonio de lo que Dios va haciendo de nuestras vidas y viviendo con gran alegría y repartiendo amor.

SEGUNDO. Que tengan acceso a vidas de santos según su edad.
Nadie ama lo que no conoce, es por eso que es muy recomendable dar a conocer a nuestros hijos vidas de personas, de carne y huesos, que ya han alcanzado la santidad para que identifiquen las virtudes que vivieron de forma heroica y las puedan tener como modelo a seguir.

Para los pequeños existen películas, cuentos y hasta cápsulas animadas para que vayan conociendo poco a poco más vidas de santos. Y para los más grandes hay novelas excelentes que pueden leer nuestros hijos.

TERCERO. Que su mejor herramienta sea la oración,
Es importante tener claro que podemos ayudarnos de la oración, ya que nos dispone a hacer las cosas que le agradan a Dios porque nos pone en comunicación con Él.

La oración es ese diálogo amoroso que tenemos con Dios que puede ser por medio de fórmulas ya establecidas o con una sencilla conversación a lo largo de nuestros días.

La oración personal es importante, pero la oración familiar lo es más, ya que la familia que reza unida permanece unida y se acompaña en el camino a la santidad.

Es muy bueno definir algunas devociones, tanto familiares como personales, para que las practiquemos y las hagamos nuestras.

CUARTO. Que practiquen las obras de misericordia.
No podemos entender la santidad sin obras, por esto tenemos las obras de misericordia que ya están establecidas por la Iglesia que nos ayudan a actuar bien, pero podemos también realizar obras que ayuden a los que nos rodean y que sepamos que son necesarias en nuestra comunidad o familia.

La idea es que algún día, no muy lejano, lleguemos a tener los sentimientos de Cristo y que podamos hacer con los que nos rodean lo que Él hubiera hecho.

Es así que podríamos acostumbrar a nuestros hijos desde pequeños a realizar obras de misericordia a lo largo del día y después ir a darle gracias a Dios por la oportunidad que nos ha dado de servir a nuestros hermanos y compartir el Amor que Dios nos tiene.

Y QUINTO. La caridad es el pilar de la santidad.
¡Claro! El Amor de Dios es la base de la santidad, porque el que tiene lleno el corazón de Amor, solo lo puede compartir con los que le rodean y no tiene límites, ya que el Amor de Dios tampoco los tiene.

Por lo tanto, el Amor debe ser la base de nuestra vida y también nuestra brújula, para que podamos movernos y actuar conforme al Amor que Dios nos tiene y así compartirlos con los demás.

Si nuestras obras están basadas en el Amor, seguro serán obras buenas y no tendrán cabida los malos sentimientos o pensamientos.

Nuestros hijos pueden comenzar a tratar a todos con Amor, en familia, contestando con amor, buscando hacer sus deberes con amor, ofreciendo ayuda con amor y de esta forma todo será más sencillo.

Si todos buscamos dar Amor entonces no habrá pleitos porque cada uno buscará hacer lo mejor para el otro sin importar que deba sacrificar un poco de lo que es bueno para sí mismo.

Es así que la verdadera santidad está en hacer de manera extraordinaria las cosas ordinarias de la vida cotidiana, siempre llenas de Amor y buscando el bien del prójimo, tal como lo hace Jesús con nosotros.

 

 

Laicidad positiva: ni clericalismo ni cesarismo

 

Escrito por Pablo Cabellos

Publicado: 23 Octubre 2022

 

Artículo de Pablo Cabellos, publicado en Las Provincias, en el que propone una laicidad positiva y procura explicar los conceptos de clericalismo y cesarismo.

Diversos asuntos actuales motivan mi interés por el tema señalado en el título. Confío que en su decurso aparezcan claramente. Ambas cuestiones –clericalismo y cesarismo– vienen a coincidir en la no feliz idea de ocuparse en lo que no corresponde.

No solamente cuando la vida cristiana es invadida por la civil; también se hallan estas tentaciones en el interior de ambas sociedades. Por ejemplo, existe clericalismo en el seno de la Iglesia cuando se ningunea al laico en algún aspecto de su vida: su aporte profesional, la posibilidad de ser santo, igual que cualquiera, el cumplimiento fiel del fin de la Iglesia, etc.

Recientemente ha sucedido una sonada dimisión por la transmisión no verdadera del pensamiento del Papa Emérito. ¿Qué no se podrá hacer con un pastor de las Alpujarras?, llamado a la santidad proclamada por el Vaticano II tal que a cualquier creyente, convocados todos a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, como afirma documento conciliar.

También en la sociedad civil –particularmente en la política– existe el cesarismo al imponer un tipo de pensamiento totalitario, ignorando a muchos ciudadanos con tendencias distintas para los que también existe la libertad. Actualmente, es más frecuente esta forma de presión, donde gobiernan partidos que se creen posesores de la verdad y con derecho absoluto a imponerla.

Es comprensible, porque es su talante para observar la vida. Trato de comprenderlos de veras. Agradecería el esfuerzo de discernimiento que harán para entender a los demás. La necesaria política partidista tiene este juego: el ganador se suele suponer con derecho a aplicar su programa al pie de la letra. Es frecuente el olvido de que han de gobernar para todos, también por los pensantes de modo distinto.

Igualmente hay un cierto problema de nomenclatura: es frecuente que se señale consagrado a quien ha hecho dedicación total de su vida al Señor, siendo así que habitualmente ese nombre se reservaba a la vida de los religiosos o asimilados.

Una cuestión aparentemente baladí, pero que podría dar lugar a equívocos, por ejemplo, ante el esperanzador Sínodo de los jóvenes y la vocación. No hemos de olvidar que varias instituciones abandonaron otras vías jurídicas para salvar este inconveniente, incluso en algunos casos yendo a las Asociaciones de Fieles. Eso es, a título de ejemplo, lo que sucedió con la Fundación de don Pedro Poveda: la Institución Teresiana. Me honro de haber sido alumno de María Ángeles Galino, perteneciente a la Fundación de Poveda y primera mujer Catedrático en España.

La principal Constitución del último Concilio enseña que el carácter secular es propio y peculiar de los laicos, a quienes corresponde –añade– por propia vocación tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Me refiero asimismo a las entidades que desean vivir su secularidad en distintos modos jurídicos.

Para los miembros de la Prelatura que, con actitud laudable, colaboran con sus parroquias, Monseñor Ocáriz ha escrito lo siguiente: todos los fieles del Opus Dei están llamados a rezar y a tratar con cercanía y veneración a los obispos y a los sacerdotes de su ámbito geográfico, y a colaborar con ellos en la medida de sus posibilidades: siempre que sea coherente con la santificación de su trabajo profesional y de sus deberes familiares. También: «Será bueno seguir aprovechando las oportunidades de animar a algunos fieles de la Prelatura, Cooperadores y gente joven, a ofrecerse para colaborar, con plena libertad y responsabilidad personales, en catequesis, cursos prematrimoniales, labores sociales, en las parroquias u otros lugares que lo necesiten, siempre que se trate de servicios acordes con su condición secular y mentalidad laical, y sin que en eso dependan para nada de la autoridad de la Prelatura».

Todo esto puede advertir del empeño de algunas realidades en la Iglesia por volcar la libre participación de sus miembros en la sociedad por cauces civiles, no confesionales, seculares, de la vida humana. En la homilía del Campus de la Universidad de Navarra, predicaba San Josemaría en 1967: debéis comprender ahora –con una nueva claridad– que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia, y en todo el inmenso panorama del trabajo. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. Naturalmente, respetaba otras opciones.

Es evidente la elección de quienes siguen este camino: aunque quizá sea difícil de entender para algunos. No acudir habitualmente a la formación que se imparte –sin duda, buenísima– en formas con el apellido de católicas o erigidas por la legítima autoridad de la Iglesia. Para reafirmar esa actitud, siempre he oído decir que su sitio es la calle, como lo es para la citada Institución Teresiana y para otras entidades, que no desean el paraguas católico, para servir a la Fe sin comprometer a la Iglesia y no saliendo del propio terreno.

Pablo Cabellos

 

La devoción a los difuntos en el cristianismo primitivo

Mes de noviembre

“Estos que visten estolas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido…? Éstos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus estolas y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, y le adoran día y noche en su templo.
(Apocalipsis 7,13-15)

 

Honor y respeto a los difuntos

La Iglesia Católica, ya desde la época de los primeros cristianos, siempre ha rodeado a los muertos de una atmósfera de respeto sagrado. Esto y las honras fúnebres que siempre les ha tributado permiten hablar de un cierto culto a los difuntos: culto no en el sentido teológico estricto, sino entendido como un amplio honor y respeto sagrados hacia los difuntos por parte de quienes tienen fe en la resurrección de la carne y en la vida futura.

El cristianismo en sus primeros siglos no rechazó el culto para con los difuntos de las antiguas civilizaciones, sino que lo consolidó, previa purificación, dándole su verdadero sentido trascendente, a la luz del conocimiento de la inmortalidad del alma y del dogma de la resurrección; puesto que el cuerpo —que durante la vida es “templo del Espíritu Santo” y “miembro de Cristo” (1 Cor 6,15-9) y cuyo destino definitivo es la transformación espiritual en la resurrección— siempre ha sido, a los ojos de los cristianos, tan digno de respeto y veneración como las cosas más santas.

Este respeto  se ha manifestado, en primer lugar, en el modo mismo de enterrar los cadáveres.

 

 

Vemos, en efecto, que a imitación de lo que hicieron con el Señor José de Arimatea, Nicodemo y las piadosas mujeres, los cadáveres eran con frecuencia lavados, ungidos, envueltos en vendas impregnadas en aromas, y así colocados cuidadosamente en el sepulcro.

En las actas del martirio de San Pancracio se dice que el santo mártir fue enterrado “después de ser ungido con perfumes y envuelto en riquísimos lienzos”; y el cuerpo de Santa Cecilia apareció en 1599, al ser abierta el arca de ciprés que lo encerraba, vestido con riquísimas ropas.

Pero no sólo esta esmerada preparación del cadáver es un signo de la piedad y culto profesados por los cristianos a los difuntos, también la sepultura material es una expresión elocuente de estos mismos sentimientos. Esto se ve claro especialmente en la veneración que desde la época de los primeros cristianos se profesó hacia los sepulcros: se esparcían flores sobre ellos y se hacían libaciones de perfumes sobre las tumbas de los seres queridos.

 

Las catacumbas

En la primera mitad del siglo segundo, después de tener algunas concesiones y donaciones,los cristianos empezaron a enterrar a sus muertos bajo tierra. Y así comenzaron las catacumbas. Muchas de ellas se excavaron y se ampliaron alrededor de los sepulcros de familias cuyos propietarios, recién convertidos, no los reservaron sólo para los suyos, sino que los abrieron a sus hermanos en la fe.

Andando el tiempo, las áreas funerarias se ensancharon, a veces por iniciativa de la misma Iglesia. Es típico el caso de las catacumbas de San Calixto: la Iglesia asumió directamente su administración y organización, con carácter comunitario.

 

 

Con el edicto de Milán, promulgado por los emperadores Constantino y Licinio en febrero del año 313, los cristianos dejaron de sufrir persecución.

Podían profesar su fe libremente, construir lugares de culto e iglesias dentro y fuera de las murallas de la ciudad y comprar lotes de tierra sin peligro de que se les confiscasen.

Sin embargo, las catacumbas siguieron funcionando como cementerios regulares hasta el principio del siglo V, cuando la Iglesia volvió a enterrar exclusivamente en la superficie y en las basílicas dedicadas a mártires importantes.

Pero la veneración de los fieles se centró de modo particular en las tumbas de los mártires; en realidad fue en torno a ellas donde nació el culto a los santos. Sin embargo, este culto especialísimo a los mártires no suprimió la veneración profesada a los muertos en general. Más bien podría decirse que, de alguna manera, quedó realzada.

En efecto: en la mente de los primeros cristianos, el mártir, víctima de su fidelidad inquebrantable a Cristo, formaba parte de las filas de los amigos de Dios, de cuya visión beatifica gozaba desde el momento mismo de su muerte: ¿qué mejores protectores que estos amigos de Dios?

Los fieles así lo entendieron y tuvieron siempre como un altísimo honor el reposar después de su muerte cerca del cuerpo de algunos de estos mártires, hecho que recibió el nombre de sepultura ad sanctos.Por su parte, los vivos estaban también convencidos de que ningún homenaje hacia sus difuntos podía equipararse al de enterrarlos al abrigo de la protección de los mártires.

Consideraban que con ello quedaba asegurada no sólo la inviolabilidad del sepulcro y la garantía del reposo del difunto, sino también una mayor y más eficaz intercesión y ayuda del santo.Así fue como las basílicas e iglesias, en general, llegaron a constituirse en verdaderos cementerios, lo que pronto obligó a las autoridades eclesiásticas a poner un límite a las sepulturas en las mismas.

 

Funerales y sepultura

Pero esto en nada afectó al sentimiento de profundo respeto y veneración que la Iglesia profesaba y siguió profesando a sus hijos difuntos. De ahí que a pesar de las prohibiciones a que se vio obligada para evitar abusos, permaneció firme en su voluntad de honrarlos.

 

 

Y así se estableció que, antes de ser enterrado, el cadáver fuese llevado a la Iglesia y, colocado delante del altar, fuese celebrada la Santa Misa en sufragio suyo. Esta práctica, ya casi común hacia finales del s. IV y de la que San Agustín nos da un testimonio claro al relatar los funerales de su madre Santa Mónica en sus Confesiones, se ha mantenido hasta nuestros días.

San Agustín también explicaba a los cristianos de sus días cómo los honores externos no reportarían ningún beneficio ni honra a los muertos si no iban acompañados de los honores espirituales de la oración: “Sin estas oraciones, inspiradas en la fe y la piedad hacia los difuntos, creo que de nada serviría a sus almas el que sus cuerpos privados de vida fuesen depositados en un lugar santo. Siendo así, convenzámonos de que sólo podemos favorecer a los difuntos si ofrecemos por ellos el sacrificio del altar, de la plegaria o de la limosna” (De cura pro mortuis gerenda, 3 y 4).

Comprendiéndolo así, la Iglesia, que siempre tuvo la preocupación de dar digna sepultura a los cadáveres de sus hijos, brindó para honrarlos lo mejor de sus depósitos espirituales. Depositaria de los méritos redentores de Cristo, quiso aplicárselos a sus difuntos, tomando por práctica ofrecer en determinados días sobre sus tumbas lo que tan hermosamente llamó San Agustín sacrificium pretii nostri, el sacrifico de nuestro rescate.

Ya en tiempos de San Ignacio de Antioquia y de San Policarpo se habla de esto como de algo fundado en la tradición. Pero también aquí el uso degeneró en abuso, y la autoridad eclesiástica hubo de intervenir para atajarlo y reducirlo. Así se determinó que la Misa sólo se celebrase sobre los sepulcros de los mártires.

 

Los difuntos en la liturgia

Por otra parte, ya desde el s. III es cosa común a todas las liturgias la memoria de los difuntos. Es decir, que además de algunas Misas especiales que se ofrecían por ellos junto a las tumbas, en todas las demás sinaxis eucarísticas se hacía, como se sigue haciendo todavía, memoria —memento— de los difuntos.

 

Este mismo espíritu de afecto y ternura alienta a todas las oraciones y ceremonias del maravilloso rito de las exequias. La Iglesia hoyen día recuerda de manera especial a sus hijos difuntos durante el mes de noviembre, en el que destacan la “Conmemoración de todos los Fieles Difuntos”, el día 2 de noviembre, especialmente dedicada a su recuerdo y el sufragio por sus almas; y la “Festividad de todos los Santos”, el día 1 de ese mes, en que se celebra la llegada al cielo de todos aquellos santos que, sin haber adquirido fama por su santidad en esta vida, alcanzaron el premio eterno, entre los que se encuentran la inmensa mayoría de los primeros cristianos.

 

 

Estamos a tiempo de prevenir

Tiene razón la Comunidad de Madrid cuando dice que no existe “un problema generalizado” con las bandas juveniles, pero eso no significa que no empiece a extenderse la preocupación ante el goteo de casos violentos. La buena noticia es que España está a tiempo de actuar y prevenir. Hace algo más de 20 años la sociedad española reaccionó de forma admirable ante la súbita llegada de un volumen desconocido hasta entonces de población migrante, atraída por el boom económico y la necesidad de mano de obra.

Ahora toca hacer frente al problema del insuficiente arraigo de jóvenes con padres que carecen del tiempo o de la red de apoyo de la que sí disponen otras familias. Ese es el déficit que suplen las bandas juveniles, proporcionando a esos jóvenes un sentido de pertenencia e identidad. El componente delictivo, aunque preocupante, es secundario, según muestra la experiencia y la investigación en otros países que han afrontado ya este fenómeno.

JD Mez Madrid

 

Nada de reducir gastos

España sigue endeudándose. Con esos Presupuestos 2023, todavía más. ¿Alguien adivina quién pagará esa deuda creciente? Nosotros, los que ahora parcialmente se muestran felices ante esos anuncios.

Hay que destacar lo de los “anuncios”, porque un presupuesto es una previsión, no una rendición de cuentas. Habrá que ver en qué se concretan, cómo se articulan, analizando lo aprobado finalmente y los resultados de 2023. Del dicho al hecho, y más en los políticos  - y todavía más en boca de este Gobierno -, hay un largo trecho.

El papel aguanta todo. ¿Por qué 100 euros al mes por cada hijo menor de 3 años, y no 200 euros, puestos a engordar todavía más unos presupuestos tan sociales? Un Gobierno que aprueba que todos paguemos en  la Sanidad púbica los abortos ahora se nos muestra con esta medida inquieto ante la baja natalidad.

Nada de reducir gastos, reducir Ministerios, plantearse la no-viabilidad de un buen número de aeropuertos de AENA. Un Gobierno prisionero, sectario, que busca a toda costa seguir gobernando, pretende que nos creamos que es social. Es para temblar.

José Morales Martín

 

 

El agua y los humanos

En los últimos tiempos es frecuente que ciertos medios desarrollen programas por radio y TV para analizar uno de los problemas más acuciantes que padecemos, especialmente en España: la sequía. Recuerdo que la sequía es un fenómeno natural que se repite de manera cíclica en nuestro país, condicionado por nuestra ubicación geográfica, no obstante parece que en los últimos años se ha acentuado debido al cambio climático. Aunque subsiste el debate sobre el origen del calentamiento global, es evidente la sobreexplotación de la naturaleza y la contaminación de tierra, mar y aire, como resultado del descuido y la irresponsabilidad del hombre. A este tema dedicó el Papa Francisco su encíclica "Laudato Si", que alertó al mundo sobre la urgencia de una renovada responsabilidad en el cuidado de nuestra "casa común".

Jesús Domingo Martínez

 

 

Quieren seguir profundizando

Casi a diario recibimos noticias que nos informan de algunos hechos acaecidos en algún rincón del mundo en el que la Iglesia Una, Santa Católica y Apostólica, fundada por Nuestro Señor Jesucristo, lleva adelante la misión que tan encarecidamente, le encargó su Fundador: Predicar el Evangelio, perdonar los pecados, bautizar a los que se arrepienten y anhelan ser hijos de Dios en la Iglesia.

Abundan las noticias de persecuciones, de maltratos a los templos, de comentarios soeces sobre las Verdades que predica, etc., etc,; y también del mal vivir de algunos sacerdotes bendiciendo las uniones homosexuales, o abusando ellos mismos de menores, etc.

A la vez, van aumentando las noticias de reacciones muy positivas. Católicos  que quieren no sólo conservar toda la doctrina recibida de Cristo y transmitida por los Apóstoles y por los Papas a través de los siglos, sino también seguir profundizando en la maravillosa riqueza de nuestra Fe, tomando conciencia de ser hijos de Dios en Cristo Jesús, y descubriendo cada día con más profundidad la riqueza de los Sacramentos, la vida de Cristo en nosotros, y la acción del Espíritu Santo en nuestras almas, que nos lleva, de verdad, a amar a los demás como los ama Cristo.

Domingo Martínez Madrid

 

 

Los sacerdotes que marcaron la vida de Tolkien

 

Se ha estrenado recientemente una de las series más caras de la televisión, en la que Amazon ha invertido más de 200 millones de euros. "El Señor de los Anillos: los anillos de poder", inspirada en la obra de Tolkien. La serie, marcada por la falta de derechos sobre algunos de los libros fundamentales del autor y por la inclusión de elementos ideológicos ajenos a su cosmovisión, ha sido criticada por muchos expertos por prescindir del profundo poso católico que respiraba la obra de Tolkien. Pero...

 

 

¿Qué influyó en Tolkien a la hora de escribir el Señor de los Anillos?

J.R.R. Tolkien tuvo tres grandes influencias. La primera fueron los acontecimientos de su propia vida, por ejemplo, la primera guerra mundial. La segunda fue la formación académica del autor; él era un lingüista y el El Señor de los Anillos fue en un principio casi una excusa para volcar las lenguas que Tolkien había inventado. La tercera influencia son los valores y los temas propios del catolicismo, y los sacerdotes que marcaron la vida del autor de la saga de El Señor de los Anillos y que contribuyeron con su formación. J.R.R. Tolkien era un católico ferviente y eso tenía que inevitablemente plasmarse en su obra. Fue un católico devoto desde su conversión y durante toda su vida. Posteriormente formo una familia católica y el mayor de sus hijos fue también sacerdote.

La infancia y la conversión de Tolkien

John Ronald Reuel Tolkien nació en Sudáfrica en 1892. Su padre, Arthur Tolkien, trabajaba como comerciante de diamantes para el banco de Inglaterra. En 1895, Mabel Tolkien decide irse con sus dos hijos de visita a Inglaterra. Pero en Sudáfrica su padre muere, dejando a la familia sin ingresos. Ronald tenía solo 4 años de modo que su madre tuvo que cuidar ella sola al joven Tolkien y a su hermano. Tras morir su marido, la familia se traslada a Birmingham. Al poco tiempo, la madre de Tolkien toma la decisión de convertirse al catolicismo y con ella sus hijos. Hay que tener en cuenta lo que suponía abandonar la fe anglicana en la Inglaterra de finales del siglo XIX y de principios del siglo XX. Este acto se veía no solo como una traición religiosa, sino también como una traición a la patria, por lo que la familia Tolkien fue marginada socialmente. Y para dificultar más la vida del futuro autor, cuando tiene 12 años su madre muere. Él y su hermano se quedan huérfanos. El Padre Francis Xavier Morgan será quien les sostenga económica y espiritualmente a partir de entonces. Desde estos hechos, la vida de J.R.R. Tolkien cambia y la religión y la figura del sacerdote pasan a ser parte fundamental de su infancia. Hechos que inevitablemente forjan su carácter.

 

 

Los sacerdotes de la vida de Tolkien. Cardenal Newman - Padre F Morgan - El Jesuita Murray

El Padre Francis Morgan tutor de J.R.R. Tolkien.

 

 

El Padre Francis Xavier Morgan tutor de Tolkien

Este sacerdote, que nunca quiso perder sus raíces, y que siempre que pudo viajó a España, procedía de una familia española con unos significados antecedentes en el mundo de las letras, los Böhl de Faber. Francisco Javier Morgan Osborne nace en El Puerto de Santa María (Cádiz), en 1857. A los once años fue enviado a estudiar a la Escuela del Oratorio de Birmingham bajo la dirección del afamado cardenal John Henry Newman. Finalizados sus estudios inició su carrera religiosa y se unió a la comunidad del Oratorio, para ser posteriormente ordenado, en marzo de 1883. El resto de su vida estuvo vinculado a esta institución y a su prestigiosa escuela, llevando a cabo múltiples tareas. Durante sus primeros años fue ayudante personal del propio cardenal, al que representó en una audiencia ante el papa León XIII. Con posterioridad a la muerte del Cardenal Newman en 1890, se ocupó de una gran diversidad de tareas, desde la dirección del prestigioso coro del Oratorio a otras actividades burocráticas. No obstante, por encima de todo, su vocación se manifestó en su honda implicación personal con la parroquia del Oratorio y sus feligreses, entre los cuales llevó a cabo numerosos actos de misericordia y filantropía.

La figura del Padre Morgan en la vida de Tolkien

Así, entre otros, asumió el papel de tutor de un niño huérfano que habría de convertirse en el afamado filólogo y escritor J. R. R. Tolkien, pese a que esta tarea implicó que durante varios años no pudiera regresar a España a visitar a su familia. Los medios económicos que Mabel Tolkien había dejado para la crianza de los niños eran muy escasos, pero el padre Francis los complementó en secreto con dinero procedente de su parte del negocio familiar en el Puerto de Santa María. J.R.R. Tolkien, quien se refería al Padre Morgan como a su segundo padre, obtuvo de él los recursos económicos que le permitieron estudiar en el King Edward’s School y después en Oxford. También le debió su formación religiosa, un rasgo fundamental en la obra de este autor, así como su gusto por los idiomas y en particular por la lengua española. Además, varios expertos afirman que Tolkien le usó como inspiración para alguno de sus personajes y que, gracias a él, la tradición cultural de sus antepasados, en particular de Fernán Caballero, llegó hasta el autor británico. Morgan falleció en Birmingham en el año 1935 apesadumbrado por la difícil situación política y social que España padecía en aquellos momentos previos al inicio de la Guerra Civil. Probablemente su herencia más importante es la de haber sido un nexo de unión entre la tradición católica y cultural española y una figura tan destacada como la del cardenal Newman y, a su vez, de haber transmitido todo ello a uno de los autores más universales del siglo XX.

 

 

Los sacerdotes de la vida de Tolkien. Cardenal Newman - Padre F Morgan - El Jesuita Murray

«Diez mil dificultades no hacen una duda», decía Newman, pero vencerlas sí hacen un santo.

 

 

La influencia del Cardenal Newman en La vida de Tolkien

El Padre Francis Xavier Morgan, era adscrito al oratorio de San Felipe Neri de Birmingham fundado por el Cardenal John Henry Newman que fue canonizado en 2019. Hoy Newman está más vigente que nunca, alguno de los problemas actuales, son similares a los de la Inglaterra victoriana de su época: entre otros, la compresión racional de Dios, la necesidad de la formación del laicado y la escrupulosa búsqueda de la verdad moral. Así lo entendió Benedicto XVI, quien le beatificó en 2010. Aunque vivió hace más de un siglo, Newman es una persona que tiene mucho que decir al mundo de hoy. Su libro sobre lo que es una universidad, por ejemplo, es un clásico sobre la educación que sigue discutiéndose hoy día. Y no es solo una discusión abstracta: Newman comenzó una universidad en Dublín y un colegio de Secundaria en Inglaterra, y ambos perduran hasta el día de hoy. Con una labor continua a lo largo de 45 años, Newman provoca un gran cambio social en el país. Para cuando fallece en 1890, ya se ve bien que alguien se haga católico. La conversión es un camino aceptable socialmente gracias a Newman.

La mitología bien entendida prefigura el Evangelio

Como otros autores británicos católicos, J.R.R. Tolkien tiene una deuda con el pensamiento y las ideas de Newman que, debido a sus circunstancias biográficas, seguramente, a él le fueron trasmitidas de forma muy directa. Precisamente la influencia del Cardenal Newman fue determinante para que Tolkien se decidiera a crear un universo mitológico de raíz católica. «El Cardenal Newman defendía respecto de los mitos, que existen dos revelaciones. Una, la contenida en la Biblia. Y otra, para alcanzar a los gentiles, a través de la naturaleza, lo que se fue reflejando a lo largo de la historia a través de los mitos», explica Diego Blanco experto en la obra de Tolkien. En este sentido, Newman defendía que la mitología bien entendida prefigura el Evangelio. Así Tolkien comprendió la necesidad de crear una mitología para la Inglaterra no católica y comienza a escribir El Silmarillion, donde se desarrolla la creación de un mundo con un dios único en el que el ángel más bello se rebela. La idea que subyace es «narrar de forma mitológica para poder llegar al corazón de la gente sin forzar a la gente», enfatiza Blanco a través de la narración de «una batalla profunda y espiritual que Tolkien siempre defendió». Newman ha dejado un enorme legado a propósito de sus ideas lo que facilita la tarea de conocer detalladamente su pensamiento. Así, para Newman el papel de la literatura no debería ser nunca el de desarrollar virtudes morales, ya que esto es algo que debe recaer en la familia y en la Iglesia. Esta creencia íntima, compartida sin duda por Tolkien, lo demostró a través de diversos hechos tales como la renuncia en sus obras a la alegoría. El escritor Graham Greene (1904-1991) definió a Newman como el ‘patrón de los novelistas católicos’ en lo que viene a ser un reconocimiento a la herencia recibida del fundador del Oratorio por autores como él mismo, Hilaire Belloc, G.K. Chesterton, Evelyn Waugh o el propio J.R.R. Tolkien. Todos tienen en común, entre ellos y con Newman, el origen de su inspiración, basada en sus cimientos morales e intelectuales como católicos convencidos y fruto, en muchos casos, de unas experiencias que supusieron una enorme influencia en sus creencias.

 

 

Los sacerdotes de la vida de Tolkien. Cardenal Newman - Padre F Morgan - El Jesuita Murray

«El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica, de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión». Palabras de J.R.R. Tolkien al jesuita Padre Robert Murray.

 

 

El jesuita Padre Robert Murray amigo de la familia Tolkien

El padre Robert Murray fue amigo personal de J.R.R. Tolkien desde 1944, cuando los presentó la tía del autor. En ese momento, Murray era un estudiante graduado en Corpus Christi College en Oxford. En 1946, Murray se unió a la Iglesia Católica debido en parte a su relación con la familia Tolkien.  Después de graduarse, Murray se unió a la Compañía de Jesús y fue ordenado en 1959. Este jesuita tuvo el privilegio de mantener una estrecha amistad con el escritor, de leer y corregir, especialmente sobre cuestiones teológicas los manuscritos de El Señor de los Anillos. Y de mantener una abundante correspondencia sobre la materia. En una de esas cartas, Tolkien detalla al Padre Murray que El Señor de los Anillos es una obra católica en su fundamento, sin lugar a dudas: «El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión», dice el autor inglés. Después de haber sido ordenado sacerdote el 31 de julio de 1959, Robert Murray tuvo su primera Misa en la Iglesia Oratorio de Saint Aloysius en Oxford. El Padre Murray recordó que Tolkien y su hijo Christopher Tolkien estaban presentes ese día. La amistad de los Tolkien con el Jesuita duró años, hasta los últimos días de su vida. En agosto de 1973 almorzó con Tolkien, quien murió al mes siguiente, el 2 de septiembre. El 6 de septiembre de 1973 se llevó a cabo una Misa de réquiem por Tolkien en san Antonio de Padua en Headington, Oxford. Las oraciones y lecturas fueron elegidas por su hijo John, quien ofició la Misa con la ayuda de Robert Murray y del párroco, Monseñor Doran. El 15 de septiembre de 1973, se publicó el obituario de Tolkien en The Tablet, escrito por el Padre Robert Murray.

 

 

Bibliografía

Opusdei.org Newman, un santo para nuestra época.

José Manuel Ferrández Bru , J.R.R. Tolkien y el Cardenal Newman: Hijos de la Misma Luz.

Tolkien. Cartas de JRR Tolkien, Arte y Letra, 2006.

Jesuit.org.uk/profile/robert-murray-sj.